arcabucero:

Le temblaron las rodillas. Por un instante estuvo tentado de salir corriendo. Escapar... o volver a donde estaba Isabel: atarla de nuevo y venderla de una vez por todas. No parecia dificil.

—Pero hay otro problema —continuo el arcabucero. Hernando cerro los ojos antes de enfrentarse al morisco: ?que mas podia pasar?—. El turco dice que tambien se quedan el y sus hombres. No hay ningun alojamiento libre en todo Ugijar, y aqui contais con espacio suficiente. Dice que no ha venido a ayudarnos a luchar contra los cristianos para dormir a la intemperie.

—No —trato de oponerse Hernando. ?Mas gente! Y Ubaid entre ellos. Tenia a una cautiva cristiana escondida junto al muro y ni un grano de cebada para... uno, dos, tres, cuatro caballos mas, conto, y otras tantas mulas—. No puede ser...

—Ya ha llegado a un acuerdo con el mercader. El y sus acompanantes se instalaran en la planta baja; Salah y su familia, en el porche.

—?Que acuerdo?

El arcabucero sonrio.

—Creo que era algo asi como que si no le cedia la planta baja, le cortaria la nariz y las orejas a dentelladas y despues las clavaria en el estanterol de la tienda de popa de su embarcacion.

—?Estant... rol?

—Eso ha dicho —contesto el arcabucero, y volvio a encogerse de hombros.

?Para que preguntaba? ?Que le importaban a el las orejas de Salah y donde las clavase el arraez turco?

—Detened a ese hombre —ordeno senalando a Ubaid. El arcabucero le miro sorprendido—. ?Detenedlo! —le apremio—. No... no puede estar junto a los caballos del rey —anadio tras pensar la excusa unos instantes.

Aunque el arcabucero parecia confundido, algo en el tono de Hernando le hizo llamar a algunos companeros, pero cuando estos se dirigian hacia Ubaid varios soldados berberiscos se interpusieron en su camino. No eran jenizaros. Vestian en forma similar a los moriscos granadinos, pero su tez no era la de los arabes; sin duda se trataba de cristianos renegados. Los dos grupos quedaron el uno frente al otro: el desafio flotaba en el aire. Ubaid, escondido detras de los berberiscos, tenia la mirada clavada en Hernando.

—?Donde esta ese turco? —inquirio Hernando cuando el arcabucero se volvio hacia el en espera de instrucciones.

El morisco le senalo la vivienda. Encontro al arraez en el comedor del hogar cristiano, arrellanado sobre un monton de cojines de seda bordados en mil colores. Hernando no dudo de que fuera capaz de cortar a dentelladas cualquier oreja que se le pusiera por delante: se trataba de un hombre corpulento, de facciones rectas y severas y que le saludo con el mismo acento que el rubio que antes le habia retado con la daga para luego burlarse de el. ?Otro cristiano renegado!

Sin embargo, Hernando no fue capaz de contestar a su saludo. Despues de examinar al arraez, su atencion se poso en el extremo de uno de sus poderosos brazos: alli donde con los dedos de su mano derecha acariciaba el cabello de un nino, ricamente ataviado, que se sentaba en el suelo a sus pies.

—?Te gusta mi garzon? —pregunto el corsario ante la mirada de asombro del muchacho.

—?Que...? —Desperto Hernando—. ?No! —La negativa surgio de su boca con mas fuerza de la que hubiera deseado.

Vio sonreir al corsario y noto como le examinaba con

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