Dolores: «Estaremos un par de semanas fuera. O un mes». Laura le siguio como un corderillo. Laura, desde su fracaso con las prendas de abrigo, habia perdido su confianza en la improvisacion. Ahora, cualquier cosa que dijera el dentista para ella era articulo de fe.
Habia muchas personas que al cruzarse por la calle sentian que sus reciprocos sentimientos habian cambiado. Los pequenos decian cosas inauditas, pues repetian lo oido a los mayores. Por el barrio de la Barca habia varias personas totalmente escandalizadas, entre ellas la Andaluza. La Andaluza, que tenia humos de senoritismo, en el fondo preferia que sus muchachas fueran con militares distinguidos a que fueran con proletarios. Incluso daba a entender que su hija tambien lo era de un personaje importante. Alguien citaba el nombre de don Santiago Estrada; ella replicaba siempre: «Mucho mas, mucho mas».
Entre las personas que al cruzarse se miraron a los ojos con insistencia, figuraban el comandante Martinez de Soria y el coronel Munoz. De momento no se hablaron una palabra. Sonrieron. El comandante levanto su hombro izquierdo y saludo; el coronel, elegante, se llevo a su vez la mano a la gorra. «?Hasta el sabado? Hasta el sabado.» El sabado en la Sala de Armas se pusieron los cascos en la cabeza como si nada hubiera pasado. Cruzaron los floretes, como siempre. Era un combate singular. El teniente Martin saboreaba aquello. El comandante Campos, cuando el coronel Munoz conseguia un tocado, sonreia a su vez. Las tres hijas del general habian pedido asistir a las sesiones de esgrima; pero su padre les contesto: «?Ale, ale! Salid a la terraza y mirad como los seminaristas juegan al futbol».
Uno de los que sufrio con mas intensidad fue el delineante, Benito; al contrario, Casal daba a entender que los procedimientos no le habian satisfecho del todo. Casal conocia a Ignacio y le habia dicho:
– De todos modos, no te inquietes demasiado. Son cosas inevitables, y por lo demas ellos, durante siglos, han hecho lo propio. Lo importante es que ahora ser empleado de Banca o mozo de cuerda o matarife no implicara cobrar un jornal de hambre. Y ademas, nada nos pillara de improviso y sin experiencia, como ocurrio en 1931. Creo que sabemos adonde vamos. Anda, anda, no seas crio y mira un poco las cosas cara a cara.
Sin embargo, Ignacio veia despeinada a Olga, lo cual nunca le habia ocurrido a la maestra, y sentia crecer su malestar. Al salir de la UGT se habia encontrado con una especie de manifestacion que bajaba en tromba las escaleras del Seminario. Le dijeron que eran los presos comunes, que habian obtenido amnistia general. Habia muchos gitanos y varios tipos barbudos, de piernas largas o cortas y mejor o peor traje, pero todos con un brillo especial en los ojos. Por lo visto, la amnistia habia ganado casi toda la nacion, especialmente Asturias, donde todavia habia detenidos de cuando la revolucion de Octubre. Ignacio pregunto a la Torre de Babel: «Pero aqui, ?quien ha dado la orden de abrir la carcel?» La Torre de Babel le contesto: «No lo se. Pero seguramente tu amigo, Julio Garcia».
Ignacio se quedo perplejo. Claro. Julio se habria reincorporado a su puesto, ?y con que impetu! Matias Alvear opino que era un tremendo error soltar a los presos comunes. La prueba estaba en que en Bilbao muchos de ellos, unidos a ex reclusos de cuando lo de 1934, lo primero que hicieron fue asaltar el penal, incendiandolo. ?Ah, los incendios! No hay nada mas peligroso. Se propagan con gran velocidad. Luego no hay quien los detenga.
De Burgos habian escrito mas que contentos. En Madrid, Santiago, Jose y la mecanografa del Parlamento rebosaban de satisfaccion a juzgar por una postal recibida. En ella Jose aconsejaba a Cesar que dejase los latinajos y estudiase algo util.
A Ignacio le parecia descubrir un punto maravilloso en aquella alegria popular. Imposible que todo fuera trampa e inconsciencia. Por lo visto, habia algo profundo y radical oprimido dentro de la botella. Tuvo una especie de sueno fantastico, tendido en la cama muy proximo a la pequena imagen de San Ignacio. Le parecio que una interminable hilera de personas humildes de Gerona se dirigian, pico al hombro, hacia las murallas que rodeaban la ciudad, y socavaban sus cimientos, golpeando al ritmo de la «Pizarro-Jazz», y que de pronto todas las piedras ciclopeas se desplomaban, sepultando a «La Voz de Alerta» y al pobre don Pedro Oriol, y que en lugar de las murallas se extendian inmediatamente campos uberrimos, arboles frutales, como un paraiso. Santi brincaba entre los melones y las legumbres, seguido del Cojo y de Porvenir. Toda la ciudad se mostraba encantada. Y en el momento en que el doctor Relken se inclinaba en una de las acequias que regaban el paraiso, bebia un sorbo de agua y luego, irguiendose, senalaba hacia el angel decapitado de la Catedral y exclamaba: «?Ahora alla!», desperto. Desperto y se encontro sudando. No sabia si el mismo formaba parte de la caravana con el pico al hombro o no. No sabia si era de los sepultados. En aquel momento su madre entro en el cuarto. Ignacio le pregunto:
– ?Que opinas, madre, de todo esto?
Carmen Elgazu le contesto:
– Hijo mio, solo te pido que tengas mucho cuidado.
«La Voz de Alerta» habia desaparecido de la ciudad. Se habia llevado a Laura en el coche diciendole a Dolores: «Estaremos un par de semanas fuera. O un mes». Laura le siguio como un corderillo. Laura, desde su fracaso con las prendas de abrigo, habia perdido su confianza en la improvisacion. Ahora, cualquier cosa que dijera el dentista para ella era articulo de fe.
Habia muchas personas que al cruzarse por la calle sentian que sus reciprocos sentimientos habian cambiado. Los pequenos decian cosas inauditas, pues repetian lo oido a los mayores. Por el barrio de la Barca habia varias personas totalmente escandalizadas, entre ellas la Andaluza. La Andaluza, que tenia humos de senoritismo, en el fondo preferia que sus muchachas fueran con militares distinguidos a que fueran con proletarios. Incluso daba a entender que su hija tambien lo era de un personaje importante. Alguien citaba el nombre de don Santiago Estrada; ella replicaba siempre: «Mucho mas, mucho mas».
Entre las personas que al cruzarse se miraron a los ojos con insistencia, figuraban el comandante Martinez de Soria y el coronel Munoz. De momento no se hablaron una palabra. Sonrieron. El comandante levanto su hombro izquierdo y saludo; el coronel, elegante, se llevo a su vez la mano a la gorra. «?Hasta el sabado? Hasta el sabado.» El sabado en la Sala de Armas se pusieron los cascos en la cabeza como si nada hubiera pasado. Cruzaron los floretes, como siempre. Era un combate singular. El teniente Martin saboreaba aquello. El comandante Campos, cuando el coronel Munoz conseguia un tocado, sonreia a su vez. Las tres hijas del general habian pedido asistir a las sesiones de esgrima; pero su padre les contesto: «?Ale, ale! Salid a la terraza y mirad como los seminaristas juegan al futbol».
Uno de los que sufrio con mas intensidad fue el delineante, Benito Civil. Su mujer le habia dicho. «Ya lo ves. Ahora estas fichado y veremos lo que nos ocurrira».
Menos mal que Mateo le dio animos. Mateo, en cuanto el resultado definitivo fue hecho publico, reunio a sus seis camaradas y les dijo:
– Camaradas, ha ocurrido lo que tenia que ocurrir. Han ganado, porque tenian derecho a ello. Los dos anos de experiencia derechista han constituido la mas burda demostracion de impotencia que recuerda la nacion. No os dejeis impresionar por el argumento segun el cual el Frente Popular ha robado las elecciones. Eso tiene poca importancia. Han empleado la fuerza; mejor para ellos. Ya sabeis que esto no cuenta… si se tiene razon. Si ahora el nuevo Gobierno se dispone a hacer una Espana grande, todo estara bien empleado. Sin embargo, me parece que, por desgracia, no ocurrira asi, y en tal caso los declararemos, en nuestro estilo, doblemente responsables. Se que estais impacientes y algo desanimados. Por lo menos lo noto en el rostro de algunos de vosotros. Pues bien, yo os dare mi opinion: ahora empieza nuestro triunfo. Esta opinion mia coincide con la expresada en una Circular que acabo de recibir de Madrid: «Ahora vereis como dentro de poco afluira a Falange gente de todos los campos». Hoy somos aqui siete; antes de dos meses nos veremos obligados a no admitir mas inscripciones. Los primeros que acudiran seran esos jovencitos que se han pasado dos anos con brazaletes verdes. Se habran dado cuenta de que gritar: «?Estos son mis poderes!», no conduce a nada cuando no hay detras una doctrina de autentico contenido espiritual. Luego acudiran muchos monarquicos, oficiales del Ejercito tibios, gente neutra. Todos menos los de Liga Catalana, porque en el fondo esos prefieren bailar sardanas al son del latigo de Teo que unirse con Jose Antonio y con los que creemos en Espana entera; y luego… acudiran a nosotros los que mas nos interesan: los obreros, porque el Frente Popular los decepcionara. No traera a Espana mas que atentados sin sentido, huelgas y catastrofes. No mejorara la suerte de nadie; como no sea la de Julio Garcia y de unos cuantos vividores. Entonces vendran a nosotros, si sabemos fijar nuestra posicion. Y cuando esto llegue, he de advertiros que se les abrira la puerta de esta casa con todos los honores. Sera un dia de gracia para Falange. Interesa mas un obrero que cien ingresos procedentes de la clase burguesa. Y si fue comunista o anarquista, mejor que mejor; nos entenderemos mas facilmente con el. Ahora bien, por el momento creo mi deber deciros que corremos peligro. Me consta que figuramos entre los primeros a quienes se pretende enmudecer. Nos consideran «la cuna
