Quedaba cerca de la glorieta de Cuatro Caminos. El propietario le puso ese nombre porque era un lector apasionado de Baroja. Digo que quedaba porque supongo que ya no existira, pero de no ser asi, seguro que ha cambiado de dueno, y por supuesto de nombre.

Ben se me acerco y me enseno una foto muy antigua.

Ahi fue donde conoci a tu madre.

Cogi la foto con sumo cuidado, pero cuando me disponia a mirarla bien, las imagenes se habian esfumado. El rectangulo de papel se habia transformado en una ventanilla de avion. El sol resbalaba a lo lejos sobre una alfombra de nubes resplandecientes. Escrute el horizonte, pero era imposible distinguir nada en medio de aquel paisaje acuchillado por una luz que nunca se acababa.

Cuando me desperte, tarde unos momentos en comprender donde estaba. Me incorpore, abri de par en par las contraventanas del balcon y me asome a la plaza. A mi alrededor se extendia un panorama de tejados cubiertos de nieve. Muy cerca, empezaron a repicar las campanas de una iglesia y se apodero de mi una intensa sensacion de irrealidad. No conseguia hacerme a la idea de que habia nacido alli. Entre en la habitacion, cogi del equipaje una muda y la bolsa de aseo y me fui a duchar al bano del pasillo. Cuando volvi, todavia era demasiado temprano para llamar por telefono al hombre con quien me habia citado en Madrid. Tratando de encontrarle algun sentido a la situacion en que me habia metido me sente en una butaca que tenia el tapiz levantado por mil sitios y me dispuse a leer, una vez mas, la carta de Abraham Lewis. Nominalmente, iba dirigida a Ben y Lucia Ackerman, pero el verdadero destinatario era yo.

Sarzana, 6 de octubre de 1963

Salud, camaradas:

Me llamo Abraham Lewis, Abe para los amigos, y soy de Florence, Alabama. Como vosotros, en su dia me aliste en las Brigadas Internacionales. Llegue a Albacete en octubre de 1937, y despues del periodo de instruccion me destinaron en calidad de ambulanciero, primero a la retaguardia del Ebro y luego ya a un hospital cerca de Gerona. Me repatriaron forzoso a finales del 1938, con el grueso de los brigadistas. Andando el tiempo, me volvi a alistar otra vez voluntario en 1940. Me toco Italia, circunstancia que tuvo consecuencias importantes, como en seguida comprobareis. Desde que acabo la guerra pasamos la mitad del ano o cosa asi en Sarzana, porque mi mujer es de aqui, y el resto en los Estados Unidos. Ojala las cosas hubieran discurrido por otros derroteros, porque de haber sido asi, no tendria que apurar este trago, pero el maldito azar o lo que sea, me tuvo que elegir a mi. Esta bien. Basta de preambulos. Cuando se da la palabra, lo mejor es cumplirla cuanto antes, asi es mejor para todos. Voy al grano: la razon de que os escriba es que hace cosa de tres meses se cruzo en mi camino, o yo en el suyo, Umberto Pietri.

Aparte la vista del papel. Daba igual que hubiera leido aquella carta infinidad de veces. Me hacia dano ver el nombre. Cada vez que llegaba al punto donde Lewis mencionaba el nombre de Pietri, sentia que me clavaban un punal en las entranas y lo revolvian. Evite la cuartilla como si estuviera impregnada de veneno y en la siguiente lei:

A mediados del pasado mes de julio, mi mujer y yo estabamos de viaje por la Toscana. Una noche, despues de cenar, estabamos en un pueblecito que se llama Certaldo, Patrizia (mi mujer) decidio volver al hotel, pero yo, despues de acompanarla, fui a dar un paseo. En la plaza principal habia mucha gente sentada en las terrazas. Yo iba caminando sin rumbo, pero al pasar junto a una mesa ocurrio algo que me hizo pararme en seco. Fue cosa de un momento, unos segundos, el tipo de la mesa estaba silbando una balada de los brigadistas. No podia ser. Senti que se me helaba la sangre en las venas. Lo mire e inmediatamente dejo de silbar. Era un hombre mas o menos de mi edad que estaba solo, en mangas de camisa. Fue un reconocimiento mutuo, lo que quiero decir es que el sabia perfectamente lo que me pasaba. No era la primera vez que me tropezaba con un ex brigadista, seguro que alguna vez tambien vosotros os habeis visto en una situacion parecida. Despues lo he pensado y lo mas probable es que ni el mismo fuera consciente de lo que estaba silbando. Tendiendole la mano, le dije como me llamaba y el nombre de mi unidad. Abraham Lewis, Brigada Lincoln. Sin hacer ademan de levantarse, cosa que me extrano un poco, me dijo como se llamaba: Umberto Pietri.

Con eso ya sabeis por que os escribo.

Como no identificaba su unidad, que seria lo logico, no me quedo mas remedio que preguntarselo. Aun asi vacilo antes de contestar. Por fin lo solto, Escuadron de la Muerte, tambien conocido como Batallon Malatesta, y se quedo mirandome, esperando alguna reaccion. Al ver que no decia nada, aclaro que estrictamente hablando, no se podia considerar una Brigada Internacional.

Ignoro que sabeis de la unidad de Pietri. Quiza preferisteis no indagar. Yo si que hice algunas averiguaciones despues de aquel encuentro. Es un episodio muy oscuro. El Escuadron de la Muerte fue idea de Diego Abad de Santillan, el cenetista, que propuso a la Generalitat la idea de fundar una unidad constituida por anarquistas italianos. He visto fotos. Tenian unos uniformes muy llamativos y al parecer hacian unos desfiles muy teatrales por Barcelona. Eran bastante aparatosos y se hicieron celebres antes de entrar en combate. Lo ironico de su historia es que sucumbieron en su primer encuentro, con unos falangistas. Perdon por el exceso de detalles, he pensado que es muy posible que no esteis al tanto de estas cosas, y son importantes para entender lo que paso.

En cuanto a si mismo, resumiendo mucho, Pietri me explico que era natural de Certaldo y que despues de volver, tras su experiencia como brigadista, no habia salido de alli, salvo durante la segunda guerra mundial, epoca durante la cual, segun me explico sin dar demasiados detalles, anduvo escondido. Hablaba con crispacion, era evidente que tenia prisa por comunicarme algo muy concreto. Y en efecto, busco la billetera y abriendola, saco una fotografia y la puso encima de la mesa. En el momento en que hizo aquello, contrajo el rostro como si sintiera un dolor muy agudo. Se le cerraron los ojos y se le cayo la cabeza hacia delante. Me puse en pie, alarmado, porque crei que se iba a desplomar, pero inmediatamente volvio a abrir los ojos y se quedo mirandome, medio ido. Me hizo un gesto con la mano, como diciendome que en seguida se recuperaria, y cuando lo logro me explico que estaba muy enfermo. Como si lo que le ocurria a el careciera de importancia, insistio en que me fijara en la foto y asi lo hice.

Era una miliciana muy joven, casi adolescente, de ojos grandes. Teresa Quintana, mi companera, dijo. Me impresiono la manera de decirlo, seca y cortante, sin ninguna solemnidad. Todavia no me habia dicho lo que queria, pero ya habia conseguido inquietarme.

[…]

A las doce en punto, las campanas de la iglesia repicaron con estrepito (el Angelus, me explico la mujer de recepcion cuando le pregunte que queria decir aquello) y pense que era buena hora para llamar a Lewis. Guarde la carta en el sobre y baje al tercer piso. La encargada me explico que el telefono era de fichas y me dio una. Tenia el tamano y el color de una peseta, solo que faltaba la efigie del dictador y tenia la superficie atravesada por dos hondas estrias. La mujer busco el numero del Hotel Florida en una guia a la que le faltaban las tapas y lo apunto en un papel. Me dirigi al telefono, introduje la ficha en la ranura y observe como resbalaba por un conducto hasta quedar ajustada al fondo de la caja negra, tras una lamina de cristal. El telefonista no me entendio cuando le dije que queria hablar con Abraham Lewis, y tuve que deletrear el apellido. Al cabo de unos segundos, al otro lado de la linea escuche una voz profunda, con un marcado acento sureno. Eso y la risa con que puntuaba sus palabras me hizo sentirme algo menos alejado del mundo que habia dejado atras hacia menos de veinticuatro horas. Lewis me cito en un bar que quedaba justo al lado de Cibeles.

Se llama Cerveceria de Correos y queda a mano izquierda, al principio de la cuesta que sube hacia la Puerta de Alcala. No te costara ningun trabajo encontrarlo, Ackerman. Desde tu pension hay un paseo muy agradable, si no te importa el frio. ?Te parece bien a la una y media?

Si, pero ?como nos reconoceremos?

Tengo cincuenta y cuatro anos, la cabeza rapada, mido uno noventa, soy ancho de espaldas y, por si te quedara alguna duda, soy negro.

Solto una carcajada. Una vez mas su voz, su manera de hablar y de reirse me transmitieron una honda sensacion de calma. Un cuarto de hora despues sali de la pension y dejando atras el dedalo de callejuelas que la rodeaban llegue al Paseo del Prado. Al otro lado del bulevar, en lugar de edificios habia una larga verja y detras un jardin. Decidi cruzar. Soplaba un viento muy frio, pero al menos no nevaba. Caminaba despacio, como ausente, registrando lo que veia casi sin darme cuenta, mezclando las sensaciones del presente con recuerdos muy lejanos. A primera hora de la manana -parecia que hubiera sido ayer- habia visto la ciudad sin contaminarme de su realidad, como si el taxi fuera una burbuja esterilizada que me salvaguardaba del

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