merienda envuelta en El Democrata, y que hablaban de las clientas del taller como Cosme Vila de los clientes del Banco, y anunciaban que pronto habria «revolucion». Al parecer, su hermano y su padre eran «revolucionarios». Pilar no sabia en que partido militaban pero, como si les viera: mono azul, manos ennegrecidas, gorra o boina calada hasta las cejas… Tambien criticaban con frecuencia a los militares llamandoles chulos, especialmente a un tal teniente Martin. Otras chicas decian: «Pues mira lo que te digo. A mi un teniente no tendria que decirmelo dos veces». Pilar mientras rompia el hilo entre los dientes, pensaba por su cuenta que a ella los hombres con uniforme le gustaban mucho.

Dos de las muchachas cantaban en el Orfeon. Las otras formaban parte del grupo sardanistico «La Tramontana», ganador en el ultimo concurso. Pilar tenia mucho cuidado de no herirles la sensibilidad en este aspecto. Su padre el primer dia la habia advertido severamente: «Nada de discusiones, ?eh? ?Cataluna es lo mejor…? Pues es lo mejor».

En cuanto a Cesar, muy fuerte a la sazon gracias a los cuidados de Carmen Elgazu, continuaba yendo a la Barca, al Museo y al taller Bernat.

En el Museo tenia mucho trabajo, pues mosen Alberto estaba enfermo. Al sacerdote le dolia el estomago a menudo; en aquel mes de agosto se sintio mal y tuvo que guardar cama. Y era estando enfermo cuando el hombre demostraba lo que valia: en la cama no cesaba de trabajar. Escribia todo el santo dia. Catecismos, articulos; estudiaba pergaminos. Y procuraba no molestar. A las sirvientas les habia dado orden de no estar pendientes de el continuamente. Se ocupaba en preparar unas ilustraciones, para ensenar la Historia Sagrada por medio de proyecciones. Con una maquina, que compraria por suscripcion, pasaria semanalmente por todos los Colegios y catequesis de la ciudad. «Es preciso modernizar los metodos», decia.

A Cesar le causo gran impresion ver a mosen Alberto en la cama, enfundado en un camison blanco que le abombaba el pecho. Sacerdote y sotana eran dos ideas inseparables en la mente del seminarista. El aspecto de mosen Alberto en camison tenia algo femenino, en la redondez de los hombros y en la linea del cuello. Las azules venas del cuello se le marcaban. Por fortuna le salian masas de vello por el escote.

Mosen Alberto le decia a Cesar que era preciso estar alerta, que se acercaban grandes acontecimientos. «En cuanto todo el mundo haya regresado de veraneo…» Lo que mas le dolia era no poder celebrar misa. «No sabes lo que significa para un sacerdote no poder celebrar misa.» Podia afeitarse, pero no podia celebrar misa. Estaba en la cama. Iban a verle el notario Noguer, que ya habia regresado, otros sacerdotes y gente de su pueblo, de Torroellas. Los sabados siempre iban a verle algunos «payeses» llevandole recados de su madre. Cesar conocio alli un vicario joven, mosen Francisco, el sustituto en la parroquia de San Felix del que se fue a Fontilles a cuidar leprosos. Mosen Francisco se parecia a su antecesor. Enorme y ancho sombrero, que parecia sostenersele sobre las aletas de las orejas, bajo y cuadrado, grandes zancadas, de una gran vitalidad. Era un apasionado. Ponia el alma en cada palabra. A Cesar le conocia de haberle visto por la calle de la Barca. «Magnifico -le dijo-. Ya se que haces muy buena labor.» Cuando salia del cuarto, su sotana parecia ondear: tanto deseaba estar en varios sitios a la vez.

A Cesar quien le preocupaba era Ignacio. En cuanto este regreso de San Feliu, le noto cual era su estado de animo. «?Dios mio, y los rezos, y los ejemplos, y el angel blanco esperando sobre el tejado del Collell?»

Cesar le veia estirado en la cama con los pies separados, y luego tomarse de un sorbo la leche; mas tarde ejecutar en forma distraida y por rutina esas mil acciones diarias dentro del hogar, que el juzgaba entranables: acercar la silla a la mesa, pasar al lado de la madre, abrir la ventana, arrancar la hoja del calendario. «?En que pensaba Ignacio, que cosa habia mas importante que lo inmediato, que el contacto con las personas con que uno convive, con los objetos?»

Cesar era discreto, procuraba pasar inadvertido. No hablarle ni de la Carta Catolica de Santiago el Menor ni siquiera de lo que andaba leyendo: paginas escogidas de Santa Teresa de Avila, de San Juan de la Cruz, de Fray Luis de Granada. Ignacio le habia cortado el paso el primer dia. Le dijo que hacia falta un estado de animo muy particular para leer los misticos espanoles. «Vete quince dias a San Feliu o una tarde a la Piscina, comprenderas lo que quiero decir.»

Cesar habia hablado de Ignacio con mosen Francisco, el nuevo vicario de San Felix; porque con mosen Alberto no podia contar… Y mosen Francisco le habia dicho: «Chico, los veranos son terribles. En el verano yo no se como contener las imaginaciones. Cuando tengas un confesionario a tu cargo, te daras cuenta». «?Dios mio! - pensaba Cesar-, ?por que no nevara, por que no llegara una ola de frio de los Pirineos o de los Alpes?»

El seminarista comulgaba todos los dias en favor de su hermano. «Senor, borrad del pensamiento de Ignacio todo lo que no os sea agradable, devolvedle aquella alegria de Navidad, de fin de Ano… Pensad que ya es bachiller, que tendra una gran responsabilidad…»

Mosen Francisco le dijo un dia: «A mi me parece, Cesar, que eres demasiado serio. Que te falta alegria para que tu apostolado sea eficaz…»

?Valgame Dios, alegria…! Era cierto… El metodo le dio resultado en todas partes, incluso en el taller Bernat, excepto por lo que se referia al decorador Murillo. Era un muchacho serio, el bigote de foca, que siempre despedia hiel. Se veia que odiaba su oficio, que despreciaba las imagenes que pintaba. Fue quien le grito un dia a Cesar: «?A ver, traeme esa Putisima!» Aunque Bernat dijo luego que aquel juego de letras no era de Murillo, sino de Casal, el tipografo de El Democrata, que un dia lo habia impreso en las Hojas Dominicales de la parroquia.

Ocurria eso, que habia gente que oponia resistencia. Murillo, los peones ferroviarios, Ignacio.

– Anda, no seas tonto. No soy tan malo como te figuras -le decia a veces Ignacio. Pero en otras ocasiones no conseguia dominarse y soltaba un ex abrupto.

Un dia, uno de esos ex abruptos fue de tal magnitud que provoco en Cesar el mayor llanto de su vida. Ignacio se hallaba tendido en la cama leyendo y fumando. De repente pego un brinco. «?Fijate, fijate, Cesar, lo que pone aqui…!» -Se acerco al seminarista y le dio a leer un comentario sobre las relaciones que sostuvieron San Francisco de Asis y Santa Clara… Era una acusacion monstruosa, una satira que a Cesar le detuvo la sangre en las venas.

El seminarista miro a Ignacio.

– ?Pero tu…?

Ignacio volvio a tenderse en la cama.

– ?Yo que se, chico! Los santos eran hombres, ?no?

Cesar quedo estupefacto. Le entro una rabia desconocida. ?San Francisco de Asis! Sin darse cuenta de lo que hacia se acerco a la cama de Ignacio, le arrebato la revista, la despedazo y luego le dio una patada al borde del colchon sobre el que yacia su hermano.

Ignacio se levanto de un salto e hizo ademan de agarrar a Cesar de la solapa del pijama. El seminarista parecia llorar. Entonces Ignacio se vio de soslayo en el espejo del armario y al instante su estado de animo cambio. Solto a Cesar. Se encogio de hombros. Se paso la mano por la cabeza. Se vistio rapidamente -la noche era calurosa- y salio dando un portazo.

Si la Rambla fuera el mar… Si hubiese podido tomarse un bano de medianoche…

CAPITULO XXV

Ignacio:

Te escribo desde la playa, desde la barca que tu conoces, a ultima hora de la tarde. No queria escribirte, no te lo mereces, pero lo hago para que veas que las chicas con brillantes en las orejas a veces no somos tan malas ni rencorosas como supones. ?Por que no me has escrito? ?He de pensar que no me escribiras? ?Donde esta todo lo que dijiste? Yo he cumplido, Ignacio. He reseguido todos nuestros itinerarios. Nuestras iniciales en las rocas… no estaban: pero ahora si estan, con el corazon atravesado.

Escribeme, por favor. No me tengas con esa zozobra. ?Es que estas enfermo? ?Te ocurrio algo despues de despedirnos? Me pregunto si te banarias despues de comer, y si te haria dano…

San Feliu… ha cambiado mucho en pocos dias. Mucha gente se va marchando. Nosotros tambien nos marcharemos pronto -Muntaner, 180, Barcelona-, pues papa dice que la situacion politica no le gusta.

Loli me da recuerdos para ti y me dice que a ver si aprendes a estrechar la mano con correccion,

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