le dio la mano. En lugar de volver a sentarse junto a mi, Nadia se dirigio hacia la salida y me espero.
Fuera, la lluvia caia ya sin fuerza y al cabo de unos minutos ceso del todo. Me sentia purificado, muy cercano a ella y tarde mucho en hablarle. Cuando lo hice fue para preguntarle que habia tocado. Una sonatina de Schubert, contesto con voz casi inaudible, y ninguno de los dos volvimos a decir nada en mucho tiempo. Mientras estabamos en la capilla cuaquera se habia detenido el tiempo y ahora le costaba volver a arrancar. La calle olia a tierra mojada y a ese aroma acre que se desprende de la corteza de los arboles cuando la atmosfera esta cargada de electricidad. Fuimos dando un largo paseo hasta Columbia Heights.
En la
En aquella zona atracan los cargueros daneses, que capitanean los amigos de Frank Otero, le dije, y le conte que alli habia estado ubicado el primer Oakland, hacia muchos anos. Frank se lo compro a un danes. Asi empezo la historia.
Siguio un momento magico. El sol se colo por entre dos filas de nubes, y los colores del crepusculo tineron el cielo de un naranja sanguinolento. Nos quedamos en silencio, viendo cambiar los colores de la tarde. Entonces le pregunte si se queria casar conmigo.
Se quedo mirando fijamente la linea del cielo, sin cambiar de expresion. El mar, de un color azul metalico hasta entonces, empezo a tenirse de reflejos cardenos. Cuando la esfera del sol se oculto por detras de las casas de New Jersey, me pregunto:
?Nos vamos?
Le pedi que esperara un poco mas, porque queria ver anochecer.
A medida que el cielo se iba oscureciendo, en los flancos de los rascacielos iban saltando de manera irregular cuadrilateros iluminados como si alguien estuviera recomponiendo un rompecabezas de luz blanca.
Ringleras de focos multicolores resaltaban el trazado de los puentes. Cuando las primeras estrellas se empezaron a destacar contra el fondo de la noche, nos levantamos y nos fuimos caminando, muy despacio, cogidos de la mano, por Montague, en direccion al metro. Durante el trayecto estuvimos en silencio. En su apartamento, me arrastro al dormitorio y cuando hicimos el amor no fue como otras veces. Pero en cuanto a la pregunta que le habia hecho en la
Era como si no se la hubiera hecho.
?Por que no llegaron a vivir juntos?
La verdad es que todo ocurrio muy deprisa. Fue como un disparo en la oscuridad. Segun Gal, Nadia era demasiado independiente; le aterraba la menor forma de atadura. Pero eso era lo que mas le atraia a Gal de ella. Lo que mas le gustaba de Nadia era lo que mas dano le hacia. Encarnaba en su persona la atraccion del abismo, no se cuantas veces le habre oido decir eso.
Hace unas horas, en la cafeteria del Astroland se lo he vuelto a preguntar y me ha repetido que no quiere que haya ningun vinculo entre nosotros. No se quiere atar a nadie, me repite. Lo dice con una firmeza que me deja sin capacidad de reaccion. Yo no me doy cuenta de lo absurdas que son las cosas que le digo hasta que las veo escritas en este diario.
Le pregunte si me queria. Se me quedo mirando y tardo mucho en decir:
Es que no entiendo lo que significan esas palabras.
No hay nada que entender. Ni que explicar. Simplemente, dilo.
Por favor, no me hagas preguntas que no se como contestar.
De nuevo el silencio, solo que ahora era diferente, porque me parecia que en su seno restallaba una afirmacion. Aun era inaudible. Me imaginaba un monosilabo bajando los peldanos de una escalera que no se sabia bien adonde conducia. Poso en mi sus grandes ojos verdes, mientras me acariciaba la mano. Seguramente le repeti la pregunta, porque le oi contestar:
Ya sabes que si.
Le volvi a preguntar lo mismo que en la
Gal…
Me lleve el indice a los labios.
Entendido. No mas preguntas, senoria. El interrogatorio ha terminado.
Se levanto bruscamente y cogiendome del brazo me saco de la cafeteria y me arrastro hacia la base de la torre del Astroland. Como era martes, la cola de gente era enorme, porque todo el mundo quiere tener la oportunidad de ver los fuegos artificiales desde el ascensor de cristal, que sube hasta cien metros de altitud. Yo hubiera desistido, pero Nadia estaba empenada en montar. Ninguno de los dos habiamos entrado nunca en Astroland. No acababa de reconocerla. Estaba muy alterada. Parecia una adolescente, lo senalaba todo con avidez, comunicandole su entusiasmo al resto de los pasajeros.
Mientras ascendiamos rodeados de desconocidos, con su cuerpo apretado contra el mio eche un vistazo al parque y recorde cuando subi con mi abuelo al Salto del Paracaidas: a nuestros pies disminuia de tamano aquel mundo de fantasia y entrabamos en una zona que parecia estar regida por otras leyes. Pense en mi abuelo David, apartado para siempre de mi, a merced de la crueldad del tiempo. No llego a conocer Astroland (el murio en el 58 y el parque no se inauguro hasta el 63), aunque a el aquella estetica le hubiera resultado ajena. Casi todo hacia alusion a la era espacial. Subiamos en un ascensor de cristal que daba vueltas abrazado al perimetro de la torre, permitiendo que se vieran los cuatro puntos cardinales. A nuestros pies, la gente hacia cola para subirse al Mercury Capsule Ride y vivir un viaje simulado en una capsula espacial. Sobre los espectadores se cernia un panorama de cohetes y satelites que surcaban el espacio suspendidos de cables. Por supuesto, se conservaban atracciones de los viejos tiempos. Entre todas, se destacaban las cumbres caprichosas del Cyclone. Algo mas lejos, fuera de los limites del parque, como un simbolo de reconocimiento procedente del pasado, la silueta del Salto del Paracaidas. Tras ella, la superficie negra del mar, salpicada de los reflejos de los fuegos artificiales.
Consiguio lo que queria. Estuvimos un tiempo largo arriba, contemplando el climax de los fuegos. Cuando bajamos, Nadia seguia presa de una gran agitacion. Me cogio de la mano con fuerza y me dijo que queria que montaramos en el Cyclone. La segui, aturdido, sin saber muy bien por que lo hacia. Fue un viaje violento, absurdo, nos rodeaba gente que proferia alaridos histericos que nos taladraban los oidos. Cuando termino el trayecto de pesadilla yo temblaba ligeramente, pero a ella aun le quedaba energia. Atravesamos el parque corriendo; ella me llevaba de la mano, y en la salida de Neptune Avenue paro un taxi y le pidio que nos llevara a Brighton Beach. En su apartamento, haciendo el amor, me sentia a su merced. Percibia su desesperacion. Cuando terminaba, me obligaba a empezar de nuevo. No se como conseguia volver a tener fuerzas. Solo me ha ocurrido con ella. Por segunda vez aquel dia, se habia vuelto a interrumpir el tiempo. Me olvide del mundo, de mis terrores. Por fin, se quedo dormida, inaccesible, lejisimos de mi.
Baje a la calle y fui hasta Coney Island dando un largo paseo. Sentado en un banco del boardwalk, pensando en el intercambio de pensamientos, de sentimientos, de silencios entre Nadia y yo, me di cuenta de que era precisamente su alma lo que se me escapaba, por mas que ella se apoderara de mi cuerpo y me diera el suyo tantas veces.
Su cuerpo,
Pero
no:
me cuesta
demasiado
poner las palabras
los conceptos
