distraidamente a uno de los arcabuceros que quedaban en la puerta—. Es mi padrastro.

— Ayer por la noche —le contesto—, partio junto a Ibn Abbu y una compania de hombres a Poqueira. El rey ha nombrado a su primo alguacil de Poqueira y a su vez, Ibn Abbu ha nombrado a tu padrastro lugarteniente suyo.

— ?Cuanto tiempo estaran en Poqueira? —pregunto de nuevo, en esta ocasion sin poder esconder su entusiasmo.

El arcabucero se encogio de hombros.

?Brahim se habia ido! Se volvio sonriente hacia el zoco que se abria frente a la casa en el momento en que pasaba un vendedor con un capazo lleno de uvas pasas a sus espaldas. Uno de los jenizaros echo mano de un punado de pasas. El hombre se volvio y, sin pensar, empujo a quien le acababa de robar su humilde mercaderia.

Todo transcurrio en un instante. Ninguno de los jenizaros recrimino su desplante al vendedor pero, de repente, agarraron al hombre entre varios: uno le extendio el brazo y aquel que habia sido empujado le cerceno la mano a la altura de la muneca con un rapido y eficaz golpe de cimitarra. La mano fue a parar al capazo de las uvas pasas, el hombre despedido a patadas del lugar y los jenizaros reanudaron su conversacion como si nada hubiera sucedido; aquel era el castigo para quien osase tocar a uno de los soldados del sultan de la Sublime Puerta.

Hernando fue incapaz de reaccionar y se quedo quieto, absorto en el reguero de sangre que dejaba el vendedor de uvas pasas hasta desplomarse unos pasos mas alla. Ensimismado como estaba, el arcabucero de la guardia del rey tuvo que golpearle en la espalda.

—Sigueme —le dijo cuando por fin fijo sus ojos en el.

La casa volvia a estar perfumada con almizcle, pero en esta ocasion no fue llevado a presencia de Aben Humeya. El guardia lo acompano a una habitacion al fondo del primer piso. La puerta de madera labrada se hallaba protegida por dos arcabuceros; el tesoro que el rey no habia enviado a Argel debia de estar en su interior, penso ante tales cautelas.

—?Eres tu Ibn Hamid? —le preguntaron a sus espaldas. Hernando se volvio para encontrarse con un morisco ricamente ataviado—. Ibn Umayya me ha hablado de ti. —El hombre le tendio la mano—. Soy Mustafa Calderon, vecino de Ugijar y consejero del rey.

Tras el saludo, Mustafa busco en un juego de llaves que portaba al cinto y abrio la puerta.

—Aqui tienes toda la cebada que necesitas para los caballos —anadio invitandole a entrar con la mano extendida.

?Como podia estar alli la cebada? Aquello no era un granero. Sorprendido, se quedo parado en el quicio de la puerta.

Las risas de Mustafa y de los tres arcabuceros no consiguieron distraer el asombro de Hernando: cerca de una docena de muchachas y ninas se amontonaban en el interior, iluminadas por la luz que entraba a traves de un ventanuco alto. Las muchachas le miraban asustadas e intentaban ocultarse unas detras de otras, retrocediendo hasta el fondo de la habitacion.

—El rey quiere reservarse las joyas y el dinero que le queda —explico el consejero, sorbiendo la nariz—. El oro es mas facil de transportar que las cautivas que le han dado en pago por su quinto... ?Y las monedas no comen! —Volvio a reir—. Elige a la que quieras y negociala en el mercado. Con su precio, obtendras cuanto necesites, aunque

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