Mosen Alberto le oia sin pestanear. Compartia la opinion del notario, anadiendo, sin embargo, que existia otro personaje tan nefasto como los dos citados: el coronel Munoz. «Es un elegante de cubierta de barco. Veria arrasar la ciudad y no perderia la compostura.»
El notario Noguer decia:
– El comandante le teme mas al coronel Munoz que al propio general. Dice que la primera medida a tomar ha de ser…
El notario habia llegado varias veces a este punto de la frase y nunca la habia terminado, al extremo que a mosen Alberto el hecho le llamo la atencion. ?Que le ocurria? ?Que medida era la que cortaba en seco su facultad de hablar?
La situacion era curiosa y mosen Alberto suponia que el propio notario acabaria dando una explicacion un dia u otro. Finalmente, este parecio decidirse. Una manana particularmente cargada de noticias dijo:
– Mosen…muchas veces he pensado hablarle de algo. -Se quito las gafas y continuo-: Ya sabe usted que me he comprometido a salir a la calle, el dia que se me ordene, con un fusil. El problema es el siguiente: ?Que pasa si tengo que hacer uso de el…?
Mosen Alberto traslado su manteo de uno a otro brazo. La esposa del notario no estaba presente, lo cual facilitaba el dialogo.
– En resumen -replico el sacerdote, despues de reflexionar-, me pregunta usted si, dadas las circunstancias, es licito matar.
– Exacto.
El sacerdote permanecio unos instantes con la cabeza baja. Luego contesto:
– A mi me parece que, por las razones que usted y yo analizamos a diario, el alzamiento militar esta justificado desde el punto de vista moral. De forma que tomar parte en el es, en si, licito. Ahora bien -anadio-, existe el alma de cada individuo. Mas claro, depende de la intencion personal. Si el dia senalado sale usted a la calle y mata por odio, pecara… Si lo hace en defensa propia, no pecara.
El notario Noguer se quedo pensativo.
– Sabe usted… -dijo-. Esa distincion es valida hecha aqui, en frio, tomandose unos bizcochos. Ahora bien…en el momento de apretar el gatillo…
El sacerdote entendio que aquello llevaria lejos.
– Lo que vale es el acto primero, el acto consciente de salir a la calle en defensa propia o creyendo cumplir un deber. La borrachera del combate… ?que quiere usted!
El notario Noguer le miro con fijeza.
– Conclusion… que puedo salir tranquilo.
Mosen Alberto se mordio los labios.
– Yo creo que si.
Luego se paso la mano por la cara.
– De todos modos… -anadio-, me gustaria que planteara usted el problema a otro sacerdote. A mosen Francisco, por ejemplo…
El notario Noguer le contesto:
– ?Uy, puedo hacerlo! Pero ya se lo que va a contestarme mosen Francisco.
– ?Como que lo sabe?
– Mirara a los bancos del catecismo y dira: «Puede usted salir… no tenga miedo».
Aquel dia mosen Alberto se despidio del notario con preocupacion. Consideraba que dar un consejo semejante no era casi «obra de hombres…» Menos mal que el notario le habia dicho: «Le voy a hablar de hombre a sacerdote…»
?Sacerdote! Mosen Alberto penso en la palabra matar. A medida que andaba hacia el Museo, evocaba en su memoria «los motivos por los cuales…» En la calle veia por todas partes senales de violencia y peligro. Grupos en las esquinas, una bandera de la FAI inesperadamente clavada en un quiosco de periodicos.
Sacerdote… Todo aquello le situaba ante un problema moral hondo: el de que muchas personas como el notario Noguer se lanzarian a la calle mas que nada para defenderlos a ellos; en resumen, para defender a la Iglesia.
Mosen Alberto sintio que unos meses antes ello le hubiera situado al borde de la vanidad. Se hubiera dicho que no era cosa despreciable ser ministro de una institucion por la que tantos seres humanos ofrecerian gustosos su vida.
Ahora pensaba en la responsabilidad. Habia mejorado. Lo notaba con solo cruzar la puerta del Palacio Episcopal. Ante aquellos tapices dorados que colgaban del techo recordaba la visita a Roma, en compania del notario Noguer, con motivo del Jubileo.
«?Por que tanta riqueza?», habia preguntado este al salir del Vaticano. La sombra de los primeros cristianos, pobres y descalzos, flotaba sobre la frente del notario. Mosen Alberto, entonces, le contesto: «?Como querria usted que la Iglesia se defendiera si continuara en unas catacumbas, si el Papa viviera en un garaje? La Iglesia cuenta ahora con millones de proselitos, tiene que recibirlos, hacer frente a las persecuciones, ayudarla en los paises en que sufre. Nazareth era logico cuando solo habia doce pescadores que creian en Cristo. Ahora esos doce pescadores han triunfado y el Vaticano simboliza este triunfo».
A mosen Alberto continuaba pareciendole acertado todo eso. Sin embargo, aquel dia en que habia dado a un hombre licencia de armas pensaba que era preciso anadir algo: que el ministro simple y escueto de esta Iglesia triunfante debia de continuar viviendo en su intimidad como los doce pescadores. Que debia pisar las alfombras de Palacio, por mullidas que estas fueran, con ausencia absoluta de soberbia o voluptuosidad. ?Que, a ser posible, debia ponerse granos de arena en los zapatos!
Mosen Alberto queria ser bueno, despojarse de lo superfluo. Muchas veces, paseando solo por las salas del Museo, se detenia pensando en la bomba que estallo. ?Que aviso del Senor! Un ser como Murillo, con sus bigotes y su gabardina sucia, podia dar fin en un segundo a su facultad de juzgar a los demas, y situarle a el frente al Juez Supremo, frente al que le preguntaria: «?Que hiciste del talento que te di?» «Senor -tendria que contestarle-, lo emplee en vanagloriarme de ser perito en retablos antiguos, en deslumbrar con citas biblicas a almas sencillas como Carmen Elgazu.» Hasta que un dia, en la rueda eterna de los tiempos, veria a Carmen Elgazu ocupando en el cielo una de las sillas doradas de que ahora el gozaba en el Palacio Episcopal.
?Arena en los zapatos, bomba en el Museo! Ahi estaban los dos hilos mediante los cuales el remordimiento tiraba de su alma para arriba. En resumen, Cesar y la sirvienta…
Especialmente Cesar. El muchacho, desde que habia vuelto del Collell, le tenia obsesionado. ?Que habia en aquel muchacho, cuyo lenguaje era superior al de los canonigos? Le tenia obsesionado porque habia descubierto en el algo mas importante que su labor en la calle de la Barca: habia descubierto que Cesar deseaba morir.
La cosa era evidente, se le notaba en los ojos y en cada palabra. Cesar ahora decia siempre: «El pecado se ha aduenado de la ciudad». No eran las banderas las que se habian aduenado de la ciudad, ni los milicianos: era el pecado. El pecado de unos y otros, los pecados del propio Cesar. Sintiendose impotente para expiar todo ello con actos diminutos, quedandose sin postre o llevando cilicio, Cesar queria realizar el acto supremo: el de dar su vida. En realidad, mosen Alberto comprendio por fin el verdadero significado de la frase que el seminarista repetia a menudo: «Tal vez dure poco todo esto». ?Santo Dios! Era evidente que con ello no pudo referirse jamas a la union CNT-Partido Comunista, ni al coche que llevaba a dona Amparo Campo a comprar cosas aqui y alla. Era evidente que, sin saberlo, se referia a si mismo, a su carne flaca y estirada, como queriendose ir al cielo. Cesar queria ofrecer su ser insignificante por la salud espiritual de Gerona, y, sobre todo, por la salvacion «de los enemigos». En realidad, Cesar no pedia a Dios permiso para matar sino para morir. Mosen Alberto lo veia claro. ?Sobre todo queria salvar a Teo! Siempre hablaba de el. Queria ir a la carcel a verle, a llevarle tabaco. Le parecia que Teo, con su estatura, representaba la aparatosidad de lo que un dia u otro ha de empequenecerse para presentarse ante el Tribunal de Dios. Mosen Alberto pensaba en todo ello. Y se sentia mejor hombre y mejor sacerdote. Solo al ver bajo los arcos al Cojo, espiandole, sentia que su corazon pertenecia aun a este mundo, que no le era facil transformar, como hacia Cesar, el odio en amor.
CAPITULO LXXXIII
