cautiva. Llegaron a las tierras de la casa, al muro que las encerraba, por el extremo mas alejado de Ugijar.
—Escondete —dijo a Isabel despues de desatarla. La nina miro a su alrededor: solo estaba el muro; el resto eran campos llanos—. Tumbate entre los rastrojos, llegaran a cubrirte. Haz lo que quieras, pero escondete. Si te descubren..., ya sabes lo que te sucedera. —«Y a mi tambien», anadio para si—. Vendre a buscarte. No se cuando. Tampoco se para que —chasqueo la lengua y nego con la cabeza—, pero sabras de mi.
Rodeo el muro para llegar a la puerta principal sin preocuparse de Isabel; lo unico que noto fue que la nina se lanzo al suelo en cuanto el le dio la espalda y empezo a alejarse. ?Que iba a hacer con ella? Pero aun suponiendo que lograse resolver aquella situacion, ?y la cebada? ?Y el forraje? ?De donde iba a conseguir el alimento de los animales? Poco mas podrian pastar en el campo que rodeaba la casa. ?Isabel! ?Quien le mandaba elegirla? Podria haber elegido a cualquier otra. ?A la que empujo a Isabel para salvarse, por ejemplo! ?Habria sido capaz de venderla?
Desde siempre los moriscos habian ayudado a los corsarios berberiscos en sus incursiones en las costas mediterraneas. Se contaban muchos moriscos entre los corsarios, sobre todo entre los de Tetuan, pero tambien entre los argelinos. Eran hombres nacidos en al-Andalus que, con la ayuda de familiares y amigos, hacian prisioneros que luego vendian como esclavos en Berberia, aunque a veces llegaban incluso a liberarlos contra el pago del correspondiente rescate en las mismas playas, antes de zarpar para volver a sus puertos. Pero eso era en las tierras costeras del antiguo reino nazari, no en las Alpujarras altas, donde los esclavos de los moriscos ricos acostumbraban a ser negros guineos. Los cristianos tambien les habian prohibido tener esclavos negros. Se lo conto Hamid. ?Hernando nunca habia vendido a nadie ni ayudado a capturar a cristiano alguno! ?Como iba a vender a una muchacha, aunque fuera cristiana, a sabiendas de cual iba a ser su destino en manos de aquellos corsarios o jenizaros? Acaricio el alfanje, como hacia siempre que el alfaqui tornaba a su memoria.
Absorto en esos pensamientos, cruzo los portalones de hierro que daban a la casa. ?Que...? ?Que sucedia alli? Mas de una docena de soldados berberiscos charlaban en el patio, frente al porche. Los acompanaban caballos enjaezados y mulas cargadas. Hernando se sintio debil de repente, levemente mareado, con el estomago revuelto y un sudor frio recorriendo su espalda.
Uno de los arcabuceros moriscos de la guardia de Aben Humeya le salio al paso. Hernando retrocedio sin querer. El hombre mostro sorpresa en su rostro.
—Ibn Hamid... —empezo a decir.
?Acaso sabrian ya lo de Isabel? ?Venian a detenerle? ?Ubaid! Por detras de una de las mulas, vio al arriero de Narila.
—?Que hace el aqui? —pregunto, alzando la voz y senalandole.
El arcabucero se volvio hacia donde senalaba Hernando y se encogio de hombros. Ubaid fruncio el ceno.
— ?Ese? —Pregunto a su vez el arcabucero—. No lo se. Ha venido con el arraez corsario. Es lo que queria decirte: un capitan corsario junto a sus hombres se ha unido a nosotros. —Hernando trataba de escuchar la explicacion, pero su atencion estaba puesta en Ubaid, que continuaba mirandole con soberbia—. El rey le ha permitido estabular a sus animales junto a los nuestros puesto que aqui hay suficiente forraje para todos...
—?Aqui? —se le escapo a Hernando.
—Eso ha dicho el rey —le contesto el
