mas agresiva». Esto es tambien un honor. En otras palabras, tal vez a alguno de los que estamos aqui le ocurra algo desagradable. Si eso sucede… los que queden, continuaran montando guardia con espadas. No estamos ni a favor ni en contra del Frente Popular. Estamos frente a todo aquel que atente contra Espana, contra la integridad de Espana. Ahora bien, nos defenderemos. Hoy saldreis de aqui cada uno con su revolver. Octavio os lo dara. Por ahora nada mas. ?Arriba Espana!

Octavio rubrico las palabras de Mateo, y cumplio su orden. El muchacho, en Hacienda, habia expuesto la misma teoria que el jefe: «Ahora empieza nuestro triunfo». Los viejos funcionarios se quedaron perplejos, y una vez mas le tomaron por loco.

Haro y Roca, en aquella sesion, demostraron ser valientes. Roca dijo: «Ya vereis como aumentaran mis alumnos de ingles. Siempre que la cosa anda hacia la izquierda, aumenta el numero de alumnos de ingles». Conrado Haro veia esfumarse su posible ingreso en la Marina. El hijo de don Jorge introdujo el indice de su mano derecha entre el cuello duro y su piel.

Por su parte don Emilio Santos llamo a Mateo, cuarenta y ocho horas despues de las elecciones, y le dijo:

– Hijo mio, en Cartagena, tu hermano esta en la carcel. -Le enseno una carta. Luego anadio-: Yo me siento viejo. Ya se que mis canas te importan menos que otras cosas, pero es lo cierto: me siento viejo. Tengo la impresion de que ni tu ni yo volveremos a ver a tu hermano; tu aqui… deberias procurar que no me quede solo.

Todos aquellos acontecimientos colectivos agotaron a Ignacio, porque no conseguia penetrar en su secreto. Habia algo que le decia que no valia la pena adscribir el destino individual a aquellas mutaciones. «Tal vez tengan razon los que contemplan la multitud desde los tejados.» Le parecia que los hombres se iban transmitiendo la vara de mando unos a otros, relevandose en la venganza. Apenas unos conseguian llegar a la cima, abajo empezaba a oirse el rumor de los que aspiraban a derribarlos. Cabia tomar dos actitudes: dejarse llevar por el rio o convertir el cerebro en una isla, el pecho en un fronton. Irse a la Dehesa y exclamar: «?Mataos, yo vivire por mi cuenta, cerca de las hojas verdes!» Acaso existiera una tercera actitud: participar con los demas en la historia, pero sin entregarse a ella por entero, reservarse algo independiente e individual dentro de uno mismo: la facultad de juzgar… o los latidos del corazon.

En realidad, lo que le ocurria a Ignacio era esto: que sentia que el corazon le pedia paso a traves de las urnas y las luchas ideologicas.

Era inutil combatir contra el oponiendose prejuicios, obsesion de clases, politica. Inmerso en la multitud, llegaba un momento en que se sentia solo; conseguida la soledad, necesitaba compania. Y comprendia que todo esto no le ocurria por azar, sino que lo provocaba un agente exterior que montaba guardia frente a el como los socialistas frente a los colegios electorales. Ser que le guinaba el ojo desde el otro extremo de cualquier calle a la que desembocara. Agente que se iba agigantando, y que de repente se perfilaba y tomaba la breve forma de Marta.

Si, ya era hora de confesarselo. Estaba enamorado de Marta hasta los tuetanos. De Marta, discreta, de pies pequenisimos; de Marta, un poco mas crecida que Pilar y menos que el; de ojos graves. Con su cabellera partida en dos, con su flequillo. A pesar de montar a caballo y ser hija del comandante Martinez de Soria.

Agotado de discusiones en el Banco, en dura lucha contra las asignaturas de segundo curso que el arte del profesor Civil le hacia llevaderas, se dijo que para avanzar en el camino de la vida le faltaba el acicate de un alma que estuviera proxima a la suya por milagro, y que esta alma era, en efecto, la de Marta.

Todo ello era hermoso dado que tenia la conviccion de que por su parte Marta esperaba el momento. Si no, ?a que su perseverancia en visitar el piso de la Rambla, los repentinos silencios de la muchacha cuando el se hacia el distraido, la melancolia que varias veces le sorprendio en la mirada, al volverse hacia ella? Y, sobre todo, ?como explicar que el ultimo dia del ano que murio, al cumplir el los veintiuno de su vida, Marta se le acercara y le dijera: «He tardado dieciocho anos en conocerte; no estare satisfecha hasta que lleve otros tantos conociendote»?

Ignacio, pensando en todo aquello, se sugestionaba. Al despertarse decia: «La quiero». Al dirigirse al Banco repetia: «La quiero». Al oir las campanas pensaba: «Yo he tardado en conocerla veinte anos. Tampoco estare satisfecho hasta que hayan transcurrido otros veinte».

Una manana la llamo por telefono. Nunca habia oido la voz de Marta al telefono. La atencion con que esta le hablo le descubrio que la muchacha debia de estar siempre como esperandole, pues sus primeras palabras revelaron sorpresa, pero no desconcierto. En efecto, Marta le hablo como si lo realmente importante para ella radicara en hablar con el, aunque fuera a media manana, aunque para ello tuviera que dejar su cuarto sin arreglar. Ignacio le pidio que salieran juntos, aprovechando que era sabado y que el no tenia clase. Salir solos, como la vispera de Reyes, en que fueron a ver los farolillos y la cabalgata, y descubrieron que su amigo el Rubio, ?el Rubio!, hacia de Rey Negro, montado en un magnifico caballo pardo, desde el cual los saludo y aun los bendijo, prometiendoles con ello mil juguetes -mecanos, munecas, bicicletas- y quien sabe si el juguete de un porvenir vivido juntos, uno al lado de otro, en perfecta comunion.

Marta acepto, y salieron, llenando el sabado de intimo y mutuo entusiasmo. Y luego salieron toda la tarde del domingo, sin contar con que por la manana se vieron en misa, en compania de Mateo y Pilar. Y luego las salidas continuaron, dandose cuenta uno y otro de que en realidad les hacia falta poca cosa para ser dichosos: estar juntos, nada mas. Estando juntos, el tiempo cobraba un sentido pleno, los muros daban la impresion de poder ser atravesados, los pies danzaban en el suelo con un tintineo gnomico, de seres libres; y, sobre todo, el buen humor, intercalado entre instantes de emocion y ternura. Cualquier incidente les hacia gracia y los obligaba a juntar sus respectivos meniques: un coche que pasara llevando muchas maletas en el toldo, con una de ellas a punto de caerse; un perro sin rabo, los pajaros filosoficamente sentados en los hilos telegraficos. Esto les gustaba especialmente: los postes telegraficos. Ignacio se acercaba a ellos, aplicaba el oido, invitaba a Marta a hacer lo propio y al oir el zumbido trasmisor exclamaba: «?Exacto! ?Es mi padre, que esta hablando desde Correos!» Un dia Marta saco de su bolso un espejo pequeno, redondo. Ignacio, al verlo, lanzo una exclamacion de jubilo. Pego su cabeza a la de Marta, y ambos se esforzaron por caber dentro del circulo. Se rieron lo indecible porque no lo conseguian. Marta pregunto: «?Lo tiro al rio?» Ignacio contesto: «Se lo merece». Marta lo hizo, y uno y otro contemplaron como el agua engullia el circulo en el que acaso vivieran todavia las dos mitades de sus rostros.

Marta creia a ciegas que Ignacio llegaria a ser todo un hombre, «Solo le falta canalizar todas las energias en una sola direccion…» Lo que mas le gustaba era subir con el a la Catedral y a las murallas. Mucho mas que sentarse en el taburete de un bar. Le parecia que alla su amor cobraba solemnidad, que en realidad no era reciente. A veces llegaba a sentirse un personaje historico.

Ignacio accedia a su deseo. Y en cuanto se encontraban rodeados de piedras y hiedra, agradecia al Senor que la aventura de las piquetas derribando murallas no hubiera sido mas que un sueno. En el camino del Calvario, el muchacho se emocionaba mas de la cuenta, pues recordaba a Carmen Elgazu avanzando por el con el rosario colgandole de los dedos. Y en cuanto llegaban a la ermita, eternamente esperando, Ignacio juntaba su mano a la de Marta, entrelazando los dedos, y ambos contemplaban el valle. Toda la historia de la ciudad, y su propia historia, el neto cielo mediterraneo y aquellos verdes que ni siquiera en invierno morian del todo, les unian en un solo ser, capaz de vencer todos los obstaculos.

Era un amor que situaba a Ignacio a infinita distancia espiritual de Canela y el pecado. Que le infundia un gran sentido de responsabilidad, precisamente porque no era facil, porque en cierto sentido era superior a el, o situado en otra orilla. A Marta le gustaba mucho que Ignacio fuera bastante mas alto que ella. Y a veces le repetia acariciandole la cara, frases que ya Ana Maria le habia dicho: «Tambien me gustan tus ojos, y esos pomulos angulosos que tienes».

Era un amor que a Matias Alvear le preocupaba mucho, pensando en el viaje del comandante Martinez de Soria a Roma.

Pilar se dio cuenta de que aquello iba definitivamente en serio, y alcanzo el limite de la felicidad. «?Te das cuenta? -le decia a Mateo-. ?Marta mi cunada!»

?Cuanto queria Pilar a Marta! Casi tanto como Ignacio… lo cual este continuaba sin comprender, pues las diferencias entre las dos chicas eran evidentes.

El cuarto de Pilar era rosa y tenia el crucifijo muy bajo, en la cabecera de la cama; era un cuarto alegre. El cuarto de Marta, por el contrario, era grave. El crucifijo resaltaba cerca del techo, blanco, de marfil.

Pilar tenia sobre la mesilla de noche novelas que terminaban en boda; Marta tambien. Pero en tanto que Pilar

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