ser vulnerable, extranamente separado de su entorno por una campana de cristal. Quiza lo que detectan quienes se acercan a el es su sensibilidad para captar el sufrimiento ajeno. Jamas he conocido a nadie que ponga tanto cuidado en no hacer dano a los demas. Gal solo es capaz de hacerse dano a si mismo. Nunca le he oido decir nada hiriente ni ofensivo, ni siquiera cuando esta borracho. Nunca pierde la dignidad. Resulta asombrosa su capacidad para mantenerla hasta los ultimos estadios de la embriaguez. Incluso fisicamente. Para mi es una especie de milagro como logra coordinar sus movimientos, aunque este al borde de perder la conciencia.
Esta empezando a anochecer. Venus destella en solitario sobre las gruas del puerto. El cielo se va oscureciendo tan despacio que veo saltar uno a uno los puntos luminosos de las estrellas. Paso revista a los acontecimientos del dia: la carrera en taxi desde el aeropuerto de La Guardia hasta el Oakland; Gal contandome la historia de Rakowitz; seis horas en la redaccion; la conversacion con Frank. No es solo que me preocupe Gal. Tambien voy al Astillero porque me hace falta verlo. Una frase suya me persigue desde por la manana. Alguien se tiene que ocupar de los demonios. Hablaba de los suyos, pero si doy con el, tambien se hara cargo de los mios.
Cletus Wilson sale de detras de la taquilla y se acerca a saludarme. Antes de que abra la boca, me dice que hace semanas que no sabe nada de Gal. Le digo que lo se, que estaba con Frank cuando Victor le llamo desde el Oakland. Entonces que haces aqui, me pregunta, y le contesto que voy a echar un vistazo por el Astillero. Cletus abre mucho los ojos al oirme decir aquello. Solo para quedarme tranquilo, aclaro. Antes de bajar, estoy un rato charlando con el, debajo del toldo verde de la entrada.
Ha terminado de caer la oscuridad. Junto al Deposito de Agua, hay una cabina de telefono, sin techo ni puerta. A unos pasos, veo un amasijo de hierros con el letrero intacto, como si lo hubieran arrancado procurando no danarlo. Extranado, compruebo que el telefono funciona. Decido llamar a casa, por mas que se que no tiene ningun sentido hacerlo. Se que Diana no va a estar. Tengo la certeza de que se fue el mismo dia que vole a Chicago. No tengo nada que reprocharle. Se que lo ha hecho asi para facilitar las cosas. Buscare una nota, pero no la encontrare, porque no hace falta ninguna nota, como tampoco hace falta llamar por telefono. Esta todo hablado. Aun asi, en Chicago lo primero que hice nada mas instalarme en el hotel fue llamarla. Tal y como esperaba, salto el contestador. Repeti aquel gesto inutil cada noche, al terminar la jornada de trabajo. Lo unico que cambia hoy es que he vuelto a Nueva York. Estoy a media hora de nuestro apartamento, a unas cuantas estaciones de metro, despues de cruzar por debajo del rio que separa Brooklyn de Manhattan.
Estoy a punto de marcar cuando una extrana melodia desgarra el aire de la noche. Es la voz de una mujer. Tardo unos segundos en darme cuenta de que no es un sonido natural. Alguien ha debido de poner un disco, pero donde, si lo unico que hay en los alrededores del Astillero son solares en ruinas. La voz, muy dulce, entona un lamento triste, de aire oriental. Tratando de localizar su origen, llego a la conclusion de que el sonido tiene que venir de un callejon cuya boca apenas puedo ver desde donde me encuentro. Hay alli un bar de emigrantes albaneses. Decido ir, subyugado por la musica. Contemplo como avanza mi sombra a lo largo de la tapia del callejon. Casi al fondo, hay un abertura que proyecta un cuadrado de luz amarillenta sobre la acera. Al llegar, aparto las tiras de plastico de colores que tapan la entrada. Dentro hay un viejo que lleva un gorro de lana roja, sentado en una mecedora. Lo recuerdo de las veces que he ido alli con Gal, como tambien a la mujer que atiende la barra, una mujer de unos sesenta anos, que se cubre la cabeza con una panoleta y tiene una raya vertical, de color azul, tatuada en la barbilla. En una mesa hay unos tipos de mi edad jugando a las cartas, que se vuelven un instante a mirarme. El viejo me hace senas de que entre. Lo saludo y me acerco a la maquina de discos, todavia hipnotizado por la cancion. Cuando termina dejo un par de dolares encima de la barra y regreso a la cabina telefonica.
Descuelgo el auricular, viendo temblar las estrellas a traves del rectangulo que se recorta por encima de mi cabeza. Resulta extrano estar asi, entre cuatro paredes de cristal, mirando al cielo. Una gasa de luz pulverizada desdibuja el contorno de las constelaciones. Siento el frio de la baquelita en el oido, el hormigueo quejumbroso de la linea telefonica. Marco, imaginandome la senal acustica viajando por debajo del cauce del East River, a lo largo de un tubo en el que se aprietan haces de cables: un tubo de silencio por el que se desplaza mi angustia. La senal llega a Manhattan en una fraccion de segundo; despues de dos timbrazos se oye un pitido largo e inmediatamente mi propia voz, desfigurada, invitandome a dejar un mensaje, y luego nada. En el momento de colgar veo destellar fugazmente la cola de un cometa.
No se en que momento se ha empezado a poblar de siluetas el descampado. Apostado en una esquina, un tipo delgado que lleva una cazadora negra, vigila atentamente los movimientos de la manzana. De vez en cuando alguien se le acerca y tiene lugar un rapido intercambio. Heroina, supongo. Atraviesan el solar las sombras de una prostituta y su cliente.
Las sigo con la mirada, hasta que se pierden por detras de una nave abandonada. Sigo sin decidirme a alejarme de la cabina. No se cuanto tiempo ha pasado cuando se escucha un silbido muy agudo, que remeda el grito de un pajaro salvaje, y la calle se vuelve a vaciar. Al cabo de unos instantes, atisbo unos destellos rojos y azules. Poco despues los haces de unos faros que iluminan el asfalto. El coche patrulla avanza a lo largo de la calzada en direccion a mi. Los cristales de la cabina devuelven el reflejo de los destellos multicolores. Se escucha un crujido estatico, el fragor de unas voces que proceden de un transmisor de radio. Siento en mi la fijeza de unos ojos. El vehiculo aminora aun mas la velocidad al pasar junto a la cabina, pero no llega a detenerse. En el Dique Seco gira hacia la derecha y desaparece tan sigilosamente como habia surgido.
Gal no esta. No tiene ningun sentido que yo siga aqui por mas tiempo. Atravieso varios descampados, dejando atras el mundo del Astillero. Trepo por una ladera cubierta de una vegetacion rala, que da a una calle desierta que va bordeando el rio. Al doblar una esquina surge ante mi el esplendor violento de los rascacielos que jalonan la punta sur de Manhattan, una cordillera negra, de cimas desiguales, acuchillada de infinitos cuadrilateros de luz. Me saca de mi ensimismamiento un camion cisterna del ayuntamiento. Echo a andar tras el, por en medio de la calzada, pisando la estela salpicada de luces que va dejando tras de si, hasta que veo de lejos los numeros iluminados de un taxi y le hago senas. Subo, vacilante, y le doy la direccion de mi casa. Entramos en el puente de Brooklyn por un lateral. La 1:06 a.m., segun el reloj de la Watch Tower.
Cinco . ZADIE
Dentro del sueno, se repetia insistentemente un sonido, el ulular de una sirena o unos chillidos de gaviota, pero cuando me desperte, los ruidos procedentes de la realidad que al filtrarse en el sueno habian provocado aquel efecto habian desaparecido. Lo unico que se escuchaba ahora era un rumor confuso, como de un motor electrico, procedente del patio. La esfera del despertador brillaba en la oscuridad. Las seis y diez, pero ?de que dia? Sali al descansillo de la escalera, aun medio dormido, a recoger el
Encaje una hoja de papel carbon entre dos folios y gire el rodillo. Contemple la pagina en blanco, hacia falta un sortilegio para propiciar el milagro. Solo que tenia la mente tan en blanco como el papel. La Underwood a merced de un torbellino de posibilidades, nubes de tormenta sobre un horizonte escalonado de teclas redondas, cada una con su letra o signo diacritico, protegidos por un nitido reborde de metal. Una idea, una frase, una palabra, bastan para destruir la magia latente. O para provocarla. Marc dice que escribe mucho mejor con resaca, con las antenas limpias y la sensibilidad a flor de piel, pero yo no llegue a empezar. Acaricie el armazon de hierro de la Underwood, frio, negro, y entonces vi el vertice de la carta, asomando por el
