Eso tambien lo entendio, pero tenia prisa. Si Brahim encontraba antes a las mujeres, quiza se las llevase a algun otro lugar, lo que significaria que las perderia de vista: el debia vivir cerca de los caballos del rey. Intento escapar y seguir su camino, pero choco con los hombres que contemplaban la disputa. Alguien le empujo hacia el espacio que se habia abierto alrededor del rubio. La gente se asomaba con curiosidad por encima de las cabezas y por entre los cuerpos de los primeros. El rubio, con el brazo extendido, movia la daga frente a el, en circulos pequenos, amenazante. Hernando comprobo que aquella era su unica arma y desenvaino el alfanje.
— Ala es grande —sentencio en arabe. Y empuno la espada con ambas manos, justo por el centro de su pecho, alzada, en disposicion de golpear; mantenia las piernas abiertas y firmemente asentadas, todo el en tension.
Entonces, el rubio le miro a los ojos azules.
—?Bello! —exclamo de repente, arrastrando las «eles» con dulzura.
—?Hermoso! —oyo Hernando que decian junto al rubio. No quiso desviar la mirada.
Alguien rio entre los moriscos. Otros silbaron.
—?Bellisimo! —El rubio volvio a arrastrar las «eles» y escondio la daga en su cinto para enzarzarse en una sonora e ininteligible conversacion con su companero. Hernando continuaba quieto, con el alfanje alzado y el semblante furioso, pero ?como iba a lanzarse sobre un hombre desarmado y que no le prestaba la menor atencion? Entonces el rubio le miro de nuevo, le sonrio y le guino un ojo antes de volverse y abrirse paso a manotazos entre los espectadores que se apresuraban a apartarse.
—Belllllo —oyo que algun morisco repetia torpemente.
La sangre le subio a borbotones hasta las mejillas y noto su impertinente calor justo cuando las risas estallaron entre los reunidos. Bajo el alfanje sin mirar a nadie.
—?Hermoso! —rio un morisco a quien Hernando empujo para salir de alli. Mientras sorteaba a la gente, alguien le pellizco en las nalgas.
Los encontro con las mulas, parados a la entrada del pueblo, sin saber adonde ir. Los ninos trataban de impedir que la recua se sumase a alguna de las riadas de gente que discurria por su lado. Ni Aisha ni Fatima, ni siquiera sus hermanastros, pudieron esconder una expresion de alivio ante la celeridad con que Hernando se hizo cargo de la situacion: hasta las mulas, empezando por la Vieja, parecieron alegrarse de aquella voz conocida que las empezo a arrear a gritos. Nadie sabia nada de Brahim.
Ya en casa, Salah, el obeso morisco que la ocupaba junto a su extensa familia, los recibio con una deferencia rayana en el servilismo. Hernando se dijo que alguno de los arcabuceros le habria comentado las atenciones que el rey le prestaba.
El morisco traslado a su familia a la planta baja y cedio a los recien llegados la alta, en una de cuyas habitaciones todavia quedaba una gran cama con lo que debiera haber sido un magnifico dosel. Comento que el resto del mobiliario lo habia vendido no sin antes, y esto lo juro y perjuro con vehemencia, destrozar los tapices e imagenes cristianas.
Salah era un astuto comerciante que vendia lo que fuera necesario, tanto a musulmanes como a cristianos. En la guerra se movia mucho dinero, ?para que iba el, como acostumbraba a decir, a deslomarse tratando de fecundar las piedras a golpes de azada como hacian los alpujarrenos en sus pedregales inhospitos, si podia vender lo que aquellos
