en seguida. Cuando recuperara la libertad, afirmo, pensaba dedicarse a vender marihuana y, con el dinero que lograra reunir, iniciaria una investigacion privada, afin de llevar a los tribunales a los verdaderos autores del crimen. ?Ji, ji, ji, ji! Pero no has oido lo mejor: el juez escucho la declaracion sin pestanear y cuando termino, les largo un discurso en toda regla a los miembros del jurado y los mando a deliberar el caso. La corte se volvio a reunir dos dias despues; el jurado declaro inocente a Rakowitz, y el juez lo absolvio, por falta de pruebas. ?Que te parece?

No se, Gal.

?Que cojones quieres decir? Te lo he leido de cabo a rabo y ahora, ?no puedes opinar?

Si no habia pruebas suficientes, no lo podian condenar. Seria otro.

Peor me lo pones: en ese caso el verdadero culpable anda impunemente por ahi.

Gal, no deberias empezar a beber tan temprano.

No sabia que te preocupara tanto mi salud.

Subraya sus palabras bebiendo un trago directamente de la botella antes de anadir:

A mi la piedrecilla que se me queda bailando en el zapato es la suerte de esa chica, Monika Beerle. Me molesta que en el articulo practicamente no se diga nada de ella. Ni un detalle sobre su historia familiar. Ni siquiera se menciona su edad. Es casi como si fuera un accesorio del caso.

Perdona, Gal, lo que bebas o dejes de beber no es asunto mio. De todos modos, para quien si ya va siendo hora es para mi. Gracias por dejarme pasar, y por la conversacion. Ahora tengo que ir al periodico. Si no te importa, voy a dejar la maleta en el despacho de Frank. Si lo ves antes que yo, dile que volvere a recogerla por la tarde.

Por toda respuesta, Gal saca un boligrafo del bolsillo de la camisa y se enfrasca en sus papeles.

A media tarde, un viento pegajoso recorre la avenida. Se que Frank aun no ha llegado porque el Plymouth no esta delante del Oakland. Ernie lee el New York Post en la barra, con la pipa entre los dientes. Echo en falta a Gal. Quiza no estuve demasiado atento con el por la manana.

Ernie, ?donde se ha metido Gal?

Aparta el tabloide y quitandose la pipa de la boca contesta:

Ni puta idea. Cuando llegue a eso de las tres, aqui no habia ni dios. ?Y tu donde te has metido? Hace dias que no te veo.

En Chicago. ?Entonces no sabes nada de Gal?

Ya te he dicho que no. Esta manana lo dejamos aqui, con un juego de llaves, pero cuando vine a abrir el bar, habia ahuecado el ala. Como comprenderas, no llevo la cuenta de lo que hace el personal; bastante tengo con lo mio.

?Que tal andaba Gal estos dias?

No me he fijado. La verdad, no se a que viene tanta preocupacion por el.

?Y si le ha pasado algo?

?Algo como que?

No seas cinico. Sabes perfectamente a que me refiero.

Olvidate de Gal, se sabe cuidar solito.

?Hablaba mucho de Nadia ultimamente?

Ernie suelta un bufido.

Ya empezamos. Ni lo se ni me interesa. Por cierto, ya que hablas de mujeres, se acaba de instalar en el piso de arriba una preciosidad. No tendra ni veinte anos.

Me sorprende el comentario. El motel es tema tabu en el Oakland, y si alguien sabe que es asi, es Ernie Johnson. De haber estado Frank delante no se habria atrevido a hacer un comentario como aquel.

Ten cuidado con lo que dices, Ernie.

Me pregunta si quiero beber algo, riendose para sus adentros. Le pido una heineken. Pone una botella helada delante de mi, masculla algo ininteligible y desaparece detras del Post. Me dirijo a la mesa donde estuve sentado con Gal por la manana, la mesa del capitan. Al apoyar la cerveza en el marmol, me viene a la cabeza su imagen, leyendome la noticia del juicio de Rakowitz, pero en seguida se superpone un recuerdo mucho mas remoto.

(Voy bien, ?verdad, Gal? Los dialogos sin entrecomillar, entrelazados con la accion, como a ti te gustaba. Y ahora voy a hacer algo que tambien he aprendido de ti: intercalar fragmentos de mi diario. Nunca tuve ocasion de decirtelo, pero fue asi como te conoci.)

Dylan Taylor me dijo que en la antigua iglesia de Saint Anne, en Montague Street, daban El parque de los ciervos, de Norman Mailer.

?Te apetece cubrirlo? Igual se presenta Mailer, vive alli mismo. ?Por que no te pasas?

?Mailer vive en Brooklyn Heights?

Asi es. En plena Promenade. El ultimo de una larga estirpe. No tiene perdon que todavia no conozcas el barrio. Espera un momento.

Sale de mi cubiculo y a los treinta segundos vuelve del suyo con un libro. Lo tira encima de la mesa. Es Los perros ladran, de Truman Capote

?Y esto?

Echale una ojeada al capitulo titulado «Una casa en Brooklyn Heights». Volviendo a lo de Mailer, con algo escueto basta. Digamos que con unas 300 palabras vale. Lo podemos sacar el sabado.

El texto de Capote se lee en menos de veinte minutos. Tiene razon Dylan: Thomas Wolfe, W. H. Auden, Hart Crane, Mariane Moore, Richard Wnght, los Bowles, el propio Truman Capote, entre otros que ahora no recuerdo, habian vivido en los Heights. Mailer no figura porque era un desconocido cuando Capote compilo la lista.

Le dije a Dylan que me daria una vuelta por las calles del barrio despues de la funcion.

Algunas estampas de mi cosecha: los faroles de gas de Hicks Street; el marco de una ventana a traves de la que se veia la imagen silenciosa de una chica tocando el violin, como un fotograma de pelicula muda; el callejon de Grace Court, como un lienzo de Vermeer, con el suelo irregularmente adoquinado, los enormes portones de las antiguas caleseras y los garfios de donde se colgaba el heno que servia de alimento a las caballerias; los bajorrelieves de las enormes puertas de metal de la iglesia maronita de Nuestra Senora del Libano, procedentes de la fundicion del Normandie.

Al doblar la esquina de Hicks con Atlantic, vi el rotulo. Oakland, Bar & Grill, decian las letras de neon rojo y blanco, encima de un ventanal hecho con bloques de cristal esmerilado. La puerta era de hierro y estaba pintada de negro. La empuje, con cierto esfuerzo. Al otro lado, un pasillo estrecho, de techo alto y al fondo, unas cortinas de terciopelo rojo. Al apartarlas tuve una sensacion opuesta a la que se experimenta al despertar. Me habia adormecido y, dejando atras el mundo de la vigilia, penetraba en un sueno. Habia llegado a un local que estaba hasta los topes de gente disfrazada. Me parecio un baile de mascaras que se estuviera celebrando en un cabaret antiguo, o el salon de baile de un crucero. La pared de la derecha estaba cubierta por una red de pescar, entre cuyos pliegues sobresalia una escotilla.

La barra quedaba a la izquierda. Siguiendo su trayectoria, un panel de madera caia en picado del techo, ostentando toda suerte de utensilios relacionados con el mundo de la marineria: cordajes, boyas, salvavidas, fanales, un timon… En el centro, un espejo en cuya superficie habian pintado las banderas de Dinamarca, Estados Unidos y Espana, formando un aspa. Contra la pared, hileras de botellas, flanqueadas por mas objetos de tema maritimo: un faro en miniatura, los bustos de una sirena y un capitan de barco, un juego de luces, enroscado alrededor de unos mastiles. Al fondo, a la derecha, habia dos cabinas de telefonos junto a una maquina de discos. El techo y las columnas estaban adornadas con guirnaldas de papel, de

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