dentistas, propietarios… ?Y quien tiene las armas? -Se dirigio al Cojo-. ?Que prefieres; que te apunte una ametralladora o un sacamuelas? -Miro alrededor-. Pareceis idiotas. Aqui el numero uno es el comandante Martinez de Soria.

Nadie replico.

– Eso no significa… -anadio el Responsable, cortando el silencio- que no hay mas dias que longanizas…

El sargento, novio de la hija mayor del Responsable, apenas habia dicho nada. Pero era quien mas hincha le tenia al comandante. Se alegro del acuerdo tomado, pero conocia a sus camaradas y temia que todo quedara en simple proyecto.

– Ahora viene lo principal -dijo-. ?Como se cumple este servicio?

Aquel lexico cuartelero ponia nervioso a Porvenir. Ideal hizo una observacion.

– Hay una pega. El comandante nunca sale solo.

Era cierto. Blasco lo corroboro. Blasco continuaba recorriendo las mesas del cafe de los militares y dijo: «Siempre anda rodeado de tres o cuatro oficiales jovenes».

– Y si no, va con su mujer y su hija -informo el Cojo.

La hija del Responsable intervino.

– Antes que hablar de esto quiza debieramos discutir otro aspecto del asunto: las autoridades.

El Responsable hizo un gesto de gran conviccion.

– Nada -corto. Repitio su gesto-. Nada. Encantados.

– ?Encantados…?

Se quito la gorra.

– Vista gorda.

Su tono no dejaba lugar a dudas.

– Vamos a ver si por una vez hacemos las cosas con la cabeza -anadio-. Lo primero que hay que hacer es seguirle la pista. A que hora sale de su casa, cual es su itinerario para ir al cuartel, etc…

Los demas daban por sentado que el momento mas a proposito era cuando el comandante montaba a caballo en la Dehesa. ?Para que discutir mas? Lo que hacia falta era elegir el arma. Porvenir era partidario de la pistola, el Cojo de la bomba de mano.

– ?A callarse! Esto ya se vera. -El Responsable volvia a estar furioso. Se dirigio a Blasco, Ideal y Santi.

– De momento, vosotros le vigilareis -ordeno.

El Cojo advirtio con indignacion que el quedaba excluido.

– ?Y yo que…? ?Bailando la rumba…?

El Responsable le miro con fijeza.

– Tu te plantas ante el Museo y observas los horarios del reverendo en cuestion.

CAPITULO LXXXII

Mateo, durante su encerrona en casa del Rubio habia intimado poco mas que antes con el muchacho. Cuantas veces habia intentado hablarle del «Sindicato Vertical y de las rutas del mar», el Rubio se habia tocado el casquete militar o, en su defecto, el de la «Pizarro Jazz» y le habia contestado:

– Yo te digo una cosa. Con la novia que tienes no comprendo que te metas en esos lios.

Mateo se sentia decepcionado. Y dando vueltas por el piso, alrededor de la madre del Rubio, casi ciega, se preguntaba como podian vivir los reclusos en cuyo pecho no latieran grandes ideales. «Deben de morir de aburrimiento y de asco.»

Mateo llevaba la camisa azul. Le gustaba permanecer escondido porque podia llevar la camisa azul. A veces se sentia un personaje importantisimo, voluntariamente en la sombra, dirigiendo desde ella el destino de millones de seres. Otras veces pensaba que, en realidad, habia echado al combate media docena tan solo, pero aquello bastaba para detenerle el corazon. Le parecia que en «Las Confesiones» de San Agustin, que Pilar le habia mandado, aprendia a aquilatar el valor real de una sola alma, de un alma simplemente, los abismos y las cumbres a que puede llegar. Y cuanto mas le leia, mas convencido estaba de que, de haber vivido en aquel momento y en Espana, San Agustin hubiera sido falangista.

Cuando el Rubio le dijo: «Puedes trasladarte a casa de Pedro», no supo si alegrarse o no. Empezaba a acostumbrarse a los objetos de la casa, a los programas de la orquesta en las paredes, a la luz. Sin embargo, por otro lado tambien le atraia el piso del comunista disidente y solitario.

Rodriguez subio y le presto el uniforme. Al ponerse el tricornio, Mateo se miro al espejo. Ni el mismo se reconocia. El Rubio se rio.

Los correajes le molestaban. Era ya de noche, y en el momento de salir a la calle se encomendo a la patrona del Cuerpo.

Todo fue como una seda. Nadie sospecho de el. Entro en la calle de la Barca y advirtio que la basura de que hablaba Rubio habia sido recogida. Subio al piso de Pedro. Llamo en la forma convenida y la puerta se abrio.

Pedro le recibio con su seriedad de siempre. Mateo queria agradecerle el rasgo y, ademas, tener la seguridad de que no ocultaba intenciones peligrosas de ningun genero. Por ello le tendio la mano y le miro profundamente a los ojos. Pedro parecio sentirse intimidado. Le estrecho la mano y luego se reclino en el esqueleto de la maquina de coser que habia en un rincon.

Mateo le dijo:

– Oye una cosa. No querria pecar de insolente ni nada parecido. No veas ninguna mala intencion en lo que voy a decirte. Pero querria preguntarte por que has accedido a esconderme.

Pedro contesto con naturalidad:

– Pues… ?Por que no iba a hacerlo…? -Mateo se sintio tranquilo.

Pedro habia adelgazado con la huelga. Ahora volvia a trabajar en las canteras como siempre, y el sol implacable que caia todo el dia, habia tenido de negro su rostro.

Mateo le dijo:

– Bien, ya estoy aqui… Pero no te preocupes; haz tu vida como siempre. Yo permanecere donde tu me digas, sin hacer ruido.

– He pensado en eso -contesto Pedro-. Ya ves como esta esto -senalo el balcon-. Se ve todo desde fuera. Me parece que no deberias salir de la cocina.

– Pues muy bien, me quedare en la cocina.

Pedro anadio:

– Si quieres, llevate la radio alli.

Mateo sonrio:

– Te lo agradezco mucho.

Se veia que Pedro tenia hecha la lista de cuanto debia decirle.

– En caso de apuro, la llave de la azotea esta ahi -senalo detras de la puerta-. Siguiendo los tejados alcanzarias la iglesia de San Felix.

Aquella invitacion devolvio a Mateo a la realidad. En un momento, ?zas!, Julio podia dar con el.

Pidio permiso para entrar en la cocina.

– Cuando quieras.

Mateo entro. Lo primero que vio fue un papel matamoscas colgando. Luego un cordel que cruzaba la estancia de uno a otro lado. Un grifo goteando. Una ventana pequena y ronosa.

Junto a la puerta, reclinada en la pared, una silla de mimbre, de patas cortas.

– ?Era la silla de tu padre?

– Si.

En el muro, una mancha grasienta de los cabellos, de una cabeza humana que se habia apoyado alli.

Mateo, instintivamente, se acerco a la ventana. ?La Catedral! Aquello le alegro el corazon. Pequena ventana, pero suficiente para que desde ella se viera la Catedral. El campanario parecia estar al alcance de la mano, gigantesco.

– Se oiran bien las horas.

– Tu diras.

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