desplegada, temblorosa a su alrededor. «Lo unico que puedo decirte es que quiero ser un hombre.»

– ?Y tus padres…? ?Por que no me hablas de los tuyos?

Los padres de Ana Maria… eran un poco absurdos. «Ya ves lo que son las cosas. Mi padre… tiene tres smokings, pero todavia no ha conseguido llevar uno con naturalidad.» Su madre, por lo que conto de ella, era exactamente lo que seria dona Amparo Campo de haberse realizado sus ambiciones.

– A mi me gustaria, de verdad, tener un padre que pudiera disgustarse porque se le ha roto la radio de galena.

Era una alegria ascendente, que debia una gran parte de su intensidad a la naturaleza que los circundaba. El pensar que aquellas rocas rojizas llevaban siglos alli, contemplando el mismo mar, bajo el mismo cielo azul, los emborrachaba. Pisoteaban fuerte la tierra y se reian de la impotencia de sus pies. ?Que duro aquello, que granitico y eterno! ?Que debiles parecian las piernecillas humanas!

– ?Y el alma…? Tu crees en la existencia del alma, ?verdad, Ana Maria?

?Como! ?Como no creer en ella? ?Que seria de los pobres cuerpos sin el alma? Pobres ojos, pobres ojos… Pobres labios, ahora rojos y llenos de vida. Pobre frente, ahora noble… Todo se secaria. Todo se iria secando como el pequeno riachuelo que habia delante de la iglesia. Sin el alma Ignacio no tendria la voz que tenia, ni ella al abrir por las noches la ventana del cuarto sentiria aquellas oleadas de ternura invadirle el pecho. Suponiendo que sin el alma se pudiera vivir, los cuerpos andarian por el mundo encorvados, decrepitos y horribles. Tal vez se arrastrarian por el suelo, y los hombres y las mujeres se vieran obligados a hablar y comer y trabajar en esta postura. Sin el alma nadie hubiera concebido jamas la vela de un balandro.

– ?Y la inmortalidad…? -?Creia Ana Maria en la inmortalidad?

?Como no creer en ella! ?Como no creer que habia cosas que durarian siempre, que no podian desaparecer? Ella no habia dudado jamas de que llevaba en si misma algo que seria inmortal. Ya antes de tener uso de razon - cuando de pequena vio aquel pulpo en la playa- habia sentido que la existencia del cielo era una verdad. Por eso queria tener hijos, porque un ser humano era lo unico que uno podia crear con la seguridad de que viviria siempre, de que su muerte seria aparente y transitoria. Lo demas… ya era distinto. Por ejemplo, aquella muneca, aquella malaguena de un mono a cada lado, moriria un dia… Aunque, ?quien sabe! Pero lo que ella queria era casarse un dia y tener hijos.

Ignacio no la beso. No la beso nunca. Habia cometido una torpeza: el segundo dia, en la barca, le hizo un sermon de diecisiete minutos sobre la castidad… Le dijo que cuando un hombre respetaba verdaderamente a una mujer, no la besaba nunca antes de casarse: por lo menos en los labios. Y por eso, a pesar de tener los labios de Ana Maria muy proximos a los suyos, hablando de hijos y de inmortalidad, tenia que hacer honor a su sermon y aguantarse.

?Valgame Dios, todo aquello era hermoso! E incluso existian fotografos ambulantes dispuestos a inmortalizar la excelente pareja que ellos hacian.

David y Olga le decian que se llevaria un disgusto, que Ana Maria no era para el. «Es una mujer rica, no es para ti. Va contigo de buena fe, pero es que a veces gusta cambiar de ambiente. Es una aventurera, ?comprendes? Tambien sus amigos del jersey en el cuello a modo de bufanda van a veces a beberse un vaso de vino en una taberna.»

Ignacio no contestaba. Ignacio tenia una ventaja: todo aquello ya lo sabia. Pero sabia que lo que le ocurria era humano. El propio Jose, su primo de Madrid, se lo habia dicho: «A todos nos ocurre, sonamos con una princesa». Claro que el ya habia sonado con tres… Ana Maria era la tercera.

Pero su divorcio con la realidad no era total, por desgracia. Cualquier detalle le recordaba, en el momento mas impensado, que los dias pasaban de prisa y que pronto tendria que regresar a Gerona…: una carta de sus padres, un limpiabotas conocido -Blasco, u otro- paseandose por San Feliu dispuesto a limpiar el blanco del calzado que la gente usaba en verano.

Habia algo inoportuno en su felicidad: David y Olga no podian compartirla. San Feliu, pueblo de la costa, de imaginaciones esperantistas, habia mandado a los maestros una rafaga de recuerdos violentos y tristes: se habia suicidado un artesano del corcho que ellos conocian. Un hombre extrano, que habia construido en corcho una prodigiosa miniatura del monumento a Colon erigido en Barcelona. Vivia solo, y una noche, en el momento en que entraba en el puerto un barco japones, fue al faro y se ahorco. Al dia siguiente le encontraron con los pies balanceandose y una nota en el bolsillo que ponia: «Me voy porque me da la real gana».

Aquel suicidio habia impresionado profundamente a los dos maestros, recordandoles que eran hijos de suicida. David penso en su padre, balazo en la sien; Olga en el suyo, petardo en los labios, encendido a modo de cigarro. Ignacio no podia hablarles de felicidad. Tal vez por eso David y Olga le dijeran: «Te llevaras un disgusto. Esto no es para ti».

?Era el egoista habiendoles de Ana Maria a pesar de todo, o lo eran ellos escuchandole con una sonrisa de amarga indulgencia? ?Y por que no cesaban, por quince dias aunque fuera, de hablar de fascismo y revolucion? El no tenia la culpa de que «Gil Robles fuera frivolo», de que ellos creyeran que el socialismo conseguiria incluso pesca mas abundante en el mar, ni de que el artesano del corcho se hubiera colgado de un faro. Por otra parte, Ana Maria hablando de la «revolucion» le habia dicho que si, que ella presentia muchas injusticias en el mundo y que muchas veces se habia preguntado si su padre en la fabrica no robaba el dinero de los que trabajaban para el. Pero… anadio que el terreno era peligroso… En Barcelona habia conocido un chico socialista que la apabullo a discursos. Luego resulto que era un simple resentido. «?Por que mucha gente no hace como tu? -concluyo-. Trabajar y estudiar. Y llegar a ser abogado…»

Debia de ser una vision simplista del problema. Pero ?lo decia con una seguridad!

Las alumnas, en cambio, le estimulaban a que fuera con Ana Maria. La chica les parecio a todas preciosa y muy simpatica. Y a veces, en la playa, hacian una gran correria por el paseo para verlos a los dos, para verlos nadar en la zona de pago, o pasarse uno al otro el balon azul del comandante Martinez de Soria.

El comandante Martinez de Soria… Era cierto que daba clases de esgrima en el Casino. Era otro de los detalles que devolvian a Ignacio a la realidad. Porque la esposa y la hija del comandante estaban tambien alli, en San Feliu, aunque vestidas de negro. Siempre se sentaban en uno de los bancos del Paseo a leer de cara al mar. Ana Maria sentia una gran curiosidad por aquellas dos mujeres, de las que decia que tenian una gran personalidad. La madre era alta, y de un perfil sereno y grave; la hija, que se llamaba Marta, llevaba un flequillo hasta las cejas y los cabellos caidos a ambos lados de la cara. Era muy original. Algo menor que Ana Maria, debia de tener la edad de Pilar.

Un dia, Ana Maria quiso acercarseles disimuladamente para ver lo que leian. Y se enteraron de que la madre leia «El Escandalo», de Alarcon y de que Marta leia el periodico de Falange Espanola, «Arriba», que salia en Madrid, y en cuya portada se veia el retrato de Jose Antonio Primo de Rivera.

A Ana Maria parecio impresionarla mucho el detalle; Ignacio se mordio los labios y no supo que comentario hacer.

Otra de las personas que se paseaban por San Feliu era Julio…

Julio habia acudido en el acto al saberse lo del suicidio. Con su sombrero, su boquilla, su carpeta. ?Seria verdad que era especialista…? Carmen Elgazu aseguraba que tenia un fichero particular de suicidas. Ignacio se preguntaba por que su madre terminaba siempre por tener razon.

Julio se habia encontrado a Ignacio en el Paseo y le habia saludado con su cordialidad de siempre. «?Hombre! Tu padre me dijo ayer que te diera recuerdos. Hubiera subido a la Colonia a verte, pero asi me ahorro la caminata.»

Habia senalado al barco japones, embarrancado, y habia dicho: «Se esta bien aqui… Ya lo ves, ni siquiera los japoneses se quieren marchar…» La helice del barco decapitaba a los peces, que llegaban a la playa muertos.

Ana Maria habia comentado:

– Es inteligente ese hombre. ?A que ha venido aqui?

– No se. Es experto en suicidios.

Al despedirse, Julio le habia dicho a Ignacio:

– Los del Banco te esperan. Les han denegado la paga extraordinaria que habian pedido.

Todo aquello le devolvia un poco a la realidad. Y contar las horas que faltaban para regresar a Gerona le desazonaba. Ahora al llegar la noche se reia de la gente que decia: «Me voy al mar a descansar». Lo cierto era

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