Que vivia a menos de un cuarto de hora a pie, que llevaba toda la manana escribiendo sin parar y necesitaba estirar las piernas, y que despues de haber oido su voz no podia resistir la tentacion de querer verla en persona. No te rias, es lo que le dije.
?Y ella que te dijo?
Me dio las gracias, llamo al botones y le indico que tuviera la amabilidad de acompanar al senor Ackerman a la puerta. Antes de irme le di la mano, y entonces sonrio. Levemente.
?Como es?
Parece una mujer inteligente.
?Y fisicamente? Se supone que la tengo que seguir.
Pelo negro, piel bronceada, podria ser italiana o algo asi. Alta, con gafas de pasta negra, falda y chaqueta gris.
?A que hora sale?
Fijate por donde, no se me ocurrio preguntarselo. Si quieres vuelvo y se lo digo. Mucho me temo que tendras que esperar. Con un poco de suerte saldra a la hora del almuerzo y, estando tan cerca, a lo mejor se presenta aqui mismo. En ese caso conviene que me largue, no sea que me vea contigo. Va en serio, Gal, me las piro. No tengo todo el dia para estar jugando a detectives.
Muchas gracias, Marc. ?Iras por el Chamberpot esta noche?
No. Tengo una cita con Zadie en la Cote Basque. El sueno de toda mi vida, cenar en el restaurante favorito de Truman Capote. Ahora me puedo permitir esos lujos, me han subido el sueldo, se me olvido decirtelo. En fin, suerte con tu Nadia. Au revoire.
Muchas gracias, Marc, de veras que te lo agradezco.
Por ti, lo que haga falta, baby.
Zadie Stewart no salio de la oficina a la hora del almuerzo. A eso de las doce y media cayo un fuerte chaparron y apenas vinieron clientes a la cafeteria. Pedi algo de comer. Despues, para hacer tiempo, un cafe detras de otro. Cuando le pedi el cuarto, la camarera se apiado de mi y en los ratos libres me venia a dar conversacion. A eso de las tres estuve a punto de abandonar. Pedi la cuenta y a modo de explicacion le dije a la camarera que tenia una cita, pero que al parecer la otra persona se habia olvidado de mi. A veces pasa, dijo sonriendo. Le di una buena propina y me despedi. Estaba decidido a irme, pero cuando llegue a la puerta cambie de idea. Al ver que me sentaba en la misma mesa, la camarera se acerco riendose y me trajo un capuccino. Invita la casa, me dijo. A las cinco, cuando todas las oficinas empezaron a vomitar simultaneamente a sus empleados, decidi continuar la espera en la calle. Me aposte justo frente a la fachada de Leichliter Associates. A las cinco y veinte puse un coto al tiempo de espera, y luego otro, y otro mas. Tuve que hacer un esfuerzo considerable para convencerme de que era absurdo tirar la toalla despues de tantas horas de acecho, sobre todo teniendo la certeza de que Zadie Stewart todavia se encontraba en el interior del edificio. Poco despues de las seis, la vi salir acompanada de un tipo bien trajeado. Tal y como habia dicho Marc, era esbelta y de tez morena. Iba vestida a su vez con traje de chaqueta y llevaba gafas de montura negra. Zadie Stewart y su acompanante estuvieron charlando unos minutos delante de la fachada de Leichliter Associates. Cruce la calle y, consciente de que no podian sospechar nada de mi, me puse a observar un escaparate, peligrosamente cerca de ellos. No tardaron mucho en despedirse.
Senti alivio al ver que Zadie Stewart echaba a andar. Si le hubiera dado por coger un taxi, con toda seguridad la habria perdido en medio del trafico, eso sin contar con el pequeno detalle de que no llevaba demasiado dinero encima. ?Y adonde iria? ?A Brighton Beach? ?Y si no iba alli, como haria para dar con Nadia? ?No seria mejor abordarla directamente? Despues de mucho pensarlo, decidi esperar a ver como se desarrollaban los acontecimientos.
En la esquina de la calle 60 se quito los tacones y se puso unas zapatillas de deporte. Al llegar a Lexington entro en la estacion de metro. Habia mucha gente en el anden, de modo que no se percato de mi presencia. La segui, perdido entre el gentio. Hizo dos transbordos, uno en la 51 y otro en el Rockefeller Center. Si, iba a Brooklyn. Me acomode en la otra punta del vagon, con el periodico en la mano. Lei la historia del asesinato perpetrado por los Westties de que me habia hablado Marc por la manana. Un transbordo mas. Por fin, a eso de las siete y media llegamos a Brighton Beach. Antes de ir a su casa, entro en un supermercado y recogio un traje de la tintoreria. Su destino final era un enorme bloque de apartamentos, sin portero, en Neptune Avenue. Abrio el portal con llave y desaparecio por un pasillo. Memorice el numero del edificio y mire la hora. Las siete y media, casi. Senti que me volvia a desfallecer el animo. ?Asi terminaba la persecucion? Cruce a la otra acera y desde alli contemple la inmensa mole del edificio, sin saber cual de entre todas las celdas de aquella colmena podria ser la suya. Habia oscurecido. Me pregunte si Nadia estaria en el apartamento con ella. De ser asi, tal vez les diera por salir a cenar. Al cabo de unos cinco o diez minutos, aparecio una pareja de ancianos por el fondo del pasillo y me acerque al portal, haciendo que mi llegada coincidiera con el momento justo en que abrian la puerta. La mujer me increpo, en ruso, y yo le di las gracias y sonrei. Haciendo caso omiso de las protestas de la pareja, me encogi de hombros y entre en el edificio. Me meti por el pasillo de la derecha, como le habia visto hacer a Zadie Stewart y al final me encontre con una pared ocupada de arriba abajo por buzones metalicos. No todos tenian nombre. Fui leyendo las etiquetas metodicamente. Empezaba a desesperar cuando por fin di con lo que buscaba: en una cartulina amarillenta lei Zadie Stewart, a maquina, y debajo, escrito a mano, Nadia Orlov. El numero de apartamento era el 30-N.
Deje atras los buzones y llegue a un amplio espacio rectangular. Habia tres puertas de ascensores y un solo timbre de llamada. Lo pulse. Se abrio la puerta central, entre en la caja y oprimi el boton del piso 30. El ascensor se puso en marcha, renqueando levemente. Al cabo de un minuto interminable sali a un descansillo que daba a un corredor estrecho, flanqueado por puertas de un color indefinido, entre gris y azul, ocho a cada lado. Al principio mismo del corredor, a la derecha, habia un ventanal enorme, desde donde se dominaba un amplio panorama. Me detuve a contemplarlo, siguiendo con la mirada la linea de la playa, que desembocaba en el estallido de luces de Coney Island. Avance despacio por el pasillo hasta encontrarme delante del apartamento N. A mis pies, una rendija de luz. Aguce el oido. Al cabo de unos instantes, distingui el murmullo amortiguado de un televisor, eso fue todo.
Merodee unos instantes por el pasillo y decidi que lo mejor era volver a la calle. Me aposte otra vez frente a la fachada, sin saber bien como continuar mis pesquisas. Probe a llamar al 411. Informacion telefonica, en que puedo ayudarle, dijo una voz femenina. Le di el nombre y la direccion de Zadie Stewart y cruce los dedos. Lo siento, senor, pero en esa direccion no figura nadie con ese nombre, me dijo la operadora. Le di las gracias y colgue. Hubiera sido demasiado facil. O algo peor: jugarselo todo a una llamada telefonica podria haber dado al traste con la busqueda. Enderece mis pasos hacia Brighton Avenue, que esta llena de restaurantes y garitos rusos. Entre en uno al azar. En un escenario habia un cantante gordo, encorbatado, con chaqueta de lentejuelas, acompanandose de un organo electrico y unas cuantas parejas de gente de mediana edad, bailando en una pista. No habia barra, solo una serie de mesas comunales que le daban al local un cierto aire de merendero sovietico. El camarero se presento, dandome la mano. No era ruso, era polaco, se llamaba Metodi, y no hablaba practicamente ni una palabra de ingles. Pedi unos
Nadia Orlov, dije en voz alta. Me sente en la mesa de la cocina. En la Underwood estaban los dos folios con el papel carbon en medio, se me habia olvidado quitarlos. Teclee el nombre y me quede mirando las letras. O bien le escribia una carta a Nadia Orlov, con cualquier excusa, provocando el encuentro… O bien contrataba los servicios de un detective privado. Solte una carcajada, pensando en mi breve intrusion en aquel oficio. ?Te puedes permitir los gastos, Gal Ackerman, o es una de tus fantasias? me pregunte. La respuesta estaba en el bolsillo. Instintivamente, lleve la mano alli y acaricie el cheque de 500 dolares. Era el primer cuento
