En todo caso, Mateo la interpreto alegremente. Tanto, que se llevo a Pilar al cine. Necesitaba distraerse. Aquello era una luz a lo lejos. No tenia gran confianza en las personas que podian dar el golpe; obraban en defensa propia mejor que por voluntad profunda de rehacer el pais; sin embargo, tal vez Falange pudiera pedir un puesto preeminente y encauzar las cosas.

– Seria lo peor que os podria ocurrir -opino el profesor Civil-. No hay nada mas peligroso para un partido que llegar al poder cuando todavia no esta formado por dentro.

Los comentarios en el Neutral continuaron, y entretanto el comandante Martinez de Soria, ajeno a las conjeturas que se hacian sobre su viaje, regreso. Varios observaron que en el tren de regreso vestia de paisano.

Volvio tres dias antes de las elecciones y callo como una tumba, ante la desesperacion de muchos. Ni en el cafe de los militares dijo nada, ni tampoco a Marta; solo a su esposa y al teniente Martin. Su esposa le pregunto: «?Que te ocurre?» El contesto: «La cosa anda mal. El dia 16 arrollaran las urnas como una carga de caballeria cosaca».

CUARTA PARTE

Del 16 de Febrero de 1936 al 18 de Julio de 1936

CAPITULO LXIV

Cuando, a media manana, el subdirector llamo a casa de don Santiago Estrada y le dijo a este: «Parece que en la provincia todo esta en orden, pero aqui hay una verdadera batalla», el jefe de la CEDA se levanto y pregunto:

– ?Como una verdadera batalla?

El subdirector le explico que, tal como estaba previsto, los muchachos de la CEDA se habian echado a la calle a proteger a sus electores, montando guardia en los Colegios, pero que, de repente, habian hecho su aparicion patrullas de comunistas y anarquistas, que se habian apostado en las aceras con cara de pocos amigos. Especialmente Teo iba al mando de una docena de tipos de su talla, y cuando diezmaban una cola se iban a otra.

Don Santiago Estrada parecia no comprender.

– Pero ?estan pegando a alguien?

– Pues… los dispensarios estan llenos.

– ?De los nuestros…?

– Monjas, etcetera. Seria necesario que fuera usted a ver.

La esposa de don Santiago se horrorizo. «?Por Dios, ve con cuidado!» -le dijo a su marido, al ver que este se ponia el abrigo. El Jefe pidio el sombrero y salio. Y una vez en la calle, se dio cuenta en seguida de que nada iba a ser facil, de que la calma de los ultimos dias habia sido aparente, tal vez obedeciendo a una consigna. Y desde luego, las incursiones de Teo por un lado y de Porvenir por otro no eran lo peor. Lo peor era la subita exaltacion que al parecer se habia apoderado de los militantes socialistas. David y Olga en persona, y docenas de los suyos, montaban guardia en las calles adyacentes a las urnas, y al menor incidente se consideraban provocados y llenaban de insultos a los electores.

– Cerca de la Catedral, Olga ha asido del mono a una mujer que llevaba la papeleta en una mano y la mantilla en la otra, y la ha obligado a retroceder.

Don Santiago suponia que se exageraba. Imposible. El Frente Popular se habia unido en forma muy artificial, y nada habia hecho prever una accion conjunta.

Llego al Colegio electoral de la Rambla y recibio una dolorosa impresion. Sus muchachos, con el brazal de la CEDA, andaban bajo los arcos como pequenas fieras enjauladas, sin atreverse a acercarse a la cola de votantes. Muchos ferroviarios estaban sentados en el suelo, con un periodico en la mano. Vio a Rossello -cinco flechas en el pecho- acompanando a un herido con la ayuda de un guardia urbano. Julio Garcia discutia con una persona desconocida, que llevaba sombrero y baston. Por encima de la cabeza del policia, y sobre la fachada, un gran cartel con la efigie de Joaquin Santalo.

La Rambla habia quedado inundada de retratos del muerto. Los llevaban en carteles. La firma de estos decia: «Paco».

Mas arriba, hacia los cuarteles, las banderas catalanas cubrian gran numero de balcones, asi como la barberia entera de Raimundo. Muchos militantes de Izquierda Republicana llevaban tirillas prendidas en la solapa: «?Viva Cataluna Libre!» «Por la libertad de Cataluna». «El pueblo catalan quiere vengar a sus martires de octubre».

En unos Colegios reinaba la calma, en otros se gritaba: «?Viva Rusia!» Don Emilio Santos habia conseguido llegar a la urna sin que le molestasen. Matias Alvear habia votado de los primeros, a las ocho de la manana, cuando la Rambla estaba aun desierta.

Don Santiago Estrada se dirigio al Colegio de su barrio, voto y luego subio al local. ?Y en los pueblos? - pregunto-. Las noticias de los pueblos eran mas tranquilizadoras. Alguien dijo:

– El que se esta ganando la plaza es el chaval ese de la CNT, Santi.

El subdirector asintio con la cabeza. Le habia visto actuar. El chico llevaba sus puntiagudas botas de costumbre, y en cuanto veia un cura -mosen Alberto sabia algo de ello- se le acercaba por detras y le pegaba una patada en la espinilla.

La manana fue creciendo. De vez en cuando pasaban camiones con gente desconocida que gritaba: «?Viva el Frente Popular!» Los militantes de Izquierda Republicana habian salido en bloque, colocandose estrategicamente. No insultaban a nadie. Fumaban, se frotaban las suelas de los zapatos en el borde de las aceras, viendo a sus aliados poner en practica la teoria de la accion directa. Muchas familias circulaban de prisa, cogidas de la mano. Las azoteas estaban llenas de mirones. Desde aquella altura, las escaramuzas callejeras tenian algo de rinas entre insectos. De vez en cuando aparecia un poco de sangre en el empedrado, originando un gran tumulto.

El ser mas asombrado ante el espectaculo, era don Santiago Estrada. El mas seguro de lo que acontecia, Cosme Vila. El mas lleno de curiosidad, el doctor Relken.

Olga, sin saber como, habia perdido el dominio de si. Recorria la ciudad en todas direcciones, seguida por algunos de sus alumnos. Cerca de la estacion vio detenerse un taxi del que se apearon varias personas enfermas, protegidas por muchachos de la CEDA. Reconocio en ellas a varias monjas escolapias, las mas encarnizadas enemigas de la «Escuela». Habian hecho gran campana contra Olga y David. Al ver que incluso habian alquilado un taxi para que votaran las paraliticas, Olga cometio un acto que a ella misma luego la sorprendio. Se les acerco y las llamo «?cochinas!» Los dos muchachos de la CEDA se aproximaron retadoramente. Entonces aparecio David, y a su lado media docena de militantes de la UGT. Entretanto, las monjas habian puesto pie en la acera y miraban atonitas a uno y otro lado. David ordeno a los chicos de la CEDA: «?Ale, llevaoslas; sera mejor!» Ellos se dispusieron a obedecer, pero una de las monjas, repentinamente decidida, se abrio paso y entrego la papeleta al arquitecto Massana, que presidia la mesa. Entonces el propio David cedio el paso a las demas.

Tal vez los mas fieles a su verdadero temperamento fueran los Costa. Los Costa habian ordenado el reparto de retratos de Joaquin Santalo, y hacia el mediodia, al ver que la cosa tomaba un giro favorable, sacaron otra oleada de retratos del Negus, que fue recibida con un clamor general de entusiasmo. Por lo demas, se mostraron liberales. Sus esposas, que acababan de dar a luz con pocos dias de intervalo, quisieron votar y ellos pusieron un coche a su disposicion. Sabian que votarian por las derechas, pero no importaba. Dijeron: «Cada cual es cada cual».

El mas chulo de los derechistas fue el teniente Martin. Con su flamante uniforme se acerco al Colegio de la plaza de los cines y se encontro cara a cara con el Responsable y su sobrino el Cojo, el cual se habia puesto el panuelo rojo y, para aquella manana, le habia pedido prestada la calavera a Porvenir. El teniente dijo, sin gritar:

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