nostalgias babilonicas.

«El cliente me apura, compadre. Mira, tienes que llamar a Cristi Cuaresma.»

Segun supe enseguida gracias a un informe rapido de Sam, Cristi Cuaresma era venezolana y vivia en Roma. Acababa de incorporarse a nuestra profesion despues de haber sido durante mas de diez anos la novia de Federico Baluarte, el mas cotizado y frio de los sicarios de Colombia hasta que murio a hierro, con arreglo a la maldicion contenida en el refran. «Esa es la hermana que necesitas.» (Hasta ahi la informacion que me dio, mientras de fondo sonaba un guirigay de karaoke.) Le dije -o al menos lo intente- que preferia anular nuestro acuerdo en vista de las anomalias que estaban manifestandose incluso antes de empezar el trabajo. «Llama a la hermana Cristi y no me seas mas puto baboso», y me dicto un numero de telefono.

Tras consultar el asunto con tia Corina, llame a la tal Cristi Cuaresma, porque, aparte de haber cobrado el cheque el dia anterior, la verdad es que no encontrabamos a nadie que nos infundiera confianza para la operacion del relicario: los mejores andaban ocupados en otra cosa, o huidos, o retirados, o encarcelados, o trabajando por su cuenta, o vigilados muy de cerca no solo por la Interpol, sino incluso por los guardias municipales de su barrio. Ademas, puestos en lo mejor posible de lo peor posible, nos parecio bien el hecho de dar trabajo a la gente nueva que se anima a meterse en esto, porque nosotros tambien fuimos jovenes y mantuvimos la quimera preceptiva de querer comernos el mundo, aunque luego el unico comensal resulte ser el mundo mismo.

Llame, ya digo, a Cristi Cuaresma. Oi su voz en el contestador. Y resulto tener una voz de acero y seda que me recordo de inmediato, como traida del Mas Alla, la voz de Natalia Aldunate.

«?Quien es Natalia Aldunate?» No queria hablar de ella en esta cronica profesional, pero creo que ya va a resultar ineludible: surge un nombre y surge una historia.

Cuando la conoci, en 1986, Natalia pasaba una temporada con su padre, que era el agregado militar de la embajada chilena en Budapest, ciudad a la que habia viajado yo con tia Corina y con mi padre para hacer una labor de corretaje en una venta masiva de muebles art deco que habrian de encontrar nuevo destino en los almacenes del difunto Giorgio Santini, anticuario milanes que, gracias a un ingenio insolito para marear a la clientela, logro vender tres santos griales autenticos y no se cuantos cachivaches y despojos de celebridades, de heroes y de santos de todos los tiempos y paises: unas sandalias de Julio Cesar, una peluca de Giorgio Vassari, unas botas colegiales de Rimbaud, un anillo de la Laura petrarquista… Y todo lo que ustedes sean capaces de imaginar en sus delirios mas floridos, porque Santini tenia el don de poder venderle al Vaticano una paloma disecada como si se tratase del Paraclito, y de aquel don vivio con mucha holgura.

En eso, nos invitaron a una cena fria en casa de Mikulas Szalay, aquel magiar intrepido y clarividente que, entre otras muchas iniciativas, puso los cimientos de la hoy boyante industria pornografica hungara con rudas grabaciones caseras que luego vendia a una empresa britanica dedicada a la distribucion internacional de ese tipo de ficciones, pues para todo hay publico bajo la luna.

Natalia estaba alli, de negro y rigida, con una copa en la mano, ausente y palida, removiendo su coctel con un dedo, distante y gotica, hasta que se sento al piano y empezo a tocar algo creo que de Satie, algo leve y sombrio en cualquier caso. El enorme salon de Mikulas parecio llenarse de mariposas negras de papel. Luego, a peticion del anfitrion, interpreto varios Heder con voz gelida y segura, como si estuviera dandole ordenes a su propia alma.

No me pidan, por favor, que les explique como ni por que (les confieso que para mi tambien constituye hoy un misterio, un misterio… sobrevenido) acabe casandome con Natalia Aldunate, cuatro anos mayor que yo, escapada de un matrimonio lleno de espinas y de varias relaciones espinosas: un corazon, en suma, escarmentado. (Lo mas curioso de todo es que siempre he estado de acuerdo con aquellos herejes del siglo III que recibieron la denominacion de «organistas impuros» y que predicaban que el matrimonio es una invencion abominable, al atar las pasiones y desatar en cambio la procreacion, pero se ve que nuestras convicciones dejan de resultarnos convincentes en beneficio de la provisionalidad de las circunstancias, que a veces entran en la vida como los maremotos y que se van como ellos, dejando atras lo que suelen.)

Natalia se vino a vivir a Espana, a casa, con su piano, conmigo, con nosotros, y aqui celebramos la boda, mas porque era necesario regularizar su situacion que por frenesi, que tambien lo hubo de todas formas, por mucho que me cueste reconstruir al dia de hoy ese sentimiento desmedido.

Tuvimos, como es logico, unos meses de fascinacion: la fumarola purpura del mago. Pero hubo tambien casi dos anos de angustia desde el instante en que ambos caimos en la cuenta de que nos habiamos equivocado de espejismo, que es una equivocacion demoledora, porque te deja en situacion de irrealidad ante una realidad contundente.

Cumplido el tramite inicial de salidas diarias y de regalos fortuitos, de viajes improvisados y de cama a deshoras, Natalia se pasaba el dia en su mundo de partituras apesadumbradas y, por una parte, me sosegaba el hecho de que su pensamiento, que resulto ser de esencia muy turbia, estuviese entretenido escalando o despenandose por el pentagrama, o sacandose de la garganta un despampanante si bemol septima o lo que fuese. Pero, por otra parte, oirla cantar acabo dandome miedo. Y me daba miedo porque me la figuraba -que le vamos a hacer- como un pajaro monstruoso en cuyo nido tendria yo que dormir esa noche. Me daba miedo porque, al oir sus melodias desoladas y perfectas, cerraba los ojos y me la imaginaba como una elegante arpia autista que posaba las garras en el teclado de su negro Schimmel esmaltado como un ataud: su arbol funerario lleno de musica.

(Las alucinaciones del corazon, en fin, resultan complicadas, ya sea para bien o para mal, o mas generalmente para ambas cosas a la vez.)

El sueno de Natalia consistia en grabar un disco con temas propios, dejar al gentio con el alma en un equilibrio dificil entre la enajenacion y el pasmo y, en consecuencia, que los grandes teatros de Europa le abriesen sus portones gloriosos, y a partir de ahi todo lo demas. Esperaba ella al hada de la varilla de centellas titilantes. Pero el hada no llegaba nunca, el hada esquiva de las grandes utopias, y aquella esperanza contrariada iba agriandola, de modo que, para echar fuera el veneno, se dedicaba a despreciar al mundo, incluido yo, como era de esperar, por privilegio de cercania.

A tia Corina se que nunca le gusto Natalia, y viceversa. Pero, al contrario que Natalia, tia Corina jamas tuvo un mal gesto hacia ella ni dijo media palabra en su contra. Ni cuando vino ni cuando se fue. Mi padre, en cambio, congeniaba con Natalia, y ella con el si no andaba demasiado envenenada de imposibles, y se reian, y cantaban a duo coplas de cabaret, y mi padre jugaba a galantearla, y ella jugaba a hacerse la perrilla con el pobre viejo, que se resistia a dar carpetazo a los rituales de fascinacion, asi fuese con su nuera.

Tengo para mi, no se, que el amor depende de una formula magica casual: dices o escuchas la formula adecuada y el amor se produce, en ti o en el otro, o en ambos a la vez si la suerte esta de cara. Un puro sahumerio verbal. La feliz logomaquia. Pero tambien esta lo contrario: unas cuantas palabras equivocadas pueden hacer la funcion de antidoto.

Una noche, despues de cenar, a tia Corina le dio por hablarnos de la astrologia fantasiosa de los caldeos, que llegaron a predecir hechos futuros a clientes como Alejandro Magno, Antigono y Seleuco Nicator, si hemos de creer al historiador Diodoro Siculo, que no siempre es de fiar, dada su inclinacion a dar por veridico lo que de ningun modo podia serlo. «Los caldeos creian conocer muy bien la mecanica celeste, pero estaban convencidos de que la Tierra tenia forma escafoide y era concava. Ese es el problema de pasarse la vida mirando para arriba, que es lo que hacen los ciegos», bromeo tia Corina, y mi padre y yo nos reimos, pero Natalia no solo no se rio, sino que apreto los labios para dejar muy claro que lo ultimo que veriamos en ellos en ese instante seria una sonrisa.

Cuando nos retiramos a nuestro dormitorio, mientras se desvestia, Natalia pronuncio, en fin, una combinacion de palabras equivocadas: «A vosotros os divierten mucho las estupideces, ?no?». Aquella frase no solo me ofendia, aunque eso era lo de menos a esas alturas, sino que ofendia a mi mundo: te pasas la vida construyendo un castillo de arena y, de pronto, llega alguien, lo desbarata de una patada negligente y te dice: «He desbaratado tu castillo asqueroso, ?pasa algo?». Y por supuesto que pasa. A partir de ese instante, todo quedo claro: se trataba de destruirnos el uno al otro en el menor tiempo posible y sin dejar torre en pie, y les aseguro que los dos nos empleamos a fondo en la tarea, porque nadie sale de un matrimonio como quien sale del cine (es decir, con el animo agradecido por el regalo fugaz de una ficcion), sino como quien sale de una barraca de espejos deformantes (es decir, con una vision grotesca de si mismo: monstruo mezquino de las piernas cortas, de la barriga de tonel, de la cabeza oval, de los brazos que arrastran por el suelo, gritandole a otro monstruo parecido).

Lo demas ya pueden imaginarlo: cuando en una relacion amorosa se instala el rencor, a ver quien es capaz

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