rapidez, el jenizaro desenvaino su cimitarra para, sin pausa, golpear violentamente el alfanje, que salio despedido por los aires. Instintivamente, el muchacho sacudio varias veces la mano al tiempo que los demas turcos estallaban en carcajadas.

—?Deja a la nina! —insistio no obstante.

El jenizaro volvio el rostro hacia Hernando: una de sus manos tanteaba los nacientes pechos de Isabel. Una impudica sonrisa blanca se sumo a los miles de destellos del zoco.

—Quiero ver la mercancia —silabeo.

Hernando dudo unos instantes.

—Y yo tus dineros —balbuceo—. Sin ellos no hay examen.

Algunos jenizaros, como si de un juego se tratara, aclamaron a Hernando.

—?Bien dicho! —exclamaron entre carcajadas.

—?Si! Ensenale tus dineros...

En ese momento, el arcabucero que impedia la retirada de Isabel, el mismo que habia acompanado a Hernando al interior de la casa, susurro unas palabras al oido del jenizaro. El turco escucho en silencio y torcio el gesto.

—?No vale un ducado! —gruno tras pensar unos instantes, y empujo a Isabel.

—?Mas de trescientos puedes obtener por ella, muchacho! —le contradijo otro jenizaro.

Tras agarrar de nuevo la soga, Hernando se dirigio al lugar al que habia ido a parar el alfanje de Hamid, mas alla del grupo de jenizaros que todavia reia a su costa, y camino tirando de Isabel y sorteando a los turcos.

—De poco te servira ese viejo alfanje —escucho que le gritaban a sus espaldas al agacharse a recogerlo—, si no aprendes a empunarlo con fuerza.

El zoco: los gritos, la muchedumbre, los colores y los aromas volvieron a abrirse ante Hernando. Envaino su alfanje y se irguio. ?Que iba a hacer con aquella nina?, penso, mientras veia como algunos mercaderes se apresuraban en su direccion.

17

Ve. Eres libre.

Hernando habia logrado cruzar el zoco sin hacer caso de las ofertas de los mercaderes. «?Ya esta vendida!», exclamaba, tirando de la nina para escapar de los mercaderes que se acercaban a Isabel. «?No la toqueis!» Luego tuvo que zafarse de otros tantos que en cuanto veian a la joven cristiana maniatada los abordaban, y aun sin saber el supuesto precio de Isabel, se empecinaban en seguirlos con todo tipo de proposiciones.

Cuando por fin llegaron a las afueras del pueblo, se agazaparon tras un pequeno muro que separaba el camino de un olivar; entonces desato las manos de Isabel.

—?Corre! —susurro una vez deshecho el nudo.

La nina temblaba. Tambien lo hacia Hernando. ?Estaba liberando a la esclava que el rey le habia entregado para que pudiera alimentar a sus animales!

—?Huye! —insistio en voz baja a la muchacha, que permanecia inmovil. Incapaz de articular palabra, el temor se reflejaba en sus ojos castanos—. ?Vete!

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