empezara a verter obreros a la piscina se encerrarian en la cocina y se banarian en una palangana, como el hacia cuando tenia tres anos. En ningun caso se conseguiria la fusion. Nadie se mezclaria, ante el contento de don Jorge y sus teorias.

?Por que pensaba estas cosas, si Ana Maria habia consentido sin esfuerzo en mezclarse con el, empleado de Banca…? Si, pero ello no cambio las cosas. Ello no impidio que Ana Maria quedara correctamente, fuera cual fuera su gesto o actitud, sentada con las piernas al aire, corriendo, entrando o saliendo del agua; en tanto que el tenia que medir sin cesar sus movimientos para no ser grosero.

Los ricos, los ricos… Esta era ahora su obsesion. En el Banco se complacia en pedir a los de Contabilidad las cifras que tenian amontonadas en aquellas Cajas las familias pudientes. Cosme Vila lo sabia. Lo llevaba todo anotado en un carnet. Los de Contabilidad le informaban, a pesar de tenerlo prohibido. Cosme Vila pretendia saber incluso el valor de las joyas que las familias guardaban en las Cajas del Banco. Ello debia de ser imposible. ?Como consiguio abrirlas?

De repente, Ignacio se sintio trabajando, en compania de personas de su misma clase social. Le gustaba pensar que todos aquellos seres y sus parientes tenian las mismas preocupaciones, y que las exclamaciones por una lata de anchoas habrian sido las mismas en cada uno de aquellos hogares. Un sentimiento de solidaridad se despertaba en el. Entre personas de la misma clase las palabras tenian el mismo significado. Unos y otros estaban seguros de comprender lo que se estaba hablando. En cambio, en San Feliu… cuando uno de aquellos senoritos comentaba: «Esto es la monda…», ?que queria decir?

Cada uno de los empleados tenia su historia veraniega que contar. Varios, como La Torre de Babel, habian cambiado la piel… La piel que trabajaba en el Banco era otra. Pero el ser era el mismo. De modo que la piel no era lo esencial.

Pero la gran historia era la de Cosme Vila: Cosme Vila habia hecho el viaje de bodas con la hija de los guardabarreras. La llamaba su companera. Sus palabras recordaban las de David y Olga, pero con mas despotismo. David y Olga habian registrado en el Juzgado su union; Cosme Vila ni eso siquiera. Los suegros consintieron, el y su companera tomaron el tren y se fueron a Barcelona. Alli, segun Cosme Vila, vieron varios espectaculos en el Paralelo, bebieron mucha horchata, que a su companera la volvia loca, ella durmio mucho, el hablo mucho con el camarada Vasiliev, siempre inteligente -en el Partido Comunista- y habian regresado. Ahora vivian los dos juntos y tendrian un hijo. Nada de regalos ni de comprar un comedor y un dormitorio y lamparas. Ningun detalle burgues en todo el piso. Austeridad. Su companera tenia prohibido pintarse; en cambio, para peinarse podria ir, si queria, a la barberia a que el iba, la de Marx, Lenin y Stalin en las paredes, en la que habian suprimido totalmente la separacion de sexos.

– Vente un dia por alli y veras -le decia Cosme Vila a Ignacio-. Pero no -anadia-. Tu, aunque te esfuerces, eres un burgues. Tu no comprendes que todo esto terminara un dia u otro. A ti si te dicen que en China hay trescientos millones de hambrientos te quedas tan fresco, o en la India, o en Africa, o en America del Sur. Te parece que confesandote de vez en cuando esto se va a arreglar.

La orbita que describia el pensamiento de Ignacio durante la jornada, sometido a pruebas de aquel tipo, y a su estado de animo, era obsesionante. El resultado iba siendo que no escribia a San Feliu, que continuaba sin escribir. Y que Cesar le miraba un poco asustado.

El unico contrapeso de Ignacio, que ejercia cierta influencia sobre el, era la imagen de San Ignacio de Loyola que le habia regalado su hermano, y que desde la mesilla de noche presidia ahora su cuarto.

Imposible entrar en el cuarto sin tropezar inmediatamente con los ojos del santo.

La imagen, maravillosa de expresion, cuyo modelo Cesar consiguio gracias a un viajante de una fabrica de Olot que paso por el taller Bernat, llego a constituir para Ignacio una autentica pesadilla. Porque los ojos no se limitaban a mirarle cuando entraba en la habitacion, sino que luego le seguian implacablemente dondequiera que se hallara de ella; le miraban incluso en la oscuridad… Era aquel un fenomeno optico conocido, ?pero hubiera podido producirse en otros lugares! Resultaba algo incomodo pensar en los maillots azul y amarillo de las hijas del Responsable, teniendo los ojos de San Ignacio fijos en los propios ojos.

A gusto Ignacio hubiera colocado la imagen cara a la pared. Porque, ademas, le ocurria una cosa absurda: la historia del santo, que Cesar le habia relatado con entusiasmo le puso mas nervioso aun: «noble, militar, fundador de los jesuitas». Compania de Jesus, el General de la Orden: en todas partes dejo huella militar. Salvando las distancias, aquello recordaba las clases de esgrima del comandante Martinez de Soria… Sin olvidar que, segun opinion unanime, eran los jesuitas los que llevaban actualmente la politica en Espana y a causa de ello se hablaba de revolucion.

Pero… imposible tocar la imagen. Porque Cesar la adoraba y estaba enamorado del Santo.

– Fijate, Ignacio -le decia-. Fue el quien escribio los Ejercicios Espirituales. Y, ademas, baso toda su labor en dos virtudes: obediencia y accion. ?Y por si esto fuera poco, era de la provincia de Guipuzcoa!

Este ultimo argumento impresionaba a Ignacio. Porque sabia que Carmen Elgazu le dio a el su nombre en cumplimiento de una promesa: «Si el primer hijo era varon, se llamaria Ignacio en honor del santo de Loyola», del santo vasco por excelencia.

Matias Alvear habia pasado sus vacaciones en Gerona, pescando en el Ter. Habian coincidido con las de Ignacio. Por dos veces se habia llevado a su mujer, a Cesar y Pilar y habian cenado todos juntos en la orilla del rio, sentados en el suelo. Carmen Elgazu habia lanzado mil exclamaciones admirativas ante el paisaje: los verdes de los arboles y de la hierba, el agua que bajaba tumultuosa, los indescriptibles colores del cielo por el lado de Rocacorba y alrededor de la Catedral.

Solo le habian molestado un poco los mosquitos, la ausencia de Ignacio y la proximidad de los atletas, que deambulaban por alli practicamente desnudos y con panuelos de cuatro nudos en la cabeza. A Carmen Elgazu le horrorizaba que Pilar viera todo aquello, ademas de que no podia soportar los panuelos de cuatro nudos en la cabeza. Decia que daban aspecto de diablo o de esos malvados que corrian por los bosques.

– ?Los satiros! -preciso Matias, sonriendo.

– Eso. Eso debe de ser.

A Pilar los panuelos le importaban muy poco. Gozaba lo suyo en aquellas salidas campestres. Aunque hubiera querido llevar con ella un par de sus nuevas amigas del corte… Porque, ya tenia nuevas amigas, mayores que Nuri, Maria y Asuncion. A Nuri, Maria y Asuncion no las habia visto desde fin de curso, pues estas tambien se habian despedido de las monjas y ademas habian salido de veraneo en seguida; pero lo cierto era que apenas si las echaba de menos. Casi se sorprendia de lo poco que las echaba de menos. Al encontrar en el taller chicas mayores que ella habia descubierto mundos nuevos. En el fondo le interesaban mas las cosas que ahora oia… No, no, su madre a veces se equivocaba. A varias de las chicas del taller les gustaban los hombres con panuelos de cuatro nudos en la cabeza.

Pilar habia sido bien acogida en el taller de costura, que dirigian dos solteronas beatas -las Campistol-, que siempre decian que no se habian casado porque los hombres les daban miedo. El taller estaba situado encima de un herbolario, proximo a la subida de San Felix. Por eso las chicas empleaban con frecuencia un lexico medicinal. «Anda, chica, que te den un poco de tila.» A Pilar, de cuya educacion monjil a veces se reian, le habian asignado tazas de tila media docena de veces lo menos.

Pero fue bien acogida, «porque era mona». La encontraban muy mona y muy simpatica. Ella se esforzaba en hacerse agradable. Ademas, Ignacio. El segundo dia llevo unas fotografias de Ignacio y aquello alboroto el taller, ante el escandalo de las pudorosas hermanas Campistol. Dos o tres de las chicas conocian a Ignacio de vista, las otras no. «Bueno, Pilar. A ver si me arreglas con tu hermano, ?eh?» «Chicas, no se. Porque como estudia Derecho…»

Las conversaciones del taller influyeron sobre Pilar como las conversaciones del Banco habian operado sobre Ignacio. ?Cuantas cosas aprendio…! Cuando las dos solteronas, las jefas, estaban presentes, todas cosian muy comedidas, y a la caida de la tarde era costumbre rezar el rosario; pero en cuanto las dos daban media vuelta… Se hablaba del cine y de baile. ?Suerte tuvo Pilar de haber hecho aquellas escapadas, gracias a la Bolsa! Porque si no, no conoceria ninguna pelicula y habria hecho el ridiculo… A las que tenian novio las interrogaba con un realismo impresionante sobre sus actividades… A Pilar le decian: «Bueno, y vosotras en las monjas, ?que? ?No vas a decir que no ibais a las murallas con los chicos del Instituto!»

El clima, el calor sofocante, los olores de la tienda de hierbas medicinales y la quietud del taller a media tarde sumian a todas en un estado de lasitud especial, campo abonado para pensar en aquellas cosas. A Pilar le llamaban particularmente la atencion dos hermanas, morenas y con grandes pendientes, que siempre llevaban la

Вы читаете Los Cipreses Creen En Dios
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату