fatalismo cosmico, con el caracter atemperado por un continuo y-a-mi-que, que es un sistema filosofico tan respetable como cualquier otro, aunque es posible que menos edificante que todos los demas. Pero sigamos…
Los jueves por la tarde, tia Corina se pinta, se empolva, se pone un buen vestido y se va con sus amigas al Casino Novelty a retar a los crupieres y a las confabulaciones astrales. Una costumbre mitica: sus jueves miticos. Su duelo semanal con la contingencia, a vida o muerte, o casi.
Ese dia duplica su dosis habitual de estimulantes, de modo que todos los viernes se los pasa en la cama moribunda, en coloquios trascendentales con el Ser y con la Nada, abatida por lo que ella denomina su «fatiguita miserere».
Viernes: catalepsia.
Para tia Corina, el Casino Novelty significa mas o menos lo mismo que significan para mi los Billares Heredia: una visita de cortesia a la realidad. (Aunque ella vuelve de esas visitas en una alfombra magica, haciendo eses por un firmamento de estrellas multicolores, por expresarlo de algun modo, y ese detalle -por desgracia- nos diferencia.)
El billar es un juego de destreza que sale muy barato si no te implicas en apuestas imprudentes, pero esa rara ludomania que le entra los jueves a tia Corina, jugadora de lo que se tercie, admite mas complicaciones, entre ellas la de quedarse sin dinero para pagar el taxi de vuelta, que entra en la categoria de las complicaciones frecuentes: «Por favor, baja y pagale al taxista», y evita mirarme entonces a los ojos, porque sabe que trae los suyos descompuestos de tanto sondear el espectro criptomatematico de la suerte en los naipes urgentes del
Bajo y le pago al taxista. Subo y oigo vomitar a tia Corina en el bano. Y entonces lloro de un modo impasible, con lagrimas que resbalan hacia dentro y desembocan en ese lago artificial que se forma en la conciencia con todas las lagrimas que no hemos sido capaces de derramar a lo largo de nuestra vida.
Los viernes, mientras tia Corina deambula por los ambitos de sus pesadillas morales o por sus duermevelas - las complicadas duermevelas, en las que somos y no somos quienes complicadamente somos-, viene Lola a limpiar y a poner en orden logico las cosas de la casa, lo que significa que tengo que pasarme la tarde restituyendolas a su desorden logico: la yegua hindu de terracota (siglo XIV) en su angulo preciso, el pisapapeles en forma de dragon bicefalo (Hungria, siglo XIX) en su angulo preciso, la mano de marmol de Zeus (imitacion), con su rayo de mando, en su postura precisa… Y no por nada en especial: solo, tal vez, por la misma razon por la que los actores que llevan ya varios centenares de funciones de una obra necesitan que toda la utileria este en su sitio exacto, en el exactisimo sitio en que estaba cada cosa en el dia del estreno, porque cualquier alteracion distorsionaria el equilibrio de ese ambito de ficciones, y una casa es tambien un ambito de ficcion: la mazmorra del ectoplasma en zapatillas, en coloquios consigo.
Lola lleva mas de veinte anos limpiandonos la casa, pero en todo ese tiempo apenas le habre oido pronunciar unas dos mil frases, y todas ellas sobre asuntos muy concretos. («Necesito bayetas», «Esta mojado».) Nos tiene la casa, eso si, llena de amuletos que ella misma elabora con mejor no saber que y que esconde en sitios impensables para ahuyentar espiritus intrusos, para espantar estantiguas malevolas, para atraer la suerte… Y le dejamos hacer, porque no hay mas remedio que interpretarlo como una majaderia afectuosa, aunque a veces nos llevamos un sobresalto al abrir un cajon o una caja de zapatos.
Aquel viernes, mientras tia Corina destilaba en la cama sus excesos y Lola trastornaba nuestras cosas, baje a comprar el periodico, como tengo por costumbre. Fui luego a La Rosa de California y alli, frente a una tarta de chocolate con raspaduras de mandarina que me resulto un poco dulzona, me zambulli en ese mar de papel que cifra un simple dia del mundo, con su oleada de noticias casi nunca buenas, con su clima de naufragio general, porque los periodicos son el megafono del tremendismo: varios muertos en accidentes de trafico, decenas de miles de victimas a causa de un maremoto, enfermedades nuevas, alguien pierde un brazo en la fabrica, alguien ha decidido asesinar… «Esto podria haberme pasado a mi», piensa uno. «Y es posible que me pase manana.» Y asi se nos fuga la vida, que es mas supervivencia que otra cosa, por muy trascendentes que nos pongamos con respecto a nuestro papel en este cuento: siempre seremos victimas potenciales del Lobo.
En aquello estaba yo, en aquel clima de espanto y moribundia, cuando lei el siguiente titular: EMPRESARIO ARGENTINO HALLADO MUERTO EN UN HOTEL MALAGUENO. Casares. Se que no van a creerme, porque nadie cree -ni yo mismo- en las carambolas perfectas de la casualidad, pero el caso es que el empresario argentino «hallado muerto» era Casares, el magnate solitario, el incondicional de Tutankamon, el desenganado de las piramides.
Casares. «Hallado muerto.»
Segun el periodico, no se descartaba la posibilidad del suicidio. ?Suicidio? No, por Dios. Los hombres como Casares no se matan: ellos colaboran a construir la realidad, a hacer que la rueda dentada gire, con su chirrido de eje mohoso, asi el eje mohoso les triture el corazon. No. La gente como Casares no se mata. Ellos esperan, resignados o temblorosos, o ambas cosas a la vez, a que caiga el telon a su debido tiempo, porque quieren conocer a toda costa el desenlace de la tragicomedia, a pesar de ser un desenlace invariable: un poco de sufrimiento, un poco de estupor y, de pronto, la grandeza hueca de la Nada. (Y el olvido inmenso.) No. Ellos no tienen vida alguna que tirar por la borda, porque ni siquiera la muerte se da prisa en reclamarlos: son los longevos, los que llenan los asilos, los que saturan los hospitales, los que acaban perdiendo la memoria y la razon sin que la muerte se de prisa ninguna en barrerlos con su escoba. Los que van de aqui para alla para crear una ilusion colectiva de realismo. Los que lampan por el dinero o lo derrochan o se vuelven avaros. Los hacendosos. Los atentos al reloj. Los que compran souvenirs. Los que yo que se.
No. Si la gente como Casares se suicidara, en tres meses el genero humano seria una especie en vias de extincion y el Estado tendria que meter a los hedonistas en un zoologico, con un cartel explicativo colgado de los barrotes de la jaula.
No.
Volvi a casa con el animo encogido, con la imagen del cadaver de Casares en el pensamiento: su brazo corto, la boca abierta, desbaratado y rigido, en una habitacion de hotel repleta de bibelots.
Tia Corina no se levantaria hasta la noche, y en un estado de fragilidad que la mantendria ajena a cualquier cosa que no fuese la extraneza ante si misma: la sorpresa del no-ser, y al fondo el recuerdo impreciso de su trance de alcoholemia y ludomania. Su ensayo general de muerte y de resurreccion.
«Casares ha muerto», le dije en cuanto aparecio por la biblioteca con cara de ciento veinticinco anos. «?Quien es Casares?»
Hay algo magico en cualquier muerte, como lo hay en el numero del prestidigitador que hace desaparecer ante nuestros ojos la paloma blanca que ha cubierto con un panuelo dorado. En el preciso instante en que alguien muere, se produce un vacio infinitesimal en el universo, un vacio insignificante, pero un vacio al fin y al cabo: algo que faltara ya siempre, algo que se anade a la congregacion ingravida de las fantasmagorias.
Somos los fragiles y perecederos.
Somos la Historia Universal de Lo Visto y No Visto.
Pero, metafisicas melancolicas al margen, alli estaba aquella muerte en concreto, la de Casares. (Que mala suerte, peregrino.) (Y sin tumba de oro.)
«La gente se muere, ?que quieres que te diga? No vayas a querer ver ahora conspiraciones donde solo hay incidentes rutinarios. Un hotel de Malaga es un sitio tan bueno o tan malo como cualquier otro para oir la trompeteria de los angeles», comento tia Corina, pero comprendi que solo pretendia aliviar mis aprensiones, que eran tambien las suyas.
En los ultimos dias, llevaba yo dos muertos casuales: la turista de El Cairo y el turista argentino. Demasiadas muertes imprevistas. Demasiados turistas gafados. No suele ser el azar tan insistente, porque el esta mas por las volutas fantasiosas y por la renovacion del repertorio, reacio a someterse a patron alguno, y de ahi su condicion de misterio insondable, aunque haya ocasiones en que nos lo veamos venir: basta con ponerse en lo peor.
A fuerza de no poder hacer nada, se trataba, en definitiva, de esperar acontecimientos, y el primer acontecimiento no se hizo esperar: aquella misma madrugada llamo Sam Benitez desde Bangkok.
«?Que paso, mi cuate?» Intente explicarle que lo mejor era que le encargase el trabajo a otro, pero me resulto imposible: Sam no paraba de hablar, con un ruido de fondo que le distorsionaba la voz, porque debia de llamarme desde una sala de juergas, por esa cosa tan suya de debatirse entre la ilusion del Prisma Teologico y las
