– Tu tienes algo en el coco. Siempre has tenido algo en el coco. Ya no hay marineros. No hay sitio para marineros. No hay barcos, ni pescado. Hace diez anos habia sesenta arrastreros en Santander. Ahora quedan catorce. Tienen suerte en volver con siete cajas de pescado. La mar se ha acabado. Quitatelo de la cabeza, quitatelo de una vez, Jaco.

– En Cobreces no hay barcos. Asi que en Cobreces no tenemos esos problemas. ?Quereis una sopa? -el guisante con toquilla habia vuelto a aparecer por detras.

– Despues, Eulalia -contesto Fidel.

Y cuando Eulalia se dio la vuelta:

– ?Te ha dado un aire? -le pregunto a Jacobo.

– No -dijo Jacobo como si respondiese a una pregunta normal.

– Algun dia me tienes que contar por que tu quieres ser marinero.

Jacobo estaba mirando en direccion a la puerta. La luz brillaba en las ranuras de los panos mal ajustados.

– No tenemos nada, pero me da mas miedo no saber donde estoy. Que un toro mecanico me pueda partir una pierna o que me pueda pasar cualquier otra cosa estupida, sin que yo sepa por que. A lo mejor un dia acabo paralitico porque trabajo en un lavacoches y me pilla el rodillo.

Se quedo callado un momento.

– Ya se por que siento verguenza -dijo casi enseguida-. Siento verguenza porque pienso que todo el mundo va a saber que estoy perdido cuando me vea con la pierna escayolada, que no tengo nada que hacer o que tendre que hacer cualquier cosa.

– Dejalo ya -dijo Jacobo, que seguia mirando a la puerta.

– Si por lo menos quisiera algo… Pero es que no puedo pensar ni en lo que quiero.

Fidel volvio al trajin de la aguja y la escayola.

– Tengo que marcharme -dijo Jacobo.

– Me he enterado de lo de tu padre. Tu no has dicho nada. Bueno, tampoco se te puede ver.

– Tengo que marcharme.

Cuando Jacobo entro en la buhardilla, casi de noche, y despues de haber vagabundeado bastante tiempo por la darsena, mirando los barcos y las faenas de los maestros rederos, oyo los ronquidos de su padre. Se acerco a la cueva. Olia a alcohol de quemar. Sin saber del todo lo que hacia, acerco una silla y se quedo contemplando aquel esqueleto bajo la manta, pensando que velaba a un muerto. Pero tambien se acordaba de Fidel y de que le habia dicho que ni siquiera podia pensar lo que queria.

12

Jacobo estaba esperando a Christine apoyado en la balaustrada que daba al patio, cuando don Maximo aparecio moviendo violentamente su sotana, como un guerrero con capa, grande y con la cabeza afeitada. Era su forma de andar y a la vez su forma de presentarse ante el mundo.

Habian pasado dos dias desde la excursion con Christine y, desde entonces, solo pudieron verse en la media hora del recreo y en el trayecto de la vuelta a casa. Jacobo estaba pensando en una nueva fuga para esa manana.

– Muchacho, ?se puede saber a que te dedicas? -dijo la voz rotunda del cura.

– Estoy esperando.

– ?Y que espera un individuo como tu?

– A que empiece la clase.

Don Maximo se habia parado en seco delante de el, pero sin quedarse completamente de frente. Parecia que iba a seguir su camino de un momento a otro.

– No es suficiente -dijo el sacerdote-. No es suficiente en absoluto. Se te pide mas.

– No le entiendo -contesto Jacobo.

– Te he puesto sobresaliente en el ejercicio del otro dia. Pero se que no has estudiado nada.

– Entonces, ?por que me ha puesto sobresaliente?

– Le he puesto sobresaliente a lo que es capaz de hacer tu cabeza con nada.

– Sabia lo que usted estaba preguntando.

– Pero solo sabias lo que ya sabias. Creo que va siendo hora de que te preguntes lo que puedes hacer con lo que no sabes.

Los ojos sin pestanas de don Maximo le miraron de arriba abajo, como si le estuvieran pasando revista.

– ?Donde estan tus libros?

Jacobo no contesto.

– ?Donde estan tus libros? Quiero una contestacion y no voy a pasarme toda la manana esperandola.

Jacobo sintio al hombre grande delante de el, a aquella especie de tartaro que iba arrasando a su paso.

– No los he traido.

– No los has comprado, quieres decir.

Jacobo no contesto.

– Ni siquiera los has comprado -los labios gruesos del cura se abrieron como si estuvieran dejando escapar el aire, y Jacobo no pudo evitar el quedarse fijo en ellos.

Don Maximo echo a andar, pero al cabo de dos pasos se giro con su estilo marcial.

– Apostaria algo a que eres una de las mejores cabezas que han pasado por aqui. Pero todas las cabezas estan hechas de un cristal muy fino. En esta vida he tenido que barrer los pedazos de muchas. Ten cuidado. Tu cabeza es tuya, pero no tienes mas que una.

Don Maximo le miro en silencio durante un segundo largo.

– Se rompen, maldita sea. No te imaginas con que facilidad se hacen cachos -dijo, dandose definitivamente la vuelta y desapareciendo por el corredor.

Cuando llego Christine, no le dijo nada sobre sus planes de desaparecer esa manana del Instituto. La conversacion de don Maximo se habia acumulado sobre las impresiones de los ultimos dias y Jacobo empezo a tener la sensacion de que algo le aplastaba. Lo peor de todo era que ni siquiera pensar en Christine, estar con Christine, le aliviaba del todo. Esa manana, por ejemplo, se dio cuenta de que las otras cosas habian pesado mas que la muchacha de la que estaba enamorado. Y eso suponia un conocimiento nuevo.

Su padre se estaba matando. El habia decidido cuando era nino que su vida estaria en la mar. Pero tambien todo el mundo habia decidido que el era inteligente y que navegaria por las ondas de los libros abiertos. Pero no se sentia capaz de poder desear mas que lo que deseaba y, si le quitaban eso, entonces le pasaria como a Fidel, que no podria pensar en lo que queria. No se acordaba de cuando decidio que iba a ser marinero. Aquello estaba en el fondo de su memoria y de su conciencia, y arrancarlo seria como arrancar las raices de un alma. Mientras, su padre se estaba matando y se le escapaba, y el tambien sentia que escapaba de su padre, aunque ignoraba hacia donde. Y, despues, no podia dejar de saber que se habia mareado en el barco, que se puso enfermo, que de los quince dias de viaje, mas de ocho los paso tumbado en la litera y vomitando de un cuerpo ya vacio. Pero no debia pensar en eso. Por suerte, solo lo sabia la tripulacion del Gran Sol, Fermin incluido, a la que Roncal habia hecho callar, y Christine. Nadie mas.

13

A la hora del recreo, Jacobo ya no pasaba por el Mercado Central. Iba con Christine a la mantequeria de la esquina de Rualasal, donde tampoco se encontraban con los amigos de ella, y se hacian un par de bocadillos que se comian sentados en un noray del puerto. Ella pedia jamon de york y el los cien gramos de panceta que se comia cruda.

La conversacion con don Maximo dejo bastante paralizado a Jacobo durante ese dia. En realidad, la paralisis

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