Me desperte antes del amanecer, con sensacion de angustia. Aunque no recordaba bien el sueno, sabia que tenia que ver con Sam Evans. Me levante, fui a la cocina, encendi un cigarrillo y, mientras se hacia el cafe, volvi a leer la postal de Louise. Tenia fecha del viernes y no decia nada concreto, pero cuando termine de leerla, tuve la extrana sensacion de que, de algun modo, guardaba relacion con la pesadilla que habia tenido aquella noche. Tome la decision de irme a Deauville de repente y ni siquiera tuve paciencia para calentar una segunda taza de cafe. Meti unas cuantas cosas en una bolsa de lona y me fui andando a Port Authority. Cuando llegue, la terminal estaba medio vacia. Compre un billete de ida y vuelta y baje al anden de la calle 40. Acababa de llegar un autobus y los pasajeros estaban aun desembarcando. Cuando bajo el ultimo, el conductor cerro las puertas automaticas, se quedo tomando notas al volante y al cabo de unos minutos se marcho. Viendome solo en la darsena, mire el reloj y vi que faltaba casi media hora para la proxima salida. Apoye la espalda en la pared de ladrillo y al mirar al frente, me vi reflejado en el cristal de la puerta. Estudie los cambios de la luz en la superficie de vidrio. Hacia un dia gris; detras de mi se veia el perfil de algunos edificios y un enorme retazo de cielo. El viento arrastraba grupos de nubes negruzcas hacia el Hudson.
Abri el cuaderno y me puse a fumar. Apenas quedaban paginas en blanco; tendria que hacerme con uno nuevo antes de volver a Nueva York. Fui pasando hojas al azar y al tropezar-me con la fecha de hoy, tuve una intensa sensacion de irrealidad. Volvia a Deauville exactamente al cabo de un ano. No podria explicar por que, pero relacione la coincidencia con la inquietud que me habia hecho sentir la postal de Louise y con la pesadilla que me habia despertado. Volvi a intentar recordar que habia sonado, pero las imagenes se habian hecho todavia mas fragmentarias y huidizas que antes; lo unico que consegui rescatar de la memoria fueron retazos de mi ultima conversacion con Sam Evans. Como si alli pudiera estar la clave, busque lo que habia escrito acerca de el hacia un ano:
Como siempre, le pedi al conductor que me dejara delante del rancho de Stewart Foster, media milla antes del cruce de Deauville. Me fascina el espectaculo de los purasangres sueltos, el misterio de su existencia, su extrana mezcla de vulnerabilidad y fuerza, el desamparo casi humano de su mirada, la gracia y elegancia de sus movimientos. Stewart tiene setenta y seis anos y ha dedicado toda su vida a la cria de caballos de carreras. Siempre que el autobus se detiene junto a los limites de su propiedad, el viejo Foster se asoma al porche, para ver quien se baja. Le gusta que la gente admire a sus animales. Esta vez me reconocio en seguida; levanto el brazo derecho a modo de saludo y volvio a entrar en la casa. Me acerque a la valla. Habia una yegua recien parida, con su potrillo. La madre alzo el cuello de la hierba y, sin cambiar la posicion del cuerpo, volvio la mirada hacia mi, luego se alejo, seguida de su cria. Me puedo pasar horas contemplando los movimientos de los caballos, pero esta manana se estaba fraguando una tormenta, asi que decidi volver a la carretera y seguir camino hacia el surtidor, con la idea de saludar a Sam antes de que empezara a llover. Me encanta hablar con Sam; creo que mis visitas a Deauville serian distintas si algun dia llegara a faltar. Nadie sabe casi nada de su historia. Es un negro ciego, muy viejo; llego hace varias decadas de Bogalusa, un pueblo de Luisiana, para trabajar como bracero, pero se sintio bien tratado aqui y cuando termino la temporada decidio quedarse. En seguida se gano fama de responsable y honrado, y la gente le empezo a llamar y hacerle toda clase de encargos. Nunca le falto trabajo, hasta que un dia perdio la vista en un accidente, hace cosa de quince anos. Desde entonces se pasa el dia sentado en una mecedora de mimbre con Lux, su pastor belga, echado a sus pies. Todavia no he logrado descubrir como se las arregla Sam para reconocerme cada vez que pongo un pie en el camino de grava que conduce a su territorio. Es posible que todos tengamos una forma inconfundible de pisar y que, para un ciego, el sonido de los guijarros al chocar sea tan reconocible como lo son las facciones de un rostro para quienes pueden ver. En todo caso, Sam practicamente no se mueve de la puerta de la tienda en todo el dia. Alli esta su puesto de trabajo y, para el, eso es sagrado. Jamas se ha rebajado a mendigar, de modo que despues del accidente tuvo que hacer frente al reto de inventarse un oficio digno. Lo cierto es que se le acabo ocurriendo un negocio bastante original y, como dice el mismo, para desempenarlo bien hay que tener temple de artista. Segun cuenta, el haber nacido a sesenta millas de la capital de Luisiana facilita mucho las cosas. Tiene toda la razon. En el fondo es un artista callejero; de hecho la idea se la dieron los musicos y los bailarines de
A no ser que haga mal tiempo, se instala a la puerta de la tienda, delante de una mesa redonda de tres patas, cubierta con un mantel de flores. Encima del tapete pone una Biblia desvencijada, encuadernada en cuero negro, y una cestita de cuerda trenzada. En el centro de la mesa, cuidadosamente rotulada en una superficie de carton blanco, doblado en dos, figura la siguiente frase, escrita con mayusculas, en gruesos caracteres negros:
SAM EVANS
MEMORIZADOR DE LA PALABRA DEL SENOR
Su vida no puede ser mas sencilla: duerme en un cobertizo adosado a la parte trasera del garaje por el que Rick, el encargado de la gasolinera, le cobra un infimo alquiler; la comida se la traen del
No hay que interferir con el azar, dice en cuanto oye el rumor de las paginas. Lo mejor es no pensar y dejar que el libro decida por su cuenta.
Siempre sabe en que momento ha terminado la busqueda, y sin darle un respiro a su cliente involuntario, le conmina a que le diga el titulo y versiculo sobre los que ha recaido su mirada. No recuerdo haber abierto la Biblia en todos los dias de mi vida, hasta que llegue por primera vez a Deauville, y Sam me hizo la prueba a mi. Cuando lo pense despues, me parecio una situacion divertida, pero la verdad es que desde el momento en que te atrapa no te deja opcion. Lo mas curioso es que nadie protesta ni ofrece la menor resistencia. Aunque despues he tratado muchas veces de entenderlo, sigo sin saber por que segui sus instrucciones al pie de la letra; el caso es que cuando me pregunto con que pasaje me habia topado, conteste, docilmente: Ezequiel, capitulo XXXIV No me dejo leer mas. Interrumpiendome, declamo con voz grave y engolada: «Profecia contra aquellos malos pastores que solo buscan su interes despreciando el de la grey. Promesa de un pastor que saldra de entre ellos, el cual reunira a sus ovejas y las conducira a pastos saludables.» Asombrado, espere a que terminara de recitar el resto del pasaje. Antes de irme, lo transcribi integro en el diario, y deje en la cesta un billete de diez dolares. Mi intencion era aprenderme el fragmento de memoria, imitando a Sam a pequena escala. Se me ocurrio que aquel negro ciego era una especie de profeta. Lo que hacia con la Biblia me hizo pensar en el I Ching, y decidi que lo mejor era conservar intacto aquel mensaje del destino. Sigo estando convencido de que a cada uno de quienes nos cruzamos con el nos esta dando una lectura oculta del porvenir.
He visto a Sam en accion muchas veces, y nunca falla. Normalmente, todo el mundo reacciona igual que yo, apresurandose a cotejar lo que oye con lo que dice el texto. Hasta ahora, nadie lo ha encontrado en falta. Una y otra vez, sus «clientes» comprueban con estupor, que la correspondencia es
