En el fondo, mosen Alberto tenia tambien este censor: Cesar. En sus epocas de sequedad espiritual, cuando en los momentos mas importantes de la misa se notaba a si mismo distraido y hueco, murmurando sin emocion santas palabras ante el caliz, sin que tal rutina impidiera que el milagro del Verbo hecho sangre se realizara, mosen Alberto pensaba de repente: «Si al pobre Cesar le fuera dado celebrar…» Habia llegado a la conclusion de que el ansia de Cesar de perfeccionarse no era igual que la de los demas seminaristas en los primeros cursos de la carrera. Y aquello le llevaba a besar el altar con vivos deseos de contricion y devocion.
Mosen Alberto se daba cuenta de que, poniendose la sotana, no se habia desprendido de todo apego humano. Sus mismas aficiones artisticas tenian un punto de frivolidad. Y le gustaba que le halagaran y ahora mismo se sentia feliz porque acaso le nombraran maestro de Ceremonias de la Catedral. Su desgracia tal vez hubiera sido esta: ser el primero en clase durante los catorce anos de la carrera. Y ver que todo el mundo le consultaba cosas: las monjas, las senoras, los vicarios jovenes. ?Y su madre! Su madre le trataba con un respeto infinito como si en vez de su hijo fuera autenticamente su rey. Su madre, baja y raquitica, con un inmenso panuelo negro sobre los hombros, hacia algun viaje desde el pueblo a Gerona, casi siempre aprovechando la tartana de algun campesino que bajara al mercado. Y al llegar al Museo y ser recibida por su hijo, levantaba la cabeza para mirarle y asirle las manos, que le besaba. Y luego miraba el Museo con ojos de admiracion. Tenia unos ojos pequenisimos, que siempre parecian reir aun cuando llorasen. Y luego se confesaba en el…
Una cosa le consolaba: tal vez Carmen Elgazu experimentara frente a Cesar impresiones similares… Sin embargo, la diferencia estaba en que el no habia pedido nunca a nadie permiso para afeitar.
Este fue el gran triunfo de Cesar. Recibir a media manana un flamante estuche que contenia todo lo necesario para el oficio: brocha, jabon, navaja, ?y maquinilla para cortar el pelo! Con una tarjeta de mosen Alberto.
Carmen Elgazu se emociono lo indecible, Matias Alvear dijo, examinando la afiladisima hoja cerca de la ventana: «Mas de una vez me afeitare yo con ese cacharro». Pilar se adueno de la maquinilla de cortar el pelo y se divirtio media hora persiguiendo a todos por el piso: «Cre, cre-cre-cre-crec…cre-cre-cre-cre-cre-crec…»
Y luego, todo fue sencillo. A las tres de la tarde, Cesar, a grandes zancadas, ligeramente encorvado y bamboleando la cabeza, se dirigio a la calle de la Barca. Cierto, Raimundo, con su bigote horizontal, tenia mas aspecto de barbero que el con sus lentes de montura de plata. Asi lo dijo Matias, por lo menos. Sin embargo, Cesar, para vencer a la competencia tendria a su favor varios factores: el esmero en el trabajo, el trabajo a domicilio y el precio. No pediria sino que la barba les creciera pronto, para poder afeitarlos de nuevo.
No conocia a nadie en la Barca, ni el barrio. Pero Ignacio le habia dicho: «Habla con el patron del Cocodrilo».
Y fue un acierto. El patron, con su minuscula gorra, su caliqueno y su gran barriga, solto una carcajada al verle.
– ?Afeitar…? ?Viejos…? ?Enfermos…? Pero… oye, ?tu estas loco o que?
Cesar le miro sin pestanear y luego, colocando el estuche sobre el mostrador, lo descubrio ante el, reluciente.
El patron cambio de parecer subitamente. -?Eh, eh, Manolo…! ?Mira, aqui hay un barbero espontaneo!
Aparecio un gitanillo joven, con bufanda de seda. -?Dejate, dejate!
Cesar comprendio que alli se jugaba su destino.
– Deje, por favor. No le hare dano, ya vera.
El gitanillo se pasaba la mano por la mejilla. Pero ya el patron del Cocodrilo habia dado la vuelta al mostrador y, riendose, le habia clavado en una silla.
Cesar pidio luz al Senor, fuerza a su muneca, que a veces se le cansaba, y empezo su tarea. Tan bien le remojo, tan facilmente se llevo los escasos y arbitrarios pelos del gitano, tan lisas y llanas quedaron las mejillas de este, que todo el bar Cocodrilo parecio llenarse de espejos de establecimiento de lujo.
El patron se entusiasmo.
– ?Lista de viejos, apunta! Ahi al lado, tercer piso. Entra, de frente hasta una cueva negra que veras al fondo. Grita: ?Fermin! Fermin contestara y le afeitas. Ahi enfrente vive otro, pero si sabe que eres cura te echara a patadas.
Todo fue empezar. La hija de Fermin fue la primera en propagar la nueva. A la salida de la fabrica, encontro a su padre sentado en la cama, guapo, sonriendo, mas guapo y mas joven que nunca.
– Pero… ?que ha pasado?
– Un chico que ha venido. Orejas grandes.
Orejas grandes, orejas grandes… Manolo el gitano tambien mostraba su rasurado rostro a los vecinos…
El patron del Cocodrilo colgo un cartel a la entrada: «Barbero a domicilio, gratis. Para viejos y enfermos».
Otras hijas de otros Fermines reclamaron sus servicios.
– ?Y cortar el pelo? ?Tambien corta el pelo?
?Eso no sabia, pero estaba aprendiendo!
El propio patron ofrecio su cogote como conejillo de Indias. Se sento y deposito su cabeza sobre su barriga. ?Ay, ay! No importaba. Los pelos le entraron por la camisa y le escocieron durante una semana. Pero no importaba.
En algunas casas le recibieron con hostilidad.
– ?Crees que aqui nos vendemos por un brochazo? ?Anda a afeitar al obispo!
– Aqui, menos chuleria. ?Largo de ahi!
Pero los peores eran los que no le hablaban… como Blasco. Los que le clavaban sus ojos de odio y, sin moverse, le obligaban a retroceder, a retroceder hasta encontrarse bajando los peldanos de cuatro en cuatro.
Pero todo iba a pedir de boca. Consuelos no le faltaban ni miradas de simpatia y aun de agradecimiento. «?Adios, adios…!»
De pronto, el panorama cobro dimension. Dos o tres ninos sintieron celos. «A ellos los afeita y por nosotros no hace nada. ?Por que no hace algo por nosotros?»
?Dios mio, los ninos! «Dejad que los ninos se acerquen a mi.» En el barrio habia millares de ninos que aleteaban bajo los balcones, como moscas o como angeles.
La hija de Fermin, que trabajaba en la fabrica de los Costa, le dijo: «?Por que no ensena a leer a estos crios?»
?Mosen Alberto tambien accedio! Y aquello fue coser y cantar. Cerca del puente del ferrocarril existia un zaguan de grandes dimensiones, con las paredes ennegrecidas, que servirian de cartelera y pizarra. En el se improviso la escuela, la clase. Cesar, palido, sentado en el primer peldano, los chiquillos sentados en el suelo, con las piernas cruzadas.
«B, a, ba, B, e, be.» Dias despues se oyo 4x4, 16, y se habian unido al coro varios alumnos de mas de veinte anos.
Mas alla de la Barca, nadie sabia nada. Mas aca, tampoco. Hubierase dicho que no ocurria nada. El suelo del zaguan era de ladrillos rojos, se estaba fresco. Las vecinas se turnaban para limpiarlo. Era una comunion simple y natural. Los transeuntes le tomaban por un maestro de verdad, que aprovechaba las vacaciones para ganarse unas pesetillas. Muchas familias no sabian en absoluto de que casa era y la mayoria de los alumnos ignoraban su nombre. «Tu, tu… -le decian-. ?Dame un caramelo!»
Mas tarde la cosa se complico. El sol caia a plomo sobre la ciudad, y los balcones de la calle de la Barca despedian vaharadas de fuego. Los chiquillos iban sucios, zarrapastrosos, y Cesar los llevo a la orilla del rio para que se lavasen. Si alguno se resistia, le lavaba el mismo, frotando duro en las rodillas y las piernas. Un dia se hizo con champu y los llevo a una fuente mas limpia. Y fue alli donde una mujer, al reconocer a su hijo, que se habia sumado a la comitiva, se puso a chillar:
– ?Eh, tu…! ?Crees que su madre es una puerca? ?Deja en paz a mi hijo!
Otro dia, cuando los alumnos se despidieron, una mujer joven, cubrio la puerta, desnudos los brazos… El seminarista se abrio paso, y salio con inesperada calma. Entonces ella barboto: «?Vete ya, 4 x 4!» Detras del Cocodrilo empezaban las casas de mala nota. El calor echaba a la calle a todo el mundo, la tomaron con el, bromeando y distrayendo a los chiquillos. Cesar supuso que debia de haber alguna impureza en su acto, acaso vanidad, y redoblo sus esfuerzos para recrear el clima original.
