desvergonzada lujuria. ?Que sucedia con esos hombres?, se pregunto, azorado. Se encontraba plantado alli delante, enfrente de un capitan corsario que amenazaba con arrancar orejas, pero que sin embargo acariciaba con dulzura el cabello de un nino. En ese momento, seguido por Salah, aparecio otro muchacho algo mayor que el que estaba sentado y ataviado con el mismo lujo: una chilaba de lino amarillo sobre unos bombachos y delicadas babuchas del mismo color. El chico se movia con afectacion; entrego un vaso de limonada al arraez y se sento a su otro lado, pegado a el.
—Y este, ?tampoco te gusta? —inquirio antes de llevarse la limonada a los labios.
Hernando busco ayuda en Salah, pero el comerciante no podia apartar sus ojillos hinchados del trio.
—Tampoco —contesto Hernando—. No me gusta ninguno de los dos. —Los tres parecian desnudarle con la mirada—. No puedes quedarte aqui —le espeto bruscamente, para poner fin a aquella situacion.
—Me llamo Barrax —dijo el corsario.
—La paz sea contigo, Barrax, pero no puedes quedarte en esta casa.
— Mi barco se llama
—Quiza, pero...
—?Cual es tu nombre?
—Hamid ibn Hamid.
El capitan se levanto muy despacio: superaba en altura a todos los alli presentes en mas de medio cuerpo; vestia una sencilla tunica de lino blanco. Hernando tuvo que hacer un esfuerzo para no dar un paso atras; Salah si que lo hizo. El corsario volvio a sonreir.
—Eres valiente —reconocio—, pero escuchame, Ibn Hamid: me quedo en esta casa hasta que vuestro rey se ponga en marcha con su ejercito, y ningun perro morisco, por mas protegido que sea de Ibn Umayya, me lo impedira.
—Estamos esperando a mi padrastro... ?y a Ibn Abbu! ?Si! —anadio incoherentemente—. Estan en Poqueira. Es el primo del rey, alguacil de Poqueira. Si vuelven no habra sitio...
—Ese dia las mujeres y los ninos del piso superior deberan abandonarlo para que lo ocupen el noble y valeroso Ibn Abbu junto a tu padrastro.
—Pero...
—Tranquilizate, tu tambien podras dormir con nosotros, Ibn Hamid.
Tras estas palabras, el corsario hizo ademan de salir de la estancia junto a los dos garzones: uno despedia destellos de oro y el otro de rojo sangre.
— El arriero no puede quedarse —salto entonces Hernando. El arraez se detuvo y abrio las manos en senal de incomprension—. No quiero verlo por aqui —alego por toda explicacion.
—?Quien cuidara entonces de mis caballos y mulas?
—No te preocupes por los animales. Lo haremos nosotros.
— De acuerdo —cedio el corsario sin darle mayor importancia;
