de espantar a esa corneja que ha sido desollada viva, que tirita en carne viva. A ver quien echa de su madriguera a ese animal al que le duele incluso el aire.

Cuando Natalia salio por la puerta para no volver, me pase tres dias en la cama con el animo de un fakir cansado de ser fakir, y ya me entienden.

Durante esos tres dias purgativos, tia Corina no se aparto del lado de mi cama. Al dormirme, estaba alli, sentada en un butacon, leyendo. Me despertaba y alli seguia, y me ofrecia algo de comer, que yo rechazaba o probaba apenas, y me pasaba una toalla humeda por la frente, porque habia momentos en que se transformaba en el duendecillo de la fiebre mi agitacion de espiritu. Incluso de madrugada, al escapar yo de alguna pesadilla por la escalera de incendios, alli estaba ella, dormida, con un libro caido en el regazo, o despierta y silenciosa en la oscuridad, vigilando a los dragones.

Cuando me levante, le dije a mi conciencia que no habia pasado nada, y mi conciencia me creyo en la medida de lo posible.

El espacio que habia ocupado el piano quiso parecerme el hueco de un arbol talado, un tocon de silencio.

«No vas a encontrar a otra mujer igual», me reprocho mi padre, y rece para que fuese asi.

Ya les he hablado, en definitiva, de Natalia Aldunate, y no pienso volver a hacerlo en mi vida, aunque les rogaria que me tolerasen una breve digresion, a saber: el amor es algo tan valioso, que nos resulta imposible intuir siquiera su precio. Se puede pedir por el lo que se quiera, al margen de la oferta del cliente. Y hay que pagarlo en oro, desde luego, porque ni siquiera acepta la plata: ofrecele a alguien en una bandeja de plata tu corazon macizado en plata y le escupira.

Mi matrimonio fue, en resumidas cuentas, algo mas que un fracaso concreto: fue, sobre todo, una decepcion abstracta. Una decepcion, para empezar, de mi mismo: en las arenas movedizas de mi corazon se caian a plomo las quimeras que intentaba levantar. (El corazon, fuente principal de la penitencia humana, segun el ya mencionado Jakob Boehme.) Ademas de eso, no solo supe que ninguna otra sirena iba a conseguir arrastrarme con la seduccion de su cantico a una isla de alucinacion y sufrimiento, sino que tambien comprendi que ninguna iba a tomarse la molestia de cantarme, porque las sirenas solo montan su vodevil para los hombres sosegados y felices y no pierden el tiempo en cantar para los inquietos y dolientes, para los que huelen desde lejos a ruina, a insomnio, a diazepam y a psicoanalisis casero. De todas formas, alguna que otra hubo luego que, mas que cantar, me susurro al oido su conjuro de destruccion camuflado de ensalmo (la leve Luisa, asustada del mundo; la astuta Lucia, devoradora del mundo), pero el problema era que yo habia dejado de ser navegante para convertirme en naufrago de mi mismo, como si dijesemos, duro de oido ya para esas melodias, y solitario me quede para los restos, pues solitario sigo al dia de hoy, y creo que ya sin enmienda, porque se me ha pasado la edad de las rectificaciones. Perdi el valor, en definitiva, para arriesgarme en las apuestas del sentimiento, supongo que por la misma razon por la que alguien que sobrevive a una caida desde diez metros de altura no se queda con ganas de exponerse a otra caida, aunque sea desde tres metros. («Vente conmigo al pais de las hadas», y contestas: «Gracias, pero de momento estoy estupendamente en mi pais de gente que habla sola».)

En un plano menos simbolico, no me importa confesarles que soy cliente ocasional de una pantomima: Club Pink 2. (Su nube medio chernobil de perfumes entremezclados. Sus bebidas a precio de elixir de la inmortalidad. Sus sacerdotisas sinuosas de corazon solitario y sibilino. Mis lumias lunares.) Una vez al trimestre, mas o menos, entro alli con un ansia borrosa y salgo con una melancolia difusa, como quien accede a un palacio refulgente por el porton de los reyes y sale por la puerta de servicio al callejon meado por los gatos. Es mi dosis de sexo teatral, digamos; mi tributo amargo al instinto: «Veneno sin dolor de falso amor», segun canto un barroco. («Pobre hombre», pensaran tal vez ustedes. Pero no, no se crean: coloquen su subconsciente delante de un espejo y luego me cuentan lo que han visto.) La mayoria de las veces llego alli, me tomo un refresco mientras charloteo con alguna de las muchachas, le dejo una propina y me voy, porque se me muere de repente el deseo, que nunca ha sido dueno de mi voluntad, ni siquiera de joven, y eso supongo que gano, pues cualquier esclavitud es cosa de temer, asi se disfrace de maravilla para los sentidos: siempre tiene trampa, y en casi todas las trampas caemos.

Se, por algunos clientes habituales, que las chicas se refieren a mi como El San Jose, por lo del carpintero apacible. Un apodo hiriente, como suelen serlo, pero no me importa: ?quien no pasa por ser un fantoche ante los demas fantoches? Las muchachas cambian de destino cada cierto tiempo, pero se ve que el apodo se transmite de una tanda a otra, y los apodos de los demas habituales tambien sobreviven a esas migraciones: El Gitano Merengue, El Delicado, y asi, con arreglo a la inspiracion satirica de su autora.

A veces -lo reconozco-, pienso en el amor verdadero como quien piensa en el mito de Eldorado o en la leyenda del unicornio: un algo envuelto en bruma, una fantasia calida de la razon. Y algo inconcretable se reanima entonces dentro de mi por un instante, un sueno rapido que hace sonreir al durmiente. Pero me hago cargo de que ya no es momento de nada: si tienes casi sesenta anos y estas descontento con tu vida, no tiene mucho sentido el plantearte un cambio de vida. El planteamiento es ya otro, mas sencillo: ?merece la pena seguir viviendo o no? (Y lo curioso es que viene a dar lo mismo una opcion que otra.)

…Se me olvidaba comentarles que Natalia murio hace poco mas de tres anos en Paris, donde se dedicaba a cantarle a un medico jubilado, segun mis noticias.

Pero dejemos a un lado las escabrosidades colaterales y sigamos con el asunto que nos ocupa.

6

El suicida esfumado.

El juego de las adivinanzas eruditas.

Cita en Roma.

La mano fria de la enfermedad.

Un envio incomprensible.

En cuanto me levante, baje a comprar el periodico para enterarme de los detalles de la muerte de Casares, pero no venia nada, porque los periodicos importantes se rebajan a informarnos de las tragedias pequenas, de los crimenes provincianos, de los horrores intrascendentes y municipales del dia anterior, asi hayan ocurrido en una aldea de media docena de habitantes, pero al dia siguiente todo ese remolino de sangre baladi deja de interesarles por completo, porque la realidad ha renovado el catalogo de tragedias, de crimenes y de horrores triviales y no hay sitio para tanto, de modo que las hemerotecas estan llenas de novelas inacabadas que comienzan con el descubrimiento de un cadaver. De todas formas, me acerque a ese kiosco enorme que esta en la Avenida del Almirantazgo y que viene a ser algo asi como el gran bazar de las realidades volanderas, con la esperanza de que algun periodico malagueno ampliase la informacion sobre el suceso.

No hubo suerte.

Al dia siguiente, compre ese mismo periodico, pero tampoco habia ninguna noticia referida a la muerte de Casares. Al dia siguiente tampoco, y ya desisti.

Di por hecho que Casares, que no conocia a Abdel Bari, habia muerto envenenado por Abdel Bari, que jamas conocio a Casares ni tenia motivo alguno para envenenarlo. Por eso llevan buena parte de razon quienes aseguran que la vida se basa en carambolas accidentales, en concordancias al tuntun.

Aunque a veces -y a veces por fortuna- las cosas no son tan sencillas ni tan terribles como parecen a primera vista.

Cuando llegue a casa, tia Corina estaba leyendo. La diabetes va robandole vision, y estoy seguro de que si se ve privada algun dia del don de la lectura, morira del mal de Eratostenes, aquel bibliotecario de Alejandria que, al comprobar que la debilidad de sus ojos le impedia leer, se dejo morir, desencantado y desdenoso de todos los demas estimulos terrenales, pues los libros no eran para el cosas del mundo, sino cifra del mundo y arquetipos de la casi infinidad de cosas visibles e invisibles que lo componen.

«Escucha esto», y me leyo en ingles lo siguiente: «Mi cerebro es un palimpsesto y tambien lo es el tuyo, oh

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