gracias a unos papeles que habia encima de la mesa, de que don Jorge habia desheredado a su hijo, Jorge, por haber ingresado este en Falange.
Todo el mundo estaba convencido de que los detenidos iban a ser fusilados a la noche. De modo que los allegados, en cuanto se les llevaban el padre o el hermano, comprendian que solo existia una posibilidad de salvar al ausente: conseguir que uno de los milicianos se interesara por el y tomara personalmente su defensa, alegando que le debia algun favor.
Ello origino una gran conmocion. Todo el mundo hurgaba en la memoria para recordar si en alguna ocasion habia hecho un favor a este o a aquel, a un obrero, al Cojo, a un pobre… En muchos casos, el desconsuelo era absoluto, pues el examen revelaba que no; en otros se oia un grito de esperanza. «?Un dia se habia dado una propina crecida a Blasco, se habia conseguido que la mujer de Alfredo, el andaluz, fuera operada gratis de apendicitis!»
Los milicianos, al recibir la visita, tiraban la colilla al suelo y la aplastaban con la punta del pie. Algunos hinchaban el pecho para meditar y luego contestaban: «De acuerdo. Estad tranquilos. Salid lo menos posible». Otros, de pronto, reaccionaban con violencia inaudita «?Que os habeis creido? Si algo habeis hecho, alla vosotros». Alfredo, el andaluz, repitio a todos la misma frase: «Lo siento, pero la mitad tiene que pringar para que la otra mitad viva».
Dona Amparo Campo recibia muchas visitas, a las que contestaba: «Hija mia, vamos a ver, vamos a ver lo que puede hacerse. A Julio voluntad no le falta. De lo que nosotros dependa…» Tambien Olga fue asaltada por toda suerte de personas, que suponian que David habia aceptado formar parte del Comite, lo cual no era cierto. Olga las desenganaba: «De todos modos -decia al final-, no hay por que alarmarse tanto. Los primeros momentos son duros, en todas las revoluciones. Pero todo esto se despejara pronto». La preocupacion de Olga era que alguien sospechara la presencia de Marta en la cocina de la Escuela. Marta permanecia inmovil, absolutamente inmovil; pero una tos inoportuna, un accidente… Por eso Olga decia a todo el mundo: «Otra vez, id a verme a la UGT y no aqui».
Entre las familias que buscaban un protector… se contaba la familia Alvear. Julio les habia mandado un aviso: «Tomad precauciones. Se busca a Mateo y a Marta, y os haran un registro. Cuidado con Ignacio, cuidado con Cesar».
Era de esperar. Carmen Elgazu sintio en el pecho que la cosa se acercaba. Y se dispuso a defender a los suyos con las unas. No le dio por lloriquear. Estaba dispuesta a salvar a sus hijos y decidio ir en persona a ver a Julio y decirle: «Tiene usted ocasion de lavar un poco su alma. Guardelos usted mismo en la Jefatura de Policia». La humillacion que esto representaba no le importaba. Las vidas de Ignacio y Cesar valian mas que todo. Por otra parte, estaba con ellos don Emilio Santos, el cual decia: «Yo me ire, me ire, no quiero comprometerlos».
Carmen Elgazu se disponia a salir cuando Matias Alvear la detuvo. El hombre, al recibir la nota de Julio, se habia concentrado de tal modo que le parecio haber dado con la solucion, con el punto luminoso que le esperaba al otro confin de la memoria… ?Ignacio habia dado un dia sangre en el Hospital! Matias no recordaba a quien… Pero estaba seguro de que era alguien… extrano… alguien que sin duda alguna ahora…
– Espera un momento -le dijo a su mujer-. Ignacio, ?como se llamaba el hombre al que diste sangre en el Hospital?
Ignacio no perdia gesto de sus padres, esperando que ellos terminaran para poner en practica sus proyectos, pues tambien tenia el suyo… Contesto:
– Dimas. Se llamaba Dimas.
– ?Y de donde era?
– De Salt.
?Dimas, y de Salt…! ?Del pueblo cuyo Comite…! Matias les dijo:
– No os movais de aqui. Esperad un cuarto de hora. Vamos a ver si lo solucionamos todo de un golpe. Los registros en la Rambla todavia no han empezado, y me dara tiempo.
Era tal su entusiasmo y tal su decision, que todos se dispusieron a obedecerle.
Matias salio y a la media hora justa regreso… de forma espectacular. El corazon le latia con fuerza inaudita. Todavia no se explicaba como habia pensado en ello, por que… Un toque de gracia. Al leer la nota de Julio deseo tanto salvar a sus hijos que dio con la solucion.
Lo cierto es que regreso con un hombre alto, sin afeitar, que llevala dos pistolones. Dimas, el de Salt. Y al lado de este otro miliciano bajo, de dientes blanquisimos, que le daban aspecto agradable. Dimas rezongaba:
– ?Haberlo dicho, haberlo dicho! Aqui no entrara ni Dios.
Carmen Elgazu y Cesar quedaron paralizados al oir aquellas palabras. Pero comprendieron. Lo mismo que Ignacio, lo mismo que Pilar. Matias se habia quitado tal peso de encima, que el lenguaje de Dimas le hacia gracia.
La presencia de don Emilio Santos molesto a los dos hombres. Al saber quien era, Dimas miro a su secretario: «Eso ya…» Pero el recuerdo de Ignacio lo borro todo. «Nada, nada. No discuto. Aqui no entrara ni Dios.»
Dimas llevaba mas de treinta horas efectuando registros y no conseguia hacerse a la idea de que en aquella casa no podia abrir los cajones ni echarlo todo a rodar. Por ello miraba sin querer a derecha e izquierda. Carmen Elgazu, al verle de perfil, se horrorizaba. Dimas tenia un perfil de enfermo o de criminal. En una de las miradas descubrio una pequena figura con barretina, de pie en el trinchero. Dimas se acerco y dio un silbido. «Anda, anda -dijo-. La Virgen.» Pero no la derribo.
A Cesar, aquel hombre le daba una lastima infinita. ?Por que hablaba de aquella manera? ?Por que llevaba aquellas patillas, y aquellas pistolas? ?Como se las arreglaria, el pobre, para impedir que entrara Dios? ?Y si Dios se habia servido de el para entrar?
Carmen Elgazu domino su repugnancia y tomo la palabra. Le pidio a Dimas que garantizara la vida de sus hijos y la de don Emilio Santos. Le dijo que nunca se arrepentiria de una buena accion, y que sabria que en ellos tenia unos amigos. «Ya ve usted que en la vida vamos necesitandonos unos a otros.»
Dimas asentia sin dificultad. Su secretario sonreia. No hacia sino mirar a Pilar. A Dimas la seguridad de Carmen Elgazu le imponia, ademas de que la mujer era la unica persona en el mundo que le trataba de usted.
Matias le pregunto que pensaba hacer para «garantizarlos».
Dimas le miro ofendido.
– El Comite Revolucionario de Salt da su palabra.
Matias no lo dudo, pero insistio en preguntar que pensaba hacer. El secretario de Dimas dijo:
– Pues… uno de nosotros se quedara aqui de guardia, siempre.
Carmen Elgazu palidecio.
– ?Solo uno…?
Dimas le contesto que si queria un batallon. Matias dijo:
– No seas tonta, mujer. Con uno basta. Es la presencia.
La frase gusto a Dimas.
– Tu lo has dicho. Es la presencia.
Dimas se fue, y se quedo su secretario, que dijo llamarse Agustin. Carmen Elgazu le preparo cafe. Seria horrible tener siempre un miliciano en casa; pero… era la presencia.
Agustin dio tal sensacion de seguridad a todos, que en el acto la familia dejo de pensar en si misma. La memoria los llevo hacia todo lo ocurrido afuera, hacia los que habian muerto, hacia los que huian a traves de los Pirineos, hacia Marta, inmovil ante el acuario.
Todos pensaron en que era preciso aprovechar y ayudar a los demas. Matias salio un momento, se fue a Telegrafos, pensando a quien podria recoger. En Telegrafos escondio dos imagenes: el San Francisco de Asis y la Santa Clara. Las encerro en una caja de hierro que llevaba meses en un rincon.
De vuelta al piso, tuvo la gran sorpresa: Ignacio y Cesar habian desaparecido.
Ignacio habia cobrado tal seguridad, ademas de que Agustin le confirmo que «los paseos» solo se darian por la noche, que quiso ir a ver a Marta de nuevo, pues sin noticias suyas no podia vivir; y en cuanto a Cesar, por primera vez habia cometido una falta grave: se habia escapado… a pesar de tener orden de no moverse. Carmen Elgazu no acertaba a explicarselo. Pilar tampoco. El propio Agustin, con el fusil en la mano, se preguntaba por que diablos habria hecho aquello.
– Ha mirado el periodico y ha salido pitando -repetia sin cesar.
