aquellas exhibiciones fuera de lugar. Todo el mundo sabia que la unica razon por la que Rick seguia viniendo a trabajar aqui era que si se iba el, privaria a su viejo amigo de la unica manera que tenia de ganarse la vida, pero la situacion era absurda. De vez en cuando, algun viejo conocido se paraba un momento a saludar, yo mismo sin ir mas lejos, pero la mayor parte del tiempo, Rick y Sam eran dos sombras solitarias, perdidas en la estacion desierta. Al cabo de un par de semanas, Sam tomo la decision de llevar a Lux al veterinario, diciendo que ya estaba demasiado viejo. El se empeno en seguir viviendo en el cobertizo y no hubo manera de hacerle cambiar de idea. Por fin, Rick dejo de trabajar, aunque siguio viniendo a la gasolinera una vez al dia. Le traia la comida que le preparaba Kim y, de vez en cuando ropa limpia. Siempre se quedaba un buen rato haciendole compania, pero eso no podia durar. Se ofrecio a pagarle un cuarto en el pueblo, pero Sam era demasiado orgulloso para consentir una cosa asi.
Un domingo por la manana, cuando Rick vino a recogerlo para que pudiera asistir al servicio religioso, no estaba en la puerta de la tienda. Se lo encontro muerto en el jergon. El medico no encontro ninguna causa concreta. Murio de muerte natural, fue lo que dijo. Bueno, pues si eso es lo que paso, que se murio de viejo, sin sufrir, no le fue tan mal. Ojala nos vaya a todos asi, cuando nos llegue la hora.
Habiamos llegado al cruce del molino. El hombre del mono azul detuvo la camioneta y me dio la mano. No nos habiamos presentado.
Walker Martin, para lo que se le ofrezca, me dijo.
Gal Ackerman, repuse, y le di las gracias.
No hay de que. Antes de arrancar anadio: Si quiere hablar con Rick, lo encontrara en casa de su hermana Sarah, en la calle Red Creek, justo al lado de la ferreteria. Que tenga usted un buen dia, amigo, y siento haber sido el portador de la mala noticia.
Descuide. No me coge tan de sorpresa como cree. De hecho fui a la gasolinera porque habia tenido una premonicion.
Cuando la camioneta se alejo me eche la bolsa al hombro y me adentre por el sendero del molino. La puerta estaba cerrada, pero habia luz en el estudio. Pise con rabia la tierra del camino, pensando que nunca nadie me volveria a reconocer con solo oir el ruido de mis pasos.
Tres . ABE LEWIS
Senti el impacto del tren de aterrizaje en el estomago y me asome a la ventanilla. Aun no habia amanecido. En la oscuridad, Barajas parecia una poblacion fantasma. Una doble hilera de puntos luminosos se alejaba hacia los confines de la pista. A ras de suelo flotaban jirones de niebla que se enroscaban alrededor de las balizas. Cuando el Boeing cambio de sentido, vislumbre las siluetas de otros aviones. Contra el perfil de los hangares parecian monstruos dormidos. Por fin el aparato se detuvo. Me levante, aturdido, y fui hacia la puerta de salida con el resto del pasaje. Fuera, una rafaga de aire helado me golpeo el rostro. Distingui un letrero de neon que decia AEROPUERTO DE MADRID-BARAJAS, desdibujado por la bruma. Un leve resplandor flotaba sobre el campo abierto, al otro lado de la alambrada. Habia nevado. Adormilados, los viajeros subimos al autobus que nos esperaba con el motor en marcha, al pie de la escalerilla. Me sente cerca del conductor y adelante el reloj, ajustandolo al horario de Madrid. Faltaban unos minutos para las siete.
En la terminal todo el mundo fumaba. Un policia me sello el pasaporte y me lo devolvio. En el control de equipajes, al fondo de la sala, habia un grupo de guardias civiles que me trajeron a la memoria las fotos que guardaba Ben en el Archivo. A la salida, vi una hilera de taxis negros que tenian una raya roja en el costado. Me dirigi al primero; el conductor cogio mi bolsa y la metio en el maletero. ?Adonde va? me pregunto cuando estuvimos los dos dentro del vehiculo. A la estacion de Atocha, conteste. El taxista, un tipo delgado, de bigote ralo, mirada hosca y tez cetrina, asintio en silencio, desempano el cristal del parabrisas con la manga de la chaqueta y bajo la palanca del taximetro. Imitandole, limpie el cristal de mi ventanilla y al desaparecer el vaho vi que empezaba a clarear sobre el paisaje nevado. A intervalos regulares surgian a ambos lados de la carretera naves industriales, chalets, viejos edificios de ladrillo, viviendas y arboledas separadas entre si por amplios tramos de terreno baldio. Alcanzamos los limites de la ciudad cuando la mancha jabonosa del sol empezaba a despuntar por detras de una hilera de casas bajas.
Entramos en un barrio residencial elegante. Me llamaban la atencion los palacetes, los edificios, de no mas de cinco o seis pisos de altura, los balcones y terrazas. Los comercios estaban aun cerrados, pero empezaba a haber movimiento de gente por la calle. Me di cuenta de que para los madrilenos la nieve era una presencia insolita, que entorpecia el ritmo de la vida cotidiana. A fuerza de haberlos visto infinidad de veces en las fotos y documentales que guardaba Ben en el Archivo, muchos lugares me resultaban familiares, pero no me vino a la cabeza ningun nombre hasta que el taxi se detuvo en un semaforo, a unos metros de Cibeles. La vision de la fuente de piedra desperto en mi un vivido recuerdo visual. Yo tenia quince anos y estaba en el Archivo de Brooklyn, con Ben. Mi padre me ensenaba fotos del Madrid republicano. En una de ellas se veia a un grupo de milicianos, posando sonrientes delante de unos sacos de tierra que habian colocado alrededor del monumento, con el fin de protegerlo de los bombardeos del ejercito fascista. El semaforo cambio a verde y la imagen se desvanecio como cuando se quema una cinta de celuloide. El taxi bordeaba la isleta central de la plaza cuando se apago de golpe el alumbrado publico, dejando la ciudad sumida en una luz incierta. Avanzabamos dando tumbos por una calzada adoquinada que llegaba hasta una segunda glorieta, donde habia una fuente presidida por la estatua de Neptuno, que tambien reconoci, asi como el perfil del Museo del Prado, al otro lado del bulevar. El paseo desembocaba en una explanada gigantesca, ocupada por una especie de montana rusa que ocultaba a la vista los edificios aledanos. Tras remontar uno de sus ramales, el taxi descendio por una cuesta que iba a dar a un costado de la estacion. Atocha, hemos llegado, dijo el tipo del bigote accionando la palanca del taximetro, y se bajo a por la bolsa del equipaje. Le dije que se quedara con el cambio y me dio las gracias sin dignarse sonreir. Me eche la bolsa al hombro y me perdi entre la muchedumbre que transitaba por los alrededores del apeadero. Hacia una manana desapacible y soplaba un viento frio que arrastraba escamas de nieve sucia. Subi los peldanos de una escalinata que llegaba hasta la plaza. Asi, a pie de tierra, la glorieta me parecio aun mas extrana y gigantesca que vista desde el taxi. Los tentaculos del gigantesco pulpo de metal que acaparaba toda la superficie de la plaza se adentraban por todas las vias circundantes, atestados de vehiculos humeantes. Dando un gran rodeo, cruce al otro lado y me perdi en un laberinto de callejuelas en cuesta, sin preocuparme mucho de por donde me llevaban mis pasos. Leia distraidamente los letreros de las fondas y pensiones que jalonaban las aceras, sin decidirme a entrar en ninguna. No tenia prisa, y me sentia a gusto callejeando por aquel barrio, pese a lo desapacible del tiempo. Despues de caminar un buen rato, al doblar una esquina me fije en una placa que decia: Pension Moratin: Pisos 3 y 4, y sin mayor motivo, decidi probar suerte alli. La pension daba a una plaza minuscula, de forma triangular. Empuje un porton entreabierto que daba a un zaguan a oscuras y subi hasta el tercer piso por una escalera de madera. Vi una puerta con un cartel que decia
