Quince, pero lo recuerdo vivamente. Mi abuelo y yo hablabamos de muchas cosas, pero por extrano que parezca lo que mas nos unia eran los largos momentos de silencio que compartiamos. Nos entendiamos perfectamente sin necesidad de hablar. Muchas veces, yendo en metro o en tranvia, cuando el ruido era excesivo, en lugar de alzar la voz para hacerse oir, mi abuelo interrumpia lo que me estuviera contando y se quedaba callado. En seguida me acostumbre a sus silencios. Aquel dia, al salir de la estacion de metro, en lugar de ir hacia el mercado de Fulton, me llevo a Boerum Hill, sin darme la menor explicacion. A mitad de manzana, vimos una aglomeracion de gente que aguardaba delante de las puertas de un teatro. Si no me equivoco, aun sigue en pie. El caso es que nos sumamos a la multitud e hicimos cola para entrar. Recuerdo que dentro del vestibulo habia tres puertas muy altas, pero mi abuelo me llevo de la mano hacia una escalera lateral, y al llegar al primer piso entramos en un palco donde habia cinco o seis personas, ya sentadas, esperando a que comenzara el acto. Mire hacia abajo. En el patio de butacas se veia un inmenso mar de cabezas, pero tambien habia gente en los pasillos y en los demas pisos del teatro. De pronto se apagaron las lamparas del techo y un susurro recorrio a la multitud. Unos focos iluminaban el estrado, en el que se veian una mesa alargada y unas cuantas sillas. Un grupo de personas subio en fila al escenario y fue ocupando los asientos, mientras la multitud prorrumpia en un aplauso atronador. Una mujer de unos cincuenta anos se acerco al podio y se dirigio al publico. Apenas me fije en lo que decia. Me llamaban mas la atencion otros detalles. Por todo el teatro se veian banderitas rojinegras, y en el estrado habia una pancarta. No repare en lo que decia porque me sentia incapaz de apartar la vista de lo que habia en los extremos del escenario. Eran los retratos de dos hombres cuya estatura era el doble de la de una persona normal, pintados con trazos gruesos de colores estridentes. Parecian monigotes sacados de una cartelera de cine. Iban sin chaqueta, con la camisa desabrochada. Uno llevaba pantalon marron y el otro azul oscuro. Las cabezas eran desproporcionadamente grandes con relacion al cuerpo. Lo que mas miedo me daba eran los ojos que, a pesar de lo chillon de los colores, a mi me resultaban de lo mas real e inquietante. Me daba la sensacion de que me miraban exclusivamente a mi, como si me conocieran y me estuvieran acusando de algo inconcreto. Solo cuando me acostumbre a aquellas miradas consegui fijarme en lo que decia la pancarta. Ahora no me resulta posible oir aquellos nombres con indiferencia, pero cuando los lei entonces, carecian por completo de sentido:

Sacco y Vanzetti (1927-1952)

Los oradores subian al podio a intervalos regulares. Todos hablaban exaltadamente, profiriendo grandes voces. De vez en cuando, la multitud interrumpia los discursos, lanzando vitores y aplaudiendo. Aunque estaba pegado a el, mi abuelo no parecia percatarse de mi presencia. Ni una sola vez en todo el acto me dirigio la palabra ni me miro. Lo que mas me asombraba de su actitud era que, de toda la gente que estaba en el palco, y seguramente en todo el teatro, el era el unico que jamas daba una voz ni aplaudia, aunque yo me daba perfecta cuenta de sus cambios de animo, porque le veia apretar los punos y fruncir el ceno. El acto fue bastante largo y a grandes ratos aburrido, aunque tambien es cierto que el apasionamiento de la gente era contagioso, y al cabo de un tiempo, aunque no entendia por que, cada vez que la multitud aplaudia o gritaba proclamas, yo sentia una extrana mezcla de emocion y miedo.

A la salida, mi abuelo se despidio con prisa de sus amigos y echamos a andar a buen paso, camino por fin del mercadillo de Fulton. En ningun momento hizo la menor alusion al mitin. Al cabo de unos minutos reanudo la historia que habia dejado a medio contar, cuando el estrepito del metro ahogo sus palabras, como si en vez de horas, tan solo hubiesen transcurrido unos minutos. En Fulton me llevo directamente a los puestos de calzado y me ayudo a elegir un par de zapatos. Bueno, en realidad los eligio el, viendo que yo no me decidia por ninguno. Cuando llegamos a casa, se empeno en que me los pusiera, para que todo el mundo viera lo bien que me quedaban. Luego se fue a la cocina, a tomar cafe con los mayores, y a media tarde vino a darme un beso y se despidio.

Ben y yo lo acompanamos hasta el porche. Antes de doblar la esquina, mi abuelo se volvio y nos dijo adios con la mano. El sol estaba muy bajo y daba de lleno en la fachada de casa.

?Quienes eran Sacco y Vanzetti? le pregunte a Ben.

De repente me di cuenta de lo mucho que me apretaban los zapatos y me arrodille para aflojar los cordones.

Quitatelos antes de que te salgan ampollas, recuerdo que me dijo Ben.

Entre en casa con los zapatos en la mano y fui derecho a mi cuarto, seguido por mi padre. Nos sentamos en el borde de la cama.

?Donde has oido hablar de Sacco y Vanzetti? me pregunto, y le hable del mitin al que habia acudido en Boerum Hill.

Es su manera de darte a entender que ya te considera un hombre, dijo cuando termine. Conmigo hizo algo parecido.

Cuatro . BROOKLYN HEIGHTS

19 de junio de 1990

Las 11:29 en el reloj de la gasolinera. El cierre metalico del Oakland, echado. Mi maleta, en medio de la acera, donde la dejo el sikh. La mancha del Chrysler se aleja, una nube amarilla que dobla la esquina como si la succionara una fuerza invisible. El tiempo parece haber encogido desde que puse un pie en Queens. El trayecto entre los aeropuertos de O'Hare y La Guardia se me ha antojado considerablemente mas corto que al ir de Nueva York a Chicago. Tiempo interno, mio, subjetivo. Sensacion de que las cosas empiezan a transcurrir mas deprisa de la cuenta. Tiempo externo, del mundo, inasible. Procuro que no se desengarcen. 9:43. Aparece mi maleta en la cinta de equipajes, la primera y, durante casi un minuto, la unica. Vestibulo de llegadas. 9:45, segun el anuncio de Marlboro. En la parada del autobus, un tipo que lleva un turbante de color azafran practicamente me arranca la maleta de la mano y me obliga a entrar en su taxi. Las 10:07, segun los digitos rojos del salpicadero, al otro lado de la pantalla de metacrilato. El sikh sonrie, esperando mis indicaciones. Hicks, esquina con Atlantic, Brooklyn Heights, le digo y arranca de una embestida. Las llantas chirrian violentamente al rozar contra el asfalto. Vamos dando volantazos, sorteando camiones, furgonetas de reparto, autobuses escolares. Todo el trafico de la manana en la autopista BQE. Me cae bien el taxista. Por alguna razon, su forma violenta de conducir no me inquieta. Me arrellano en el asiento trasero. Leo en la licencia de cartulina amarilla que se llama Manjit Singh. Como si hubiera seguido la direccion de mi mirada, el sikh se lleva la mano derecha al turbante y me sonrie a traves del espejo retrovisor. Unos veintidos anos, barba negra, los dientes y las encias rojos de betel. Fuera ya de la autopista se relaja. La perdida de velocidad le da ganas de hablar. Descorre la portezuela de seguridad. Senala con el dedo las mansiones de piedra, edificios senoriales que flanquean calles con nombres de arboles frutales. Quiere saber si vivo en Brooklyn Heights. Voy a ver a un amigo, explico. Asiente. Buen barrio, muy elegante, dice. En la esquina con Atlantic Avenue, Manjit Singh levanta el pie del acelerador y deja que el Chrysler se deslice hasta quedar perfectamente alineado con el bordillo, justo frente al letrero del Oakland. Se baja solicito; con gran economia de movimientos, abre y cierra el capo y deja la maleta en medio de la acera. Se despide con una inclinacion de cabeza, juntando las manos a la altura del corazon antes de volver al taxi. Arranca de una sacudida, como hizo en el aeropuerto. Sale de escena dejando atras una estela de humo que huele a gasolina y a goma quemada.

Hay luz al fondo. Introduzco el puno por entre los rombos de metal y golpeo el cristal con los nudillos. Oigo el tintineo de las llaves que cuelgan de la cerradura, por dentro, y unos instantes despues vislumbro una silueta que avanza con paso vacilante. No es Ernie, ni tampoco Frank… Reconozco a Gal Ackerman, no se me habia ocurrido pensar en el. Acerca el rostro al cristal, cae en la cuenta de quien soy, hace girar la llave y entreabre la puerta.

No hay nadie, se ha largado todo el mundo a Teaneck, a ver la nueva casa de Raul. Ernie no abrira hasta media tarde.

Le da una calada al cigarrillo que tiene en la mano y, a pesar de que esta practicamente entero lo arroja al suelo y lo pisa. Es evidente que le pasa algo. Se encoge de hombros y se da la

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