– Pues… si se opone… -El guardia civil hizo ademan de cortarse el cuello en redondo.

Entonces entro Pedro, con polvo amarillo en las pestanas. Llevaba siempre El Democrata, nunca El Proletario. Rodriguez se levanto. Mateo pregunto a aquel:

– ?Por que no llevas nunca El Proletario?

Pedro conecto la radio.

– No quiero dar ni una perra a esos traidores.

Mosen Alberto se dio cuenta de que un hombre le vigilaba. No podia salir sin tropezar con el. Y cuantas veces, desde el interior del Museo, miraba afuera, le veia pasar, cojeando, bajo los arcos, hablando con los taxistas o con los limpiabotas, mirando de vez en cuando a los balcones.

– ?Quien es? -le pregunto a Cesar-. ?Le conoces?

Cesar asintio con la cabeza.

– Le llaman el Cojo. Es el sobrino del Responsable.

– ?De la FAI…?

– Si.

El error del Cojo consistio en no ocultarse debidamente, en querer hacerlo a plena luz, airearlo, como entendia que debia obrar un anarquista.

Los partes que iba dando al Responsable se parecian terriblemente unos a otros.

– Sale a las ocho y se va a la cabila de los jesuitas. Alla se mete en la sacristia y sale disfrazado. Siempre le ayuda a misa el calvo ese del Banco Arus. A las nueve, a casa. Supongo que se desayuna como Dios, porque sale mas pimpante que tu y que yo. Se va a Palacio. A las once, directo a ver al notario Noguer. Alli conspira hasta la una. A la una, comida. Por la tarde, casi no sale del Museo. A veces, hacia las siete, se vuelve a casa del notario. A las nueve entra. Algun dia visita a los fascistas mas fascistas de la Rambla, los parientes del companero de Madrid que estuvo aqui.

– ?Los Alvear…?

– Eso, el de Telegrafos.

El Responsable asentia con la cabeza.

– Y… ?quienes le visitan a el?

– Poca gente. Se ve que ese Museo no interesa ni a la de tres.

– Pero ?quienes le visitan te digo?

– Pues…la que mas, la hermana de los Costa. ?Menudo pajaro! Luego, claro esta, la sirvienta entra y sale. Luego monjas. Y desde luego, por la tarde, no falla nunca el seminarista pelado, el de las orejas.

El Responsable se limitaba a asentir con la cabeza sin dar nunca la orden de acabar con mosen Alberto.

– ?Y el comandante, no va nunca?

– Nunca. Bueno, ya lo sabes todo -insistia el Cojo-. ?Cuando entramos en accion? A mi me parece que lo mejor es cuando sale de Palacio. Alla arriba no hay nunca nadie, esta aquello desierto.

La prudencia del Responsable permitia a mosen Alberto continuar viviendo. Viviendo con el miedo en el cuerpo, pero viviendo. Aquella persecucion le tenia fuera de si. Sonaba con el Cojo, con su panuelo rojo. Varias veces estuvo a punto de detenerle en la calle y preguntarle: «?Que le pasa a usted, que quiere?» Pero Cesar le habia aconsejado que tuviera paciencia, que no los enojara mas aun. «Tal vez acabe pronto todo esto.»

Mosen Alberto habia cambiado. Hablaba con menos seguridad y celebraba la misa con mas fervor. ?Incluso admitia que el dia de la polemica con Ignacio, este le canto unas cuantas verdades! Por eso iba ahora con frecuencia a ver a los Alvear. Por lo demas, aparte la fidelidad de Carmen Elgazu, sabia que con solo citar a Marta tenia tema agradable asegurado para toda la sesion.

Un hecho le molestaba: que ni siquiera Carmen Elgazu le hablara nunca del movimiento que se preparaba, a pesar de lo enterados respecto de el que sin duda estaban todos en la casa. Matias Alvear se hacia siempre el tonto, como si los militares no existieran o no hicieran mas que leer revistas en el cuartel o jugar al domino. Pilar habia pasado unos dias encogida como un caracol, pero ahora apretaba los labios para comunicarse energia. ?Ni siquiera Cesar soltaba la lengua! El seminarista se limitaba a repetir de vez en cuando su: «Tal vez acabe pronto todo esto».

De modo que a mosen Alberto, para seguir paso a paso el curso de los preparativos, no le quedaba mas remedio que hacer lo que contaba el Cojo: visitar diariamente al notario Noguer. Porque ni Laura ni las demas mujeres que iban a verle al Museo sabian nunca nada preciso. Laura le decia: «?Como voy a saberlo? Nadie tiene confianza en mi. El propio comandante me ha puesto bonitamente de patitas en la calle». Sus hermanos, segun ella, andaban despistados y siempre tardaban veinticuatro horas mas que los demas en enterarse de las cosas.

No obstante, en punto a informacion, al sacerdote le bastaba con el notario Noguer. El ex alcalde conocia al dedillo el curso de todos los acontecimientos. Se habia ganado por completo la confianza del comandante Martinez de Soria. «Como siempre -decia sonriendo- en los momentos dificiles la Liga Catalana da consejos.»

El sacerdote deseaba con toda su alma que el levantamiento llegara cuanto antes. Todos los dias, en el Palacio Episcopal, era esperado como el portavoz digno de credito por antonomasia. El Cabildo estaba dividido en opiniones. A unos, la cosa les infundia esperanza, a otros no. Muchos consideraban que, en caso de triunfo, los militares los salvarian del peligro de los incendios, pero que por otro lado presentarian factura y tratarian a la Iglesia en forma despotica. Los viejos aseguraban que la mayoria de los jefes del Ejercito eran pesimos cristianos, aficionados a la bebida, de costumbres dudosas. La fama que tenia el comandante Martinez de Soria los confirmaba en esta opinion.

Mosen Alberto les decia:

– De momento, que defiendan la posibilidad de continuar ejerciendo nuestro ministerio. Luego veremos. Supongo que en el Ejercito hay de todo, como en todas partes.

Pero los canonigos no se dejaban convencer, y al cantar en el coro de la Catedral miraban temerosamente hacia la puerta de entrada.

Mosen Alberto continuaba siendo el consejero de toda la familia religiosa femenina de la ciudad. Las Superioras de todos los conventos le visitaban. Mosen Alberto les aconsejaba que pusieran a salvo cuanto de valor tuvieran en los conventos. «Saquen los pianos, mandenlos a alguna casa particular…» «Toda la ropa de valor tendrian que esconderla.» Algunas Madres Superioras le hacian caso; pero la mayor parte de ellas decian: «Pero ?por Dios! ?Por que van a molestarnos a nosotras? ?Que hemos hecho?»

El notario Noguer atendia a mosen Alberto con mas afecto que de ordinario porque consideraba que, despues del senor obispo, quien mas peligraba era el. La noticia de que el Cojo le vigilaba le tenia preocupadisimo. No sabia que hacer. «Porque prevenir a las autoridades seria perder el tiempo», decia. Mosen Alberto le pedia por todos los santos que no se preocupara de el. «Sera lo que Dios quiera, no se preocupe. Cuenteme las ultimas novedades.»

El notario Noguer habia hecho a su vez un gran cambio. De natural pacifico, ahora manejaba con autentica fruicion pelotones de hombres armados. Todos los objetos de su mesa de notario se convertian en simbolicos instrumentos de agresion. «Se ocupara toda la ciudad en un momento. Frente a Correos, un canon. Ahi, frente al Ayuntamiento, otro. Frente a la Emisora… no recuerdo. El comandante cree que en Telefonos bastara con una escuadra. En Comisaria tres por lo menos. Intendencia quedara instalada donde Cosme Vila tiene ahora la Cooperativa.»

Pretendia saber que Falange habia pedido ocupar el lugar de mas peligro. «De todos modos, el comandante los considera demasiado jovenes. Ademas de que su idea es mezclarnos a todos, los paisanos y la tropa.»

Mosen Alberto callaba al oir hablar de los falangistas. Continuaba teniendolos por irresponsables y paganos; pero reconocia que eran valientes. Y la paliza al doctor Relken le habia llegado al corazon.

Luego hablaban de la situacion general. El notario decia: «los enemigos de la sociedad»; mosen Alberto «los enemigos de la Iglesia». El notario habia presenciado en Barcelona un desfile socialista y se le puso la carne de gallina. «Con cabos gastadores, con banderines rojos, ?Vivas al Ejercito Popular! Al pasar delante de los cuarteles levantaron el puno.» «El subdirector del Banco tiene razon -decia-. La Masoneria lleva las riendas de todo eso. Ahora Barcia se ha ido a la reunion del Gran Oriente en Ginebra. ?Dios sabe las consignas que traera!»

Con frecuencia hablaba de Julio y de Olga. El notario los consideraba los dos personajes mas responsables de la ciudad. «?No ve lo que hace Julio? Espera a ver por donde se inclinara la cosa. En cuanto a Olga, es una inteligencia de primer orden, por desgracia mal empleada. Asiste impavida a todo cuanto ocurre.»

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