que el mar era agotador, enervaba. Las imagenes que imprimia en la retina, el sol, el aire salitre y el yodo que hacia temblar las ventanas de la nariz.
Ello resultaba evidente no solo viendo a los maestros, nerviosos, desplegando todos los dias
Por otra parte, David y Olga habian tenido una peregrina idea: llevarlos a todos, en comunidad, al cementerio, a visitar la fosa del suicida. Una suerte de acto de desagravio porque el parroco del pueblo se habia negado a darle sepultura cristiana. Compusieron un ramo de flores silvestres y lo depositaron sobre el monton de tierra, en un rectangulo adyacente al cementerio comun, abandonado y triste, reservado a los no bautizados y a los suicidas. David les hizo alli un pequeno discurso, y una hermana del suicida, que habia acudido a rezar un Padrenuestro, se echo a llorar, tan grande fue su agradecimiento.
Los ninos recorrieron luego el cementerio y terminaron por reirse ante las caprichosas inscripciones. «?Donde esta la sala de autopsias? -preguntaban-. A Santi le hubiera gustado presenciar una autopsia.»
Ignacio comprendia que el nerviosismo de los ninos tenia un origen identico al suyo: el yodo del mar, el sol y la proximidad del regreso a Gerona. Querian exprimir cada instante que pasaba. Les horrorizaba la perspectiva de la Escuela, del nuevo curso, aunque pudieran comprar un acuario.
Ana Maria le decia que verdaderamente era muy triste tener que separarse. «?Que haremos, Ignacio, separados uno del otro? ?Que hare yo aqui, con Loli, con esos chicos vanidosos? Cada banco del Paseo me recordara tu persona. Y aunque me maten no mirare esas barcas de la playa. -Luego anadia-: Tendremos que escribirnos, tendremos que escribirnos todos los dias.»
Un dia Ignacio no pudo mas y la beso. La beso con una fuerza inaudita. Ella quedo totalmente desconcertada y apenas si pudo recordar los diecisiete minutos de sermon sobre la castidad.
– Pero…
Miraba a Ignacio y le veia unos ojos un poco encendidos, unos ojos que no eran los suyos habituales. ?Como podia un rostro cambiar de expresion de tal suerte, tan bruscamente?
Ana Maria se levanto y echo a andar… No, aquello no estaba bien, no era bueno. Ignacio hubiera debido de contenerse. Se habia roto algo… Tal vez ella fuera exagerada y aquello resultara lo normal. De acuerdo, de acuerdo… pero que no mirara de aquella manera.
Ignacio comprendio que a Ana Maria no le daban vertigo los acantilados, pero si el encuentro con la pasion. ?Pero es que el era un hombre! Tambien el escote de Olga le ponia nervioso. ?Cuantas veces se habia echado al agua para serenarse!
Al llegar a la Colonia encontro a David dando a los alumnos su segundo curso sobre el islamismo. «El islamismo es mucho mas intolerante que el cristianismo en lo que se refiere a la idea de un Dios unico. De ahi que dos de los misterios catolicos horroricen a los mahometanos: el de la Trinidad y el de la Encarnacion.»
Ignacio apenas le oyo. Al dia siguiente, al encontrarse con Ana Maria, le pidio perdon. Ella estaba seria. El le dijo: «No seas rencorosa, anda». «No, no lo era. Pero, hablando sinceramente, se habia asustado.» «?Bah! Tambien el era, habia sido, siempre sincero.» Sincero cuando le habia dicho que nunca habia encontrado una mujer como ella; y que tambien a la barca de su pecho le pondria el nombre que era su refugio: Ana Maria.
De todos modos, ?por que ella se habia puesto aquel mediodia unos pendientes que brillaban como estrellas? No, no tenian que enfadarse. Todo aquello les ocurria porque estaban nerviosos, porque a las seis de la tarde tenia que marcharse.
Ana Maria acabo por reirse, con sus verdes ojos. Comprendia a Ignacio. Camisa desabrochada… era natural. Con algo de duro animal humano… era logico.
Ana Maria se le acerco y le asio las dos manos y se las estrecho. El notaba una gran sequedad, una rabia insospechada por el hecho de tener que marcharse. No, no queria que ella fuera a la estacion… Odiaba las despedidas. Se escribirian, si. El le escribiria en tinta verde, como verdes eran sus ojos. Pero ella tenia que prometerle que seguiria una y mil veces los itinerarios que ellos habian seguido. En todas las rocas encontraria sus nombres, el corazon dibujado y una flecha atravesandolo.
Ignacio la beso en la frente y dio media vuelta. Y se alejo. Esta fue la despedida. Ana Maria quedose sentada en la barca con los ojos humedos. Paso el pescador. «?Que, ya te lo ha contado todo?»
Ignacio subio a la Colonia. Comio, se despidio de todo el mundo y bajo a la playa con la maleta. Y se desnudo, para tomar el ultimo bano. Se emborracho de mar. Toda la tarde la paso en el agua. Estaba moreno, casi negro. Su madre se asustaria al verle. Y Cesar aun mas, tan palido el, tras las gafas de montura de plata.
El barco japones habia conseguido salir del puerto. Ningun vestigio en el agua. El agua del mar hacia tabla rasa siempre. Visito por ultima vez, sumergiendose, el vivero de moluscos, con millones de incrustaciones en las cuerdas, en todas partes. El fondo del mar era fino, de arena fina. Cogio un punado y lo asomo a la superficie. Se lo llevaria y lo dejaria secar. Dificil que alcanzara el grado de sequedad de su espiritu. Olga le habia dicho: «?Como has cambiado en quince dias! Estas hecho un tigre. A ver, estrechame la mano… ?Uy, uy, dejame…!»
En el momento de vestirse vio llegar, sudoroso, a David.
– ?Sabes que eres un tunante? Nunca nos habias dicho que diste sangre en el Hospital. Ha venido un hombre diciendo que era un hermano de un tal Dimas… Ha traido esto para ti.
CAPITULO XXIV
Cuando Carmen Elgazu vio la lata de anchoas que le llevaba Ignacio, lanzo gritos de admiracion. «?Vaya regalo, chico! -La sopeso-. ?Mas de un kilo! ?Y con lo que conocen el oficio en San Feliu…!»
– Tenemos para todo el invierno.
– ?Que, la abrimos?
Matias echo una bocanada de humo.
– Voto a favor.
– Yo tambien.
– Yo tambien.
– Pues manos a la obra.
Ignacio replico:
– ?Esperad! Hay otras cosas.
Abrio la maleta. ?Anzuelos de todos tamanos y formas, un rollito de hilo de pesca, especial, recomendado por el patron de la barca «Ana Maria»!
Matias entorno los ojos, que era la manera que tenia de hacerles sonreir, y se acerco a la maleta.
– ?A ver, a ver…? ?Caray, chico, esas son palabras mayores!
Pilar permanecia a la expectativa. Camisas, jabon, panuelos, mas anzuelos…
– ?Y lo mio…?
Ignacio se mordio los labios. La miro con picardia, para disimular, como dando a entender que habria sorpresa. Por ultimo dijo:
– Pues mira… No creas que me he olvidado. -Cerro la maleta-. Pero pense: ?Mejor que me diga ella misma lo que quiere!
La chica tuvo una gran decepcion. Encogio los hombros en forma enternecedora.
– Nada, nada, no te preocupes.
Carmen Elgazu intervino:
– Le hubiera hecho ilusion algo de San Feliu, ?comprendes?
Matias contemporizo, sin dejar de analizar el hilo.
