– ?Ale, nada de lamentos! Que Pilar diga lo que quiera e Ignacio sale ahora mismo a comprarlo.

– Nada, lo mismo da.

– ?No seas terca!

Entonces la chica parecio dejarse vencer. Se mordio el indice.

– ?De veras me lo compras?

– ?Claro que si, mujer!

– Pues mira. -Reflexiono un momento-. ?Cuanto quieres gastar…?

– ?Ah! Eso… -Ignacio sonrio y saco el monedero, mostrando su delgadez.

– Entonces… unas sandalias verdes. ?Llegas…?

– ?Cuanto valen?

– Unas que me gustan, doce cincuenta.

– De acuerdo.

Cesar intervino, mirando a Ignacio:

– Antes de salir, entra en la habitacion.

Ignacio le miro, con curiosidad.

– Lo que hay encima de la cama es de toda la familia. Lo de la mesilla de noche, de Pilar y mio.

Ignacio se rasco la nariz. No sabia si iba en serio. Carmen Elgazu le guino el ojo y entonces, dando subitamente media vuelta, en dos zancadas alcanzo la habitacion, seguido de todos. Sobre la cama, todos los libros de texto de primer curso de abogado. Nuevos, flamantes, con las tapas solidas.

El muchacho se quedo mirandolos, sin saber que decir. Luego se acerco a la mesilla de noche: una imagen pequena, de unos veinte centimetros de alto, representaba a San Ignacio de Loyola.

Se paso la mano por la cabeza. Se volvio hacia su familia.

– Estudiar y rezar… ?no es eso? -Hubo un silencio-. Anda, Pilar -anadio-. Vamos por las sandalias.

Ademas de la familia, otras varias personas habian esperado con impaciencia el regreso de Ignacio.

En primer lugar don Emilio Santos, para decirle que era un hecho que su hijo, Mateo, llegaria a Gerona en octubre, para ayudarle en la Tabacalera y estudiar Derecho.

En segundo lugar, el cajero del Banco Arus. La noticia de los hijos de los huelguistas de Zaragoza repartidos entre familias barcelonesas les habia sugerido algo a el y a su mujer, que vivian solos: adoptar un chico del Hospicio. Lo habian consultado con su cunado el diputado de Izquierda Republicana Joaquin Santalo, y este aprobo la idea y facilito todos los tramites. Fueron al Hospicio y eligieron un muchacho de once anos al que llamaban Paco, que les habia gustado porque todo el mundo aseguraba de el que seria un gran dibujante. Ahora iria a Bellas Artes. Ignacio le conoceria. Era conmovedor ver como se esforzaba, sin conseguirlo aun, en integrarse en su nuevo hogar. Cuando lo lograra seria completamente feliz, lo mismo que lo eran ya el cajero y su mujer.

Luego… le esperaba dona Amparo Campo. Se habia pasado todo el verano practicamente sola, con Julio andando de aca para alla con carpetas bajo el brazo. Por fin no habian destituido al Comisario, de modo que la excusa que le dio Julio para no salir de veraneo debio de ser inventada. «Esta, Ignacio, no se la perdono. Menos mal que tengo amigos como tu, que venis a verme de vez en cuando.»

– ?Amigos…?

– Si. Ahora vienen con frecuencia el doctor Rossello, el del Hospital. Y el arquitecto Ribas. Personas muy educadas.

Ademas de aquellas personas… esperaba a Ignacio el Banco. Llego de San Feliu el domingo por la noche, el lunes tuvo que reintegrarse al Banco. ?Santo Dios! ?Que cambio de decoracion! ?Que extrano resultaba todo aquello: las caras, la cara del subdirector, la de La Torre de Babel, el de Impagados, Cosme Vila! Los ventiladores, los cobradores preparando sus hombros para llevar sacos de plata.

Apenas si reconocio su sillon crujiente, su mesa de trabajo, llena de papeles. ?Cuantas manchas de tinta en su mesa! Nunca se habia dado cuenta.

De pronto creia hallarse aun en el mar, y movia los brazos sobre el inmenso escritorio. El de Impagados se reia. «Si, chico. Lo bueno pasa pronto.»

Ignacio echaba tanto de menos el banarse, que decidio irse a la piscina por las tardes, aprovechando que haria jornada intensiva hasta el 15 de septiembre, gracias a la UGT. Y alli se encontro con las hijas del Responsable, que le miraron ironicamente. Con el Cojo, con el Grandullon. Blasco estaba en San Feliu, seguia todas las fiestas Mayores. El Rubio, al que llamaban «chivato», ahora no iba con ellos. El Responsable no se banaba nunca. Ignacio hizo caso omiso de aquellas miradas. Y puesto que su madre le tenia prohibido que fuera a la piscina, el dijo en su casa que se banaba en el Ter.

?Con que facilidad mentia entonces Ignacio! Habia regresado de San Feliu completamente desorientado. Las horas iban sepultando en su memoria todos los buenos ejemplos que hubiera podido recibir; no recordaba sino imagenes que mas bien turbaban su espiritu: el escote de Olga, los alumnos de la Colonia fumando en la cama, los veraneantes abriendose paso entre los esperantistas.

No sabia por que, pero el rencor por haber tenido que irse de San Feliu cuando tantos senoritos permanecian alli hasta quien sabe cuando, le quemaba cada vez mas. Ni siquiera habia dado un vistazo amistoso a los campanarios de San Felix y la Catedral. En la mesa se mostraba irritable. Sin saber por que, habia elegido una victima: Pilar. La hacia rabiar. Pero la chica no se quedaba atras. Se vengaba pellizcandole y diciendole que los monos, uno a cada lado, eran un peinado completamente ridiculo y pasado de moda.

Ignacio solo dominaba sus nervios en los momentos en que conseguia pensar muy intensamente en su familia: en su padre, Matias, yendo a pescar en el Ter con el nuevo material que el le habia regalado; en Carmen Elgazu, hecha unas pascuas con la lata de anchoas; en Pilar con las sandalias verdes, y en Cesar, todo el santo dia fuera de casa; pero el Banco y su rutina le sulfuraban. Por eso en la piscina se encontraba a sus anchas, porque tambien alli podia echarse al agua y ver escotes estimulantes. A veces pensaba que tenia que evitar a toda costa volver a encontrarse a solas con dona Amparo Campo.

Notaba un relajamiento de toda su persona. En la cama se tendia cuan largo era, con las piernas separadas, alegando que por las noches habia bochorno. Su risa era intermitente, sus gestos excesivos. Los libros de texto los habia amontonado en un rincon. Iba al bar Cataluna y nada de lo que decian los futbolistas o los taxistas -nueva colectividad que habia invadido el cafe- le lastimaba los oidos.

En la barberia, al entrar, el dependiente malagueno se le acerco y le dio una palmada en la espalda. Le extrano aquella familiaridad. Penso: «?Que poco respeto inspiro!»

Tan pronto intentaba borrar totalmente de su memoria el recuerdo de Ana Maria como se detenia en un banco de la Dehesa y evocaba su imagen, y los dias pasados juntos en todos sus pormenores. No le habia escrito. Todavia no le habia escrito. Habia algo que le gustaba en la situacion que su silencio crearia.

El calor tenia a la gente pegada al suelo, con el cerebro embotado. Todo el mundo caminaba con lentitud. La ciudad estaba practicamente indefensa. El Onar olia mal. Las cloacas eran su principal alimento.

Poco a poco, varias siluetas se aduenaban de sus pensamientos: las de los coches de los veraneantes en San Feliu. Los veia rodando majestuosamente descapotados, llevando en su interior hombres vestidos de blanco, con extranas viseras, y bellezas morenas, con gafas de sol. Eran ricos, eran los ricos que gastaban en un dia, en el Casino, lo que costaban todos sus libros. Entraban en las tiendas riendose, ridiculizando un poco al dueno o a la dependencia, pagaban y salian mirando ironicamente la mercancia, como dando a entender que la habian comprado porque si y que por menos de nada la romperian alli mismo. A veces, para improvisar, regateaban. Regateaban un centimo y aseguraban que en la esquina se encontraba mas barato. Los dignos esfuerzos de la dependencia para convencerlos de que estaban equivocados, los envanecian. Finalmente, las mujeres les tocaban el brazo con muestras de cansancio. «Anda, no seais tontos. No vale la pena.»

Vivian completamente separados de la gente del pueblo. Habia familias que llevaban anos veraneando en San Feliu y no conocian a nadie del pueblo. Ignacio se preguntaba si era por eso por lo que habia esperantistas, y si aquel taponero se habria suicidado de haber encontrado comprension y calor humano en un par de fabricantes.

David y Olga, que ya habian regresado, le aseguraban que las lamentaciones no servian para nada, y que solo el socialismo era capaz de arreglar aquel estado de cosas, pues suministraria a los humildes medios de defensa. Sin embargo… ?que significaba la palabra socialismo? ?Habia socialismo de tantas clases…! ?Significaba derribar la valla de la zona de pago? Entonces Ana Maria no se banaria alli… y tampoco el comandante Martinez de Soria. Buscarian una de aquellas playas diminutas y escondidas que veian desde la ermita de Sant Elm. Tambien los echarian de alli… de acuerdo. Entonces se construirian una piscina particular; y si un dia el agua corriente

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