jubilacion, y esto es muy facil.» Le dije que si, que parecia facil, pero que no me veia en edad de disfrazarme de demonio que pastorea a demonios subalternos, a sucubos de largas piernas y a incubos toxicomanos. «Eso es lo de menos. El demonio seria yo. Iria por alli de vez en cuando para impartir catequesis. Solo tendrias que ocuparte de organizar los golpes y de controlar en la medida de lo posible a los tarados.» A esas alturas, yo ya no tenia voluntad ni para decir que si ni para decir que no, de modo que opte por no decir nada, a pesar de que lo descabellado de la propuesta era como para echarse a reir y no parar en cuatro meses, que es lo que haria tia Corina en cuanto se lo contase.
No pude resistir la tentacion de preguntarle por el asunto Chagall. «Es una leyenda urbana», me aseguro, aunque algo en su mirada y en su tono me susurro que mentia. No insisti: la leyenda seguiria siendo leyenda, para desprestigio de su protagonista y para gloria del falsificador Leo Brutz.
«?Cuanto te pagan exactamente por lo de Colonia?» Le dije que eso era asunto mio. «Dejate de remilgos. Si van a joderte vivo, dime por lo menos que van a pagarte bien.» Le di una cifra que estaba muy por debajo de la real, porque a las cifras les conviene la modestia en esos casos. «No esta mal del todo, teniendo en cuenta que es mucho mas. Por menos de eso, hay gente que se ha dejado matar sonriendo.» Le comente que tenia que irme. Que hablariamos. Que nos veriamos en Colonia. «?Irte? ?Adonde? Y, sobre todo, ?como?» Me senalo el televisor. «?Te has olvidado de que hoy es dia de fiesta para los muchachos de Ala?» Y era cierto: la justicia de ese dios sin iconografia habia paralizado los taxis, los autobuses y el metro, equiparando Londres con cualquier aldea polvorienta de Afganistan en lo relativo a transportes publicos. Solo faltaban algunos londinenses con sandalias y con una cabra al hombro para expedir el certificado de defuncion de la cultura occidental en Gran Bretana. «Espera a que todo esto se tranquilice un poco y te acerco al hotel. Asi hablamos, porque tengo mi teoria sobre lo de Colonia. Sientate, por favor, y te cuento…» Y me sente.
«No se que opinaras tu, pero todo el mundo sabe que Sam Benitez esta sonado. No solo por la cantidad de porquerias que se mete ni por los golpes que le dan en la cabeza cuando sale a divertirse, sino porque se le ha podrido la conciencia. Comprendes lo que te digo?» Y le dije que si, aunque la respuesta honrada hubiese sido otra. «Todo viene de ese afan suyo por lo trascendente. Es lo mismo que si consigues ensenar a leer a un mono y le regalas la Biblia y
Yo, la verdad, no tenia muchas ganas de someter a Sam Benitez a un analisis psicologico bizantino (digamos), en parte porque me consta que nadie puede saber nada de nadie a ciencia cierta, precisamente por ser la psicologia una ciencia incierta, al incidir sobre entelequias demasiado cambiantes: nosotros, los cambiantes.
«Lo que tiene que quedarte claro es que Sam Benitez va a jugartela, aunque no me preguntes como ni por que. Lo del sarcofago de los magos es una trampa. No se que tipo de trampa. Pero trampa. Como tu comprenderas, lo de Cain, el falso Smerdis y Simon el Mago es un cuento para gilipollas. Es imposible que quede ni un solo hueso de esos tipos, y menos de Cain, que es un psicopata inventado por el antepasado de Stephen King que escribio el Genesis. Pero eso seria, a fin de cuentas, lo de menos, porque ya sabes como funciona el asunto de las reliquias: da igual que sean los huesos de un pollo frito de McDonald's. Lo que importa es creer en los huesos, sean de un pollo o de un martir. Ademas, nadie estaria dispuesto a pagar una fortuna por aduenarse de los despojos de esos tres fantoches. Ni siquiera Tobias Cohen.» (Tobias Cohen es un rabino de Atlanta que se ha hecho celebre por su persecucion incansable de todo rastro del Maligno en la Tierra, movido por el afan de borrar ese rastro, lo que le lleva a la destruccion publica de libros inicuos, de reliquias perversas y, si pudiera, de satanistas de carne y hueso.) «En esto hay otra cosa. Lo bueno seria saber de que se trata, porque ahi puede estar la clave de la trampa que quiere tenderte el mexicano. Procurare enterarme y ya te digo. ?Te apetece mas cafe?»
Estuve en casa del Penumbra hasta la caida de la tarde, cuando ya la ciudad iba recuperandose del azote del Misericordioso.
No es necesario que senale que habia perdido mi vuelo de regreso a Paris. Llame a tia Corina al hotel, pero no pude hacerme con ella, asi que le deje un mensaje tranquilizador. Llame tambien a mi hotel, en el que tenia varios mensajes intranquilos de tia Corina.
Mi anfitrion estuvo muy locuaz. Le pregunte por Cristi Cuaresma. «Una loca. En todos los aspectos posibles. Se levanta loca y se acuesta mas loca todavia. Le echas cuatro polvos y pretende que te tatues su nombre en la frente. Sam Benitez te la ha colgado para asegurarse de que todo vaya a salirte mal. Esa es la prueba mas contundente de que en este asunto hay trampa. Esa tia no ha trabajado nunca en nada. La unica cosa sensata que ha hecho en toda su vida ha sido llamar al veterinario cuando a los rottweilers de su novio colombiano les daba por devorarse entre ellos… En fin, dejemos que las cosas vayan por su cauce. Por el cauce que ha marcado Sam. A ver donde acabamos.» Visto asi el asunto, pense que fundamentalmente podriamos acabar en la carcel. «Cuando llegue el momento, llama a Cristi y la citas en Colonia. Ella misma se encargara de buscarse la ruina. Por eso no te preocupes.»
Le dije al Penumbra que lo prudente seria desistir: ya no esta uno en edad de regalarle unos anos penitenciales a la Justicia humana, porque los anos comienzan a ser muy valiosos precisamente cuando menos valen.
Los gastos que me habian ocasionado los preparativos de la operacion -incluidas las dos mil libras que le di la noche antes al Penumbra- tampoco iban a llevarme a una bancarrota irreparable, aunque el dinero tirado duele mucho en la memoria. Ademas, entre un pequeno despilfarro y un desastre a toda orquesta, la opcion estaba clara.
«Si Sam Benitez te ha tendido una trampa, lo que tienes que hacer es tenderle otra. Una trampa muy sencilla y, en cierto modo, sujeta al guion: hacer que todo salga mal, pero sabiendo que va a salir mal, con lo cual estaremos a salvo. Te quedas con el anticipo y que luego el de explicaciones a quien tenga que darselas. Cuenta conmigo para eso», y sonrio de un modo que me resulto inquietante, por esa cualidad que tienen algunas sonrisas de materializar lo peor que llevamos dentro. «Ese sera nuestro trabajo en Colonia: hacer que Sam se meta en su propia jaula. Y va a salirte barato: solo quiero la mitad de ese anticipo. Bueno, no exactamente la mitad: me conformo con el 90% de la cantidad que te inventaste hace un rato y que ya no recuerdo siquiera. Asi que mienteme de nuevo: pronuncia una cifra agradable.»
Como ustedes comprenderan, no di credito alguno a cuanto me dijo el Penumbra. Estaba obligado a trabajar con el, pero no al son de sus delirios, y mucho menos a sus ordenes. Yo confiaba en Sam, a pesar de muchisimas cosas, y esa confianza no iba a desmoronarse por las suposiciones de un aprendiz de diabluras. Sam no me debia nada, pero le debia mucho a mi padre, y ese debito me resultaba tranquilizador.
…De todas formas, la mente es un hormiguero con muchas galerias, y reconozco que la duda se me colo por alguna de ellas, de modo que vi aumentada la suma de mis inquietudes. (El mundo gira, y nosotros giramos con el mundo, y las conciencias tienden, en fin, a marearse.)
El Penumbra se puso su disfraz de oficiante satanico, repitio el ritual de la venda y me acerco en su Aston Martin a mi hotel.
La ciudad estaba inquieta: varios millones de personas procurando disimular su psicosis, luchando contra el instinto de hacer un paquete con los ninos y las joyas y huir a Costa Rica en el primer vuelo.
Antes de despedirme del Penumbra, le pregunte si conocia a Tarmo Dakauskas. «No, ?por que?» Le dije que por nada, para no anadir otra pieza al tablero.
Llame de nuevo a tia Corina, esa vez con fortuna. Lloriqueo un poco por la incertidumbre acumulada en torno a mi suerte, pero le dije que no se preocupara y que se fuese a cenar con el Falso Principe para celebrar mi resurreccion.
Llame luego a la compania aerea para intentar arreglar mi plan de regreso, pero se ve que no era momento de arreglar nada. Me sugirieron que lo mas sensato seria que me fuese muy temprano al aeropuerto y que, una vez alli, procurarian acomodarme en el primer vuelo en el que hubiese una plaza disponible, ya que estaban produciendose muchas cancelaciones, tanto de vuelos como de reservas.
Teniamos billetes para Colonia en un tren que salia a las once y media de la manana, y dificil veia yo que llegase a tiempo, por temprano que me fuese a Heathrow, ya que los aeropuertos son los reinos naturales de la llamada Ley de Murphy para la clientela, quiza porque un negocio basado en el sueno vanidoso de volar esta renido con la rigidez mecanica del tiempo: el milagro del despegue, pongamos por caso, es siempre impuntual, ya que ningun milagro puede ser esclavo del reloj, o yo que se.