Calisay. Matias no sabia que decir. Se sentia confusamente halagado, aunque no acababa de entender que su hijo necesitase 'abogado defensor'. Pilar miraba al jesuita pensando: 'Si yo fuese vicepostulador, o como se llame, beatificaria tambien al padre Forteza'.

Matias fue el primero en reaccionar. Lio con extrema lentitud su cigarrillo, y atrayendo hacia si el cenicero pregunto:

– Bueno, padre, ?y en que podemos ayudarle nosotros?

– Lo primero que desearia pedirles -dijo el padre Forteza- es que me ensenaran algunas fotografias de Cesar.

Carmen Elgazu palidecio. Desde la operacion ello le ocurria por cualquier motivo. Sin embargo, Pilar se habia ya levantado, dirigiendose a su cuarto.

– Voy por el album.

Y he aqui que en aquellos segundos de espera el padre Forteza empezo a hacer uso del lapiz y el papel. Pero no 'para tomar notas', como todos habian creido. Simplemente le gustaba, siempre que debia tratar algun asunto serio, amenizarse el trabajo dibujando casitas y arboles, con alguna que otra oveja alrededor.

Pilar regreso al punto.

– Ahi tiene -dijo. Y deposito el album en la mesa, al alcance del jesuita.

Se hizo un silencio. Y el padre Forteza, abriendo el album, inicio su itinerario.

La mayor parte de las fotografias en que aparecia Cesar eran antiguas y borrosas. Pero no importaba. Ante cada una de ellas, el vicepostulador se detenia y la contemplaba con calma. Lo cierto es que la figura del muchacho le impresiono sobremanera. Aquellos ojos abiertos, aquellas orejas separadas, aquel aire de humildad… Siempre con los pantalones excesivamente largos… En una de ellas se le veia en el Collell, en la pista de tenis, recogiendo una pelota. En otra se le veia en el taller de imagenes, el taller Bernat, pintando con uncion la llaga del costado de Cristo. Cesar tenia en ella una expresion de angel, de un angel que hubiera sacado fuera la puntita de la lengua…

El padre Forteza no pronunciaba una silaba, por lo que la tension iba en aumento. Hasta que Carmen Elgazu no pudo mas.

– ?Era un santo, padre…! -exclamo, llevandose las manos a la cara y estallando en un sollozo. Luego anadio-: ?Dios mio, y esa gentuza se lo llevo y lo mato!

Matias estrecho dulcemente el brazo de Carmen Elgazu. Y el padre Forteza miro a la mujer con ternura. El jesuita era todo lo contrario de un ser frio; pero en esta ocasion queria evitar las expansiones inmoderadas.

Por fin cerro el album.

– Bueno, esto basta -comento-. Ahora ya conozco a su hijo.

El padre Forteza se bebio un sorbo de agua. Y acto seguido les dijo que se veria obligado a proceder con cierto metodo, 'de acuerdo con las normas'. Les pedia excusas porque aquello iba a tener aire de interrogatorio. 'Pero es necesario, ?comprenden?'. En las causas de Beatificacion era preciso tener en cuenta muchas cosas: los actos de caridad, las formulas de devocion, las mortificaciones, la pureza… Y a veces un detalle de apariencia insignificante podia ser mas revelador que un acto heroico o espectacular.

– De acuerdo, padre. Estamos a su disposicion.

El padre Forteza empezo diciendo que todo lo referente a la caridad que podria llamarse 'externa' de Cesar le era ya sobradamente conocido.

– Se que se iba a la calle de la Barca, con su estuche bajo el brazo, y que afeitaba a los viejos y a los enfermos que no podian moverse de la cama… Se que se sentaba en el vestibulo de cualquier casa para darles clase a los chiquillos que se encontraban dispersos por la calle… -el padre Forteza se paro-. ?Se que lo llamaban 4 x 4,16!

– Si, es cierto -ratifico Carmen Elgazu, ya mas serena y que procuraba sonarse sin hacer ruido.

El padre Forteza anadio:

– En cambio, no tengo el menor dato sobre sus devociones, sobre su piedad. En este sentido, ?que era lo que mas destacaba de el?

La pregunta del jesuita hizo que multitud de recuerdos afluyeran a la mente de todos. Carmen Elgazu, y muy especialmente Pilar, cuidaron de seleccionarlos para informarle lo mejor posible. Por supuesto, resultaba un poco dificil concretar. Cesar era una oracion continua… Rezaba jaculatorias, el Credo, sentia predileccion por la imagen de San Ignacio que habia en su cuarto, leia a menudo los Evangelios…

– Tal vez -dijo Pilar-, amaba por encima de todo a la Virgen. Siempre llevaba muchas estampas y medallas, precisamente de la Virgen del Carmen, y las repartia. Y al terminar el Rosario se arrodillaba, porque le gustaba rezar la Salve brazos en cruz.

El jesuita asintio con la cabeza. Y en ese momento Carmen Elgazu, repentinamente iluminada, afirmo que habian olvidado lo mas importante: la comunion. En efecto, lo que Cesar consideraba mas grande era comulgar… 'Sin comulgar no hubiera podido vivir, ?comprende, padre?'. La mujer explico que, cada manana, cuando el muchacho regresaba de la iglesia, no se atrevia siquiera a pedir el desayuno, 'por respeto a Jesus, que acababa de entrar en su pecho'.

El padre Forteza, al oir esto, miro a Matias, quien hasta el momento se habia abstenido de intervenir.

– ?Recuerda usted, Matias… algo significativo en relacion con ese amor de su hijo por la Eucaristia?

Matias, a quien la palabra Eucaristia le sonaba siempre un poco rara, titubeo un instante y luego dijo:

– Supongo que hay un dato que lo resume todo: si los milicianos lo detuvieron fue porque se escapo de casa para salvar los copones de las iglesias…

El jesuita, pese a conocer ya este detalle, se quedo pensativo. Y esta vez dibujo en el bloc un arbol. Pilar iba pensando: 'Pero ?se acordara de todo esto el padre? ?Por que no lo anota, en vez de dibujar ovejas y arbolitos?'.

Produjose otro silencio. En realidad, la figura del padre Forteza inspiraba tambien un gran respeto a todos. Todos le recordaban en La pasion, en el Teatro Municipal, recitando: 'Bienaventurados los que lloran, porque ellos seran consolados'. 'Me causan compasion estas turbas, porque tres dias hace que permanecen ya en mi compania y no tienen que comer'.

El jesuita manifesto que, con respecto a la piedad, de momento aquello le bastaba y que podian pasar a otro capitulo: el de las mortificaciones. Suponia que ahi resultaria mas dificil hacer memoria, pues Cesar realizaria muchas por cuenta propia,! sin que se enterase nadie. Pero no habia mas remedio que proseguir.

Pilar intervino con mas decision de lo que cabia esperar. Hablo de la austeridad de Cesar en la mesa y en los juegos; de su preocupacion por no sentarse nunca en posturas excesivamente comodas; de como se mordia la lengua cuando en su presencia se criticaba a alguien.

– Se mortificaba constantemente -concluyo la muchacha-. Aunque estaba tan acostumbrado a hacerlo, que no parece que ello lo hiciera sufrir.

El padre Forteza se dirigio nuevamente a Matias.

– ?Es cierto, Matias, que le prohibio usted llevar cilicio?

Matias asintio.

– Desde luego. Se lo prohibi. Aunque -anadio en tono ligeramente ironico- me temo que no me hizo el menor caso…

– ?Y por que se lo prohibio usted? -interrogo el jesuita.

Matias se encogio de hombros.

– ?Que se yo! Cesar era un chico debil. Y no me gustaba que hiciera esas cosas…

Carmen Elgazu, que se esforzaba en no olvidar detalle -?con que relieve recordo el momento en que Matias tiro colericamente el cilicio al rio-, intervino otra vez, afirmando que cuando mayormente se mortificaba Cesar era en epoca de Cuaresma.

– Se pasaba la Cuaresma sin sonreir siquiera. Adelgazaba todavia mas, pues no podiamos conseguir que comiera lo que le hacia falta. Y desde luego, no se atrevia ni a silbar.

Pilar, al oir esto, tuvo un reflejo entusiasta.

– En cambio, cuando llegaba el Sabado de Gloria, al oir las campanas pegaba un gran salto y nos abrazaba a todos. Sobre todo a Ignacio.

El jesuita pregunto:

– ?Por que sobre todo a Ignacio?

– No se…

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