contacto directo con las cosas. Ahora, al cruzarme con la gente, al pisar los adoquines de la calle y respirar la mezcla de olores que flotaban en el aire, todo era distinto. Madrid. La ciudad se me metia por los poros, por los ojos, por las fosas nasales. Las fotos, las peliculas, los documentales que habia visto tantas veces en el Archivo de Ben, las cosas que le habia oido contar a mi padre parecian corresponder a otra dimension. Era como si me hubiera despertado de un sueno muy extrano para descubrir que la realidad era mas extrana todavia.
Si de pronto alguien me pellizcara, haciendome caer en la cuenta de que estaba paseando por la luna, y me dijera que habia nacido alli, no me habria parecido mas desconcertante.
Unas horas antes, cuando me devolvio el pasaporte despues de anotar los datos en el libro de registro, la mujer de la pension habia exclamado: ?Pero si es usted de aqui! ?Quien lo hubiera dicho, con ese nombre! Bajo el efecto de sus palabras, cuando me vi a solas, en la habitacion, abri el pasaporte y lei:
Madrid. Spain. Cada una de aquellas dos palabras encerraba tras de si un mundo. La M, con su forma de sierra, las montanas donde Ben habia combatido; la S liquida que los espanoles eran incapaces de pronunciar sin arroparla con una e, el laberinto mismo de la contienda. El perfil de las dos letras agrupadas, despertaba ecos de un sinfin de historias. Ben tardaria catorce anos en decirmelo, pero yo era espanol. Otros catorce anos despues, por primera vez desde que Ben me llevo a America cuando yo tenia unas semanas de vida, me encontraba fisicamente en la ciudad donde habia nacido. En ningun momento de mi infancia habian dejado de desfilar por mi casa de Brooklyn multitud de ex brigadistas. Todos me mostraron siempre un afecto muy especial, porque sabian que yo era de
Lance una ultima mirada a traves de la verja del Jardin Botanico (entonces no sabia lo que era, solo veia un parque misterioso, en estado de semiabandono, pero impregnado de magia, como tantos rincones del paseo). La nieve cubria los parterres y los senderos sin hollar y se adheria a los troncos de los arboles, reproduciendo las siluetas de los troncos y las formas de los arbustos. Segui hacia el Museo del Prado, imaginandome que al otro lado de las paredes jalonadas de hornacinas ocupadas por estatuas de diosas desconocidas, las salas estarian vacias, sin sus visitantes habituales, momentaneamente alejados por el frio. Conocia bien muchas de las obras que se albergaban alli. Ben tenia en gran estima un catalogo editado en tiempos de la Republica. De nino le gustaba ensenarme las reproducciones, acompanandolas de anecdotas y explicaciones que mi cabeza infantil transformaba en historias llenas de magia y fantasia. Mas tarde siendo adolescente, las explicaciones cobraron un cariz mas tecnico. La historia del arte era una de las pasiones frustradas de mi padre. Me habia dicho con tanta insistencia que cuando estuviera en Madrid me acercara por
Al llegar a la esquina del Hotel Ritz me detuve a contemplar la glorieta de Neptuno y me vino un titulo a la cabeza:
Un tiron en el abrigo me saco de mi ensimismamiento. Delante de mi vi a un nino de unos diez anos que con gesto serio, sin decir nada, me ofrecia un periodico. Vi unos titulares de tamano descomunal y a un lado, a tinta roja, el nombre de la publicacion:
Unos pasos mas alla, me detuve a contemplar una llama que ardia frente a un tumulo de piedra, al pie de un monolito rodeado por una verja de hierro. Lei una inscripcion que aludia a los heroes del 2 de mayo y me vino a la memoria una de las laminas favoritas del catalogo de Ben, los fusilamientos de Goya. Aquellas asociaciones tenian algo de inquietante. Me hacian sentirme participe de una historia en la que me negaba a integrarme. Al mismo tiempo estaba impaciente por oir de una vez por todas lo que Abe Lewis tuviera que contarme; para eso habia venido. Me volvi a preguntar por que, despues de tantas dudas, me habia decidido a acudir a una cita con un desconocido al otro lado del Atlantico y, como siempre, se me escapaba la respuesta. Estas obligado a hacerlo, no tanto por nosotros, por Lucia y por mi, como por ti mismo, me habia dicho Ben hasta el agotamiento. Yo no lo sentia asi. Habia vivido veintiocho anos sin saber nada de aquel hombre de quien decian que era mi padre, y no tenia ninguna necesidad, ni siquiera curiosidad, por conocer su historia.
Ben otra vez:
Por mas que te niegues a aceptarlo, tienes una cuenta pendiente con tu pasado. Solo yendo a Madrid la podras saldar como es debido. Solo si lo haces, podras decir que tu vida te pertenece plenamente. Y el lugar tambien es importante. Por supuesto que podrias esperar a que Lewis volviera por aqui, pero no seria lo mismo. Tienes que volver, pisar el suelo de Madrid, oir el idioma que Lucia y yo nos hemos empenado en que mantuvieras vivo. Pero sobre todo estar entre tu gente, a fin de cuentas es alli donde viniste al mundo.
Despues de meses de dudas me resigne a viajar a Espana, y la cara de alivio que puso Ben cuando se lo dije me hizo sentirme justificado. Pero ahora que estaba alli, solo, habia muchos momentos en que el gesto me volvia a parecer completamente absurdo.
Desde el extremo de la isleta central del bulevar, observe con detenimiento la estatua de Cibeles. Subida en un carroza tirada por leones, la diosa de la tierra, madre de Neptuno (de repente cai en la cuenta de la relacion que habia entre las dos estatuas) miraba hacia la lejania. En su estela, dos ninos de granito jugaban a volcar una jarra de la que caia un chorro de agua. Alrededor de la fuente, palacios y jardines trazaban un circulo que parecia destinado a proteger la imagen de piedra, magnifica en su soledad. Eche a andar en direccion al Palacio de Comunicaciones y llegue a una calle ancha, en cuesta. Arriba, a mi derecha, vi los arcos de la Puerta de Alcala y, de frente, al otro lado de un paso de cebra, la Cerveceria de Correos.
El local estaba atestado y olia a serrin. Una triple hilera de gente hacia imposible acercarse a la barra. Un camarero me pregunto de lejos que queria. Le pedi una cerveza y al instante me vi delante de una jarra de cinc que tenia el fondo de cristal, encima de un grueso posavasos de corcho, en un espacio minusculo que el camarero habia despejado milagrosamente para mi. Lo vi antes de dar el primer sorbo, sentado en una de las mesas de marmol, en el primer salon, hacia la izquierda. Aunque cuando hable por telefono con el no le habia descrito mi fisico, tambien el me habia reconocido. Con la cabeza erguida seguia atentamente mis movimientos. Sin quitarme la vista de encima, se levanto y me hizo senas de que me acercara. Cuando llegue junto a su mesa me estrecho la mano con fuerza.
Por fin nos vemos las caras, dijo, escrutandome el rostro con extrana vehemencia. ?Que tal el viaje?
La verdad es que no se que hago aqui, conteste con brusquedad. Lo he hecho por Ben, pero llevo toda la manana pensando que venir ha sido un inmenso error. Me siento como si estuviera flotando en el espacio, no se donde poner los pies.
Es normal. Date un poco de tiempo.
?Tiempo para que? Me costaba trabajo hablar. ?Que me importa a mi ese individuo, Pietri? logre preguntar. Jamas tuve noticia alguna de el hasta el dia que Ben me dio tu carta. ?Otra vez tengo que cambiar las coordenadas de mi vida, como cuando cumpli catorce anos? ?Y tu, que de repente sales con esto, quien cojones eres? ?Era verdaderamente necesario que escribieras esto? Me habia llevado la mano al bolsillo de la chaqueta y blandia la carta ante el. ?Por que estais todos tan seguros de lo que haceis?
?A quienes te refieres?
