echando a correr entro en el agua como un delfin.
Ignacio la siguio. Y al encontrarse en el fondo del mar se sintio otro. Al rozar la arena y mirar hacia arriba y ver las piernas de Ana Maria pataleando como si estuviera en el aire tuvo ganas de asirle un pie, de tirar de el y ahogarse los dos juntos, o darle un beso de agua que no se terminara nunca.
Surgio inesperadamente a la superficie, frente por frente a la muchacha y entonces fue ella la que desaparecio. Y asi anduvieron jugando, inundandose de espuma, de sol. Tambien los ojos de Ana Maria tenian color de cielo mediterraneo.
Era la alegria del mar, de verano, de su juventud desbordante. Era el encuentro con el alma gemela que despertaba las posibilidades latentes de la vida.
Las horas pasaban volando y llego el momento de separarse. Ignacio desaparecio hacia la zona de los pobres despues de haber quedado con la muchacha en que se encontrarian «en la barca de siempre», hacia el atardecer.
Y asi lo hicieron. Aquel dia, y el siguiente y todos los atardeceres. Era un momento inolvidable para Ignacio. Se decia a si mismo que en San Feliu se habia concentrado todo lo que el mundo podia dar de si. Nada hermoso faltaba ni en la bahia ni en su corazon. Con asir el dedo menique de Ana Maria le bastaba para ser feliz.
En realidad, se preguntaban pocas cosas uno a otro. Andaban juntos y les bastaba. Se reian por cualquier tonteria. Al tropezarse con alguien de Gerona, Ignacio le decia: «Ese es de Gerona». Y si se encontraban un conocido de Ana Maria decia esta: «Es un amigo de casa».
Pero con frecuencia buscaban, sin darse cuenta, la soledad. «A mi llevame al aire libre. Y si puede ser, subir a una montana.»
Era maravillosa la capacidad de Ana Maria para trepar por las rocas y luego enfrentarse con los grandes espacios sin sentir vertigo. Podia asomarse a un acantilado y ver la caida vertical de la piedra y la lengua de mar al fondo sin sentir vertigo. Podia subirse a la ermita de Sant Elm, desde la que se divisaba un panorama inmenso de agua, desde Francia hasta la costa barcelonesa, con un horizonte lejanisimo, sin sentir vertigo. Ignacio la admiraba. Era una criatura serena. Dondequiera que se encontrase, ella era el centro de si misma. Hubierase dicho que los rodetes, uno a cada lado, le defendian las sienes, se las apretaban impidiendo la dispersion.
Recorrian todos los alrededores del pueblo. Y tan pronto descubrian, en lo hondo, playas pequenas y escondidas como se encaramaban cada uno a un arbol y desde arriba, ocultandose entre el follaje, se llamaban y se hacian senas. A veces se encontraban por la manana y asistian a la llegada de las barcas de pesca, con los peces plateados y rojos coleando; otras veces, despues de cenar, Ana Maria se zafaba de sus padres y de su grupo de amigos y se iban al rompeolas, que les gustaba porque les daba un poco de miedo.
Ana Maria en todos sus actos y movimientos era mujer. Desde el de sentarse en el suelo con la falda temblorosa rodeandole, hasta la serie ininterrumpida de mentiras que estaba contando en casa para que todo aquello le fuera permitido. Y si por un lado le gustaba andar, andar en silencio y reirse y mirar con picardia, como ocultando un secreto, por otro lado se detenia de repente y acercandose a Ignacio le decia: «?Puedo confesarte una cosa! Me gustas». Y echaba a correr. Un dia anadio: «Sobre todo tu voz. Tienes una voz -te lo digo en serio- que me vuelve algo loca».
Si el viento los azotaba, hablaban de cosas grandes: cuando hallaban un abrigo, en un recodo o tras unas rocas, hablaban de trivialidades, y con frecuencia de recuerdos infantiles. Lo mas lejano que Ana Maria recordaba era un pulpo. Un pulpo, que siendo ella muy nina vio, en la playa, a punto de salir del agua. Se asusto y huyo en busca de su ninera. Ignacio lo mas lejano que recordaba era cuando su madre, Carmen Elgazu, los sabados, en Malaga, le sentaba dentro de una palangana, desnudo, con las piernas fuera, y con una esponja le frotaba todo el cuerpo. Ana Maria gozaba lo suyo imaginando las gotas resbalando por la diminuta columna vertebral de Ignacio.
– ?Te gustaba, si…?
– Si, si. Me gustaba.
Un dia Ignacio le preparo una sorpresa. Aviso a las alumnas de la Colonia y le dijo a Ana Maria: «Hoy vamos a ir por el lado de S'Agaro, bajaremos bordeando el Salvamento de Naufragos». Asi lo hicieron y en cuanto las ninas, que estaban a la escucha, los vieron aparecer, se levantaron como un enjambre de pajaros y salieron a su encuentro gritando y saltando. Les rodearon como si fueran dos novios, y una de las alumnas, la mayor, le ofrecio a Ana Maria una muneca de trapo con dos monos uno a cada lado… Ana Maria se emociono y dijo que la guardaria en su corazon. En el momento de despedirse, oyeron que de un matorral brotaban unos rasgueos de guitarra. Era el maestro local, amigo de David y Olga, que se habia escondido alli. Luego el sol les dedico una de las mas hermosas agonias del ano.
A veces se cruzaban con el grupo de veraneantes pertenecientes a la pandilla de la chica. Eran muchachos vanidosos, que llevaban el jersey anudado al cuello a modo de bufanda, con estudiado desgarbo. Hijos de fabricantes. Miraban a Ignacio con cierta insolente curiosidad, pues les habia secuestrado a Ana Maria. Al chico le ponia nervioso verlos. Ana Maria le decia: «Dejales. ?No ves que se aburren?»
Una de las cosas que les gustaba era asistir a las reuniones de los esperantistas, en la plaza de la iglesia… ?Porque en el pueblo habia muchos esperantistas! Era un pueblo de escondidas y escalofriantes imaginaciones, lo cual Julio ya habia advertido. Gente que sonaba en sociedades universales. Anarquistas sin saberlo, demasiado sentimentales para ofrecer sus servicios al Responsable.
Ignacio descubrio otra sociedad: «Los amigos de la Atlantida». Un grupo de taponeros que creia en la existencia de la Atlantida, y que consideraba prueba irrefutable de ello el hecho de que todos los anos emigraban de las costas de Africa occidental unas bandadas de pajaros y que al llegar a un punto determinado del oceano empezaban a buscar y a dar vueltas sobre si mismos y chillar con desesperacion. Uno de los taponeros le dijo un dia a Ana Maria: «Y si no… ?como Colon habria encontrado habitantes en America?» El hombre escribia un poema inmenso titulado «La Atlantida», y les recito gratis unas estrofas, que se parecian a las que Jaime recitaba en Telegrafos a Matias Alvear, pero con mucha mas sinceridad.
La hora de las confidencias era siempre la misma: el atardecer. Y el lugar siempre el mismo: la barca a la que fueron el primer dia. Alli Ana Maria le rogaba que le contara cosas de su familia.
– Pero cosas ciertas -pedia-. No me inventes nada. A mi siempre me parece mas interesante la verdad.
?Que tenia aquella mujer que hablaba de esta manera?
Ignacio le decia que tenia un padre de cabellos ya canosos, un as en el domino, que ahora estaba disgustado porque se le habia roto la radio y que probablemente en aquellos momentos se encontraba sentado en un cafe llamado el Neutral, o en una barberia de un tal Raimundo pensando en cualquiera de sus tres hijos.
La madre… era otro cantar… Un poco tragica. ?Si los viera andar solos por aquellos acantilados! Si viera a Ana Maria con aquel
Cesar… era un santo. Precisamente se lo habia dicho a los maestros: era un santo. Afeitaba y tal. ?Tenia unas orejas…! Trabajaba en un taller de imagenes. Habia sobornado a uno de los operarios para que le fabricara una imagen de San Ignacio de Loyola. «El cree que no lo se; pero mi padre me lo ha escrito.»
En fin, seria cura y casaria a la gente…
– ?De veras…?
– Desde luego. Y supongo que a mi me hara un precio especial. O mejor, me dara una bendicion especial.
– ?Y Pilar…?
– ?Ah…! Mi hermana… Me gustaria que conociera a una chica como tu. Es un poco… Pero tiene mucha gracia, desde luego. Ha empezado corte. Y se gana para sus gastos jugando a la Bolsa.
– ?A la Bolsa…?
– ?Si, si! Ya te he dicho que tiene mucha gracia.
Ana Maria se sentaba, con las manos en sus piernas entrelazadas por las tirillas de la alpargata.
– ?Y tu, Ignacio…? ?Como eres en realidad?
Ignacio no lo sabia. Eran tan maravillosos aquellos dias -y pasaban tan de prisa- que habia perdido la conciencia de si mismo. De noche, en la Colonia, dormia como un bendito, y se despertaba sonando que tambien buscaba algo, como los pajaros de la Atlantida. Debia de ser un sentimental. Eso es, un sentimental… Pero ?como sabe uno como es cuando es feliz? ?Por Dios, que no le preguntara detalles! Por desgracia la realidad volveria pronto. De momento alli estaba la barca, la bahia, el agua y el faro. Y Ana Maria, sentada en la arena con la falda
