«?Viva Espana!» Aquello no venia a cuento. El Responsable le miro y al cabo de un rato escupio. Entonces el teniente se llevo las manos al sexo. El Responsable volvio a escupir y luego, dando media vuelta, echo a andar. Era una cita en el tiempo. El Cojo, desde lejos, le mostraba al teniente la calavera, y le senalaba a el con el dedo.

El comandante Martinez de Soria voto sin dificultades, acompanado de su esposa. Mosen Francisco se negaba a votar. El parroco de San Felix se lo ordeno y el obedecio. Don Jorge quiso que le acompanara su hijo mayor, el falangista. Este dijo:

– De acuerdo, pero yo no votare.

– ?Como?

– Falange no cree en partidos -contesto el chico.

Don Jorge le pego una tremenda bofetada y ordeno a su esposa:

– Que Jorge no salga de su cuarto.

La agitacion aumento al correr el rumor de que los militares iban a asaltar las urnas para impedir que se hiciera el escrutinio. Verdaderos cordones de hombres protegieron los alrededores de los Colegios. Algunos pedian armas, otras las llevaban ya. Llegaron las primeras noticias anunciando que el Frente Popular obtenia la victoria en los pueblos, y aquello origino nuevos clamores de entusiasmo. «Son bulos. No hay tiempo para saberlo todavia.»

A ultima hora de la tarde Porvenir, que se habia tomado media botella de conac en el Cocodrilo, vio a Gorki y a la mujer del Comite Ejecutivo del Partido Comunista pegando carteles de Stalin. Se les acerco y grito: «?Rusos! ?Malos espanoles! ?La madre que os p…!» La valenciana contesto: «Ya nos veremos las caras, chulin». Y de un brochazo imponente incrusto al Jefe de la Union de Republicas Socialistas Sovieticas en el portal de Liga Catalana.

El profesor Civil contemplaba desde su balcon los movimientos de la masa. «Nuestra juventud fue menos agitada», le dijo a su mujer.

Cuando se supo que el triunfo en Espana habia correspondido al Frente Popular, un alarido se elevo de la tierra. Los vencedores pidieron espacio vital; a codazos se iban abriendo paso hacia los puestos de honor y de mando. Mayoria en el Parlamento. El pueblo habia manifestado su voluntad. Era la hora de pasar cuentas.

Un rio de champana, pagado por los Costa, recorrio las calles y remojo las gargantas de los electores. Se consideraba que el triunfo era aplastante, incluso espectacular. Los periodicos anunciaban con enormes titulares la victoria. Empezaba una nueva era para la nacion.

Habia gente menos exaltada, que no admitia tal aplastamiento. «El numero de votos recogidos por las Derechas en la totalidad del pais es sensiblemente igual al de las Izquierdas… Lo que ocurre es que el Frente Popular ha ganado en las grandes ciudades, lo cual, dada la ley electoral vigente, les proporciona la mayoria…» El cajero del Banco hacia numeros, y aseguro que considerando que los nacionalistas vascos se habian aliado a la izquierda por razones separatistas, el numero global de votos de Centro y Derechas era virtualmente mayor que el de las Izquierdas: 5.051.954 contra 4.356.559.

Pero nadie le hacia caso. Mayoria en el Parlamento. El subdirector en el Banco alego que lo ocurrido era un escandalo sin precedentes en ninguna otra nacion. Aseguraba que algunos ferroviarios habian votado cuatro veces; y que el numero de derechistas a los que se habia impedido votar era incalculable. «En toda Espana ha ocurrido lo mismo. A la hora del escrutinio se ha falseado todo, se han anadido los votos necesarios. Es un autentico robo, pero esto no quedara asi.» La Torre de Babel admitia que se habian cometido irregularidades en algun sitio, pero que, aparte de que el Frente Popular hubiera ganado lo mismo, tambien se habian cometido otras en Navarra y en algunas provincias castellanas en que ganaron las Derechas. Lo que mas preocupaba a los observadores era la diferencia de opinion que acusaban las grandes ciudades en comparacion con los pueblos. El doctor Relken habia comentado: «Es una nueva prueba de que en cuanto los obreros se unen en gran numero queda multiplicado su espiritu revolucionario». Cosme Vila se acerco a su pequeno y le dijo: «Ya lo ves, hombrecito. Hay que levantar grandes fabricas. Hay que fundar inmensas colonias de trabajadores».

Matias Alvear estaba atonito. El habia votado a las ocho de la manana. Por el Frente Popular. No le gustaban las audiencias pedidas a Mussolini. Pero nunca se imagino que pudiera ocurrir aquello. ?Y la policia? Estuvo de vacaciones. Matias se alegraba del triunfo, pero lo hubiera deseado mas limpio. Por fortuna, Azana parecia dispuesto a poner las cosas en orden.

Carmen Elgazu se habia persignado mil veces durante la jornada. Desde el balcon presencio todo lo ocurrido. Personalmente, unos dias antes habia recibido una carta de San Sebastian en la que su hermano le decia: «Acuerdate de que, antes que otra cosa, eres vasca». Al propio tiempo Matias, lo mismo que Ignacio, le habia contado muchas historias de lo que pretendian los militares; sin embargo, la vispera habia ido a consultar con mosen Alberto, y mosen Alberto le habia advertido: «Querida dona Carmen, ya ve usted que yo soy catalan y podria decir lo mismo que los vascos; pero esta vez, vote por las Derechas». Carmen Elgazu obedecio. Y luego le decia a Matias:

– Ya lo ves, ya lo ves. Esta es la libertad que predicais. Ahora veremos lo que pasa.

Ignacio padecia enormemente. No se le habia escapado detalle. Y la expresion de Marta era harto elocuente; sobre todo, al ver por las calles las efigies de Stalin y las banderas catalanas. Habia ido a la UGT y encontrado a David y Olga en un estado de excitacion increible; por el contrario, Casal daba a entender que los procedimientos no le habian satisfecho del todo. Casal conocia a Ignacio y le habia dicho:

– De todos modos, no te inquietes demasiado. Son cosas inevitables, y por lo demas ellos, durante siglos, han hecho lo propio. Lo importante es que ahora ser empleado de Banca o mozo de cuerda o matarife no implicara cobrar un jornal de hambre. Y ademas, nada nos pillara de improviso y sin experiencia, como ocurrio en 1931. Creo que sabemos adonde vamos. Anda, anda, no seas crio y mira un poco las cosas cara a cara.

Sin embargo, Ignacio veia despeinada a Olga, lo cual nunca le habia ocurrido a la maestra, y sentia crecer su malestar. Al salir de la UGT se habia encontrado con una especie de manifestacion que bajaba en tromba las escaleras del Seminario. Le dijeron que eran los presos comunes, que habian obtenido amnistia general. Habia muchos gitanos y varios tipos barbudos, de piernas largas o cortas y mejor o peor traje, pero todos con un brillo especial en los ojos. Por lo visto, la amnistia habia ganado casi toda la nacion, especialmente Asturias, donde todavia habia detenidos de cuando la revolucion de Octubre. Ignacio pregunto a la Torre de Babel: «Pero aqui, ?quien ha dado la orden de abrir la carcel?» La Torre de Babel le contesto: «No lo se. Pero seguramente tu amigo, Julio Garcia».

Ignacio se quedo perplejo. Claro. Julio se habria reincorporado a su puesto, ?y con que impetu! Matias Alvear opino que era un tremendo error soltar a los presos comunes. La prueba estaba en que en Bilbao muchos de ellos, unidos a ex reclusos de cuando lo de 1934, lo primero que hicieron fue asaltar el penal, incendiandolo. ?Ah, los incendios! No hay nada mas peligroso. Se propagan con gran velocidad. Luego no hay quien los detenga.

De Burgos habian escrito mas que contentos. En Madrid, Santiago, Jose y la mecanografa del Parlamento rebosaban de satisfaccion a juzgar por una postal recibida. En ella Jose aconsejaba a Cesar que dejase los latinajos y estudiase algo util.

A Ignacio le parecia descubrir un punto maravilloso en aquella alegria popular. Imposible que todo fuera trampa e inconsciencia. Por lo visto, habia algo profundo y radical oprimido dentro de la botella. Tuvo una especie de sueno fantastico, tendido en la cama muy proximo a la pequena imagen de San Ignacio. Le parecio que una interminable hilera de personas humildes de Gerona se dirigian, pico al hombro, hacia las murallas que rodeaban la ciudad, y socavaban sus cimientos, golpeando al ritmo de la «Pizarro-Jazz», y que de pronto todas las piedras ciclopeas se desplomaban, sepultando a «La Voz de Alerta» y al pobre don Pedro Oriol, y que en lugar de las murallas se extendian inmediatamente campos uberrimos, arboles frutales, como un paraiso. Santi brincaba entre los melones y las legumbres, seguido del Cojo y de Porvenir. Toda la ciudad se mostraba encantada. Y en el momento en que el doctor Relken se inclinaba en una de las acequias que regaban el paraiso, bebia un sorbo de agua y luego, irguiendose, senalaba hacia el angel decapitado de la Catedral y exclamaba: «?Ahora alla!», desperto. Desperto y se encontro sudando. No sabia si el mismo formaba parte de la caravana con el pico al hombro o no. No sabia si era de los sepultados. En aquel momento su madre entro en el cuarto. Ignacio le pregunto:

– ?Que opinas, madre, de todo esto?

Carmen Elgazu le contesto:

– Hijo mio, solo te pido que tengas mucho cuidado.

«La Voz de Alerta» habia desaparecido de la ciudad. Se habia llevado a Laura en el coche diciendole a

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