Vestigio de aquella epoca gerundense que mosen Alberto amaba tanto, la epoca de los artesanos, agrupados alrededor de los conventos, trabajando casi exclusivamente para estos. La epoca en recuerdo de la cual le dijo a Matias Alvear que amaba los Juegos Florales.

Pero en aquel taller, y precisamente por su seriedad las gestiones del sacerdote fracasaron. Trabajaban en el el padre y los dos hijos, y hablarles de alguien ajeno a la familia era hablarles en otro idioma. Nunca lo hubieran consentido.

El otro taller era reciente, se habia instalado hacia un par de anos en la planta baja de un inmueble del Ensanche, en plena ciudad moderna. Alla la tentativa tuvo exito. El dueno habia puesto aquel negocio como pudo poner otro. Por lo tanto, le importaba poco la procedencia de los obreros. Y como Cesar se ofrecio para trabajar durante las vacaciones sin cobrar, pues adelante.

Fue emocionante para Cesar conocer de cerca la parte moderna de Gerona. Aquellos edificios enormes, de ventanas todas iguales, de aceras perfectas, le asustaron. Decian de ellos que eran higienicos, que daban paso a la luz. ?A que luz? Cesar pensaba en la que chocaba, transformandose en mil colores, en los rosetones de la Catedral. En la zona moderna todo le parecia oler a clinica, incluso el taller de paredes encaladas.

Junto al taller habia inmensos solares sin edificar, que algun dia serian Bancos. Se hablaba de un cine, los garajes florecian. Gerona mordia sobre estas bases la llanura por el oeste.

Cesar entro de aprendiz. Y ya el primer dia se entero de algo que le dejo estupefacto, como siempre le ocurria. Por lo visto, el dueno, al que llamaban simplemente Bernat y al que los propios obreros tuteaban, decia siempre que si habia escogido aquella epoca para fabricar santos era precisamente porque era epoca anticlerical, lo cual hacia suponer que un dia u otro las imagenes serian quemadas. «Y como a los seis meses todo el mundo se habra arrepentido…»

Fue un argumento que al parecer convencio al director del Banco al que fue a pedir credito; a Cesar, en cambio, le anonado. «?Quien era aquel hombre, Bernat?» Su aspecto era campechano. Uno de los mejores jugadores de bochas de la localidad. Hasta el punto que, cuando sus companeros de juego le visitaban en la imagineria, al ver tantas figuras rotas por el suelo le preguntaban si utilizaba el taller para entrenarse. El contestaba:

– ?Bah! Palmo mas o menos poco importa.

Cesar no hubiera supuesto jamas tal lenguaje hablando de atributos religiosos. La idea que se habia hecho era la de que trabajaria en una especie de templo. ?Valgame Dios! Si Bernat tenia esa mentalidad, los tres operarios y los dos restantes aprendices eran peores aun. Su trato cotidiano con santos y virgenes, unido al hecho de haber visto lo que las imagenes tienen por dentro de yeso y harpillera, habian matado en ellos no solo el respeto, sino incluso la correccion. Se gastaban bromas inauditas sobre los modelos que tenian en las manos. Era un espectaculo que ponia la carne de gallina. Cada santo, martir, obispo o confesor tenia un mote alusivo a alguno de sus simbolos, otras veces a la actitud o el gesto. Aquella escalera de blasfemias, acrecentada a medida que las imagenes aumentaban de tamano, tenia un remate que a Cesar, al oirlo por primera vez, casi le hizo llorar: a un modelo de Cristo en la Cruz, que tenia los brazos muy altos y las manos ligeramente adelantadas, le llamaban «el banderillero».

– ?Eh, tu! -le gritaron a Cesar-. ?Trae aquel banderillero para aca! Hay que pintarle la sangre.

Al seminarista se le helo la suya en las venas. Miro al dueno, y Bernat impreco:

– ?Anda! ?No oyes? ?Eres tonto, o que?

Enfrente habia un garaje, mas alla pondrian un cine. Cesar asio la imagen de Cristo. Pesaba horrores, pero consiguio desplazarla. Entonces el operario, Murillo de nombre, que ya le esperaba con un pincel mojado en rojo, se puso a silbar y empezo a rellenar las cinco llagas.

Aquella habia sido la equivocacion de Cesar: suponer que entraria y ?zas! empezaria a fabricar imagenes, una copia tras otra. En seguida se dio cuenta de que aquello era un verdadero oficio y que se necesitaba mucho tiempo antes de poner las manos en algo de una manera personal. Habia escultor, vaciador, decorador, carpintero. Bernat sabia un poco de cada cosa, pero sobre todo llevaba las cuentas, se cuidaba del embalaje, que era esencial en el negocio, de las compras, recibia a los viajantes, a los compradores.

– Asi… ?cuantas Carmenes quereis?

– Media docena de la talla B.

A Cesar le destinaron a los trabajos subalternos: barrer, preparar la cola, la gelatina, arrancarla luego, llevar bloques de un lado para otro, tirar de carreton. Le dijeron que al cabo de unas semanas podria empezar a frotar los moldes con papel de lija. El hubiera preferido colocarse en el otro taller, en el fundado en 1720. Sobre todo… porque su maxima ilusion hubiera sido regalar a su hermano, por su santo, un San Ignacio de Loyola elaborado por sus propios dedos. Y tal vez alla se lo hubieran permitido, por lo menos intentarlo, dandole los consejos necesarios.

Cuando Carmen Elgazu se entero de las condiciones en que todo aquello se desarrollaba, quiso hablar inmediatamente con mosen Alberto, para que dieran orden en la diocesis de que nadie comprara imagenes a Bernat. Mosen Alberto le contesto: «Por desgracia, en casi todas partes ocurre lo mismo. Ademas, ?que se le va a hacer? Por eso luego se las bendice».

CAPITULO XXIII

Ignacio, por fin, desistio de ir al baile del Casino, aunque se lo habia prometido a Ana Maria. Imposible resolver lo del smoking.

Al dia siguiente volvio a dejar la ropa al cuidado de un chico, volvio a internarse en el mar y a cortar en diagonal hacia la zona de pago. Se habia propuesto inventar en el camino la excusa que habia de dar a Ana Maria por no haber asistido al baile. Pero pronto se dio cuenta de lo dificil que es pensar mientras se nada. El agua parecia que le entraba por una oreja y le salia por la otra -como en las casas de Gerona cuando habia inundacion- barriendo todo orden posible en el pensamiento.

Al llegar a la playa, Ana Maria no estaba aun. «Claro, claro -penso-. El baile habra terminado a las cuatro de la madrugada…» Se divirtio como pudo. El balon azul del comandante Martinez de Soria flotaba entre las cabezas; pero sin Ana Maria se le hacia odioso. David y Olga le habian dicho que el comandante daba lecciones de esgrima en el Casino.

Por fin la muchacha llego, llevando el albornoz enrollado, colgado a la espalda. Ignacio prefirio esperar a que saliera en traje de bano. El en slip y ella vestida, se hubiera sentido inferior.

Se oculto en el agua y a poco vio a Ana Maria aparecer en la puerta de su caseta alquilada, con un maillot verde, mas cenido aun que el anterior. Se le acerco sin perder tiempo. Pero era tan grande su emocion que el pecho le latia y no sabia que le iba a decir. En cuanto ella le vio se detuvo, y quedo mirandole con ojos de infinito reproche. Ignacio llego a su lado. En el fondo, el silencio creado les satisfacia, tenia algo de complicidad.

– Perdona, Ana Maria…

– No tengo nada que perdonarte. No tenias ninguna obligacion.

– La verdad es que… lo que no tenia era smoking.

La muchacha empequenecio sus verdes ojos. Se toco los monos. Loli estaba alli y solto una carcajada.

Ignacio se sentia en ridiculo, pero Ana Maria salvo la situacion. Con naturalidad le asio de la mano y se lo llevo aparte.

– Deja a esa, es una tonta.

Y luego explico que habia sido una lastima, pues ella, para bailar con el, se habia puesto un vestido largo, de color de cielo mediterraneo… Y una flor en el pelo.

Luego anadio que se habia pasado la velada entera mirando a la puerta, como una tonta… Que a medianoche incluso bebio champana, «para olvidar».

Ignacio sentia tal odio hacia Loli, que ello le impedia saborear la exquisitez de aquellas palabras. En otras circunstancias se hubiera desmayado de felicidad.

– Dejala, dejala. Es una nueva rica.

Ignacio se quedo mirando a la arena.

Ana Maria dijo de pronto:

– Anda. Vamos a banarnos. Dejemos eso. -Se levanto, se puso aquel gorro que le minimizaba la cabeza y

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