El padre Forteza, llegados a este punto, formulo una extrana pregunta, tal vez por aquello de que un dato insignificante podia ser revelador. Pregunto si era cierto que Cesar visitaba con mucha frecuencia el cementerio.
La palabra sono fuerte en el comedor. Esta vez quien contesto, haciendo de tripas corazon, fue Matias.
– Desde luego, era lo primero que hacia al llegar del Collell.
– ?Que cree usted, Matias, que lo impulsaba a ello?
Matias aplasto la colilla en el cenicero.
– Eso… nadie puede saberlo. Lo unico que puedo decirle es que alli visitaba de preferencia los nichos de los ninos.
Al oir esto, el padre Forteza abrio de nuevo el album de las fotografias. Y volvio a fijarse en aquella en que se veia a Cesar pintando en el taller de imagenes la llaga en el costado de Cristo. Cerrado el album, el jesuita modifico el tono de la voz.
– Cesar… era un chico triste, ?verdad?
Las opiniones fueron en este punto contradictorias. Carmen Elgazu nego con mucha seguridad.
– ?De ningun modo! Era el chico mas feliz del mundo… En muchos momentos respiraba una alegria que no he visto nunca en nadie mas.
Matias manifesto perplejidad, pero no dijo nada. En cambio, Pilar apunto:
– Pues a mi me parece que el padre tiene razon. Que en el fondo, era triste… -la muchacha agrego-: Muchas veces yo le preguntaba: 'Pero ?que te ocurre, Cesar? ?Te sientes mal?'.
Hubo un forcejeo, pero Pilar se mostro muy firme.
– Es mas -concluyo-. Creo que llegue a descubrir la causa de la tristeza de Cesar.
– ?Ah!, ?si? -el padre Forteza miro fijo a la muchacha.
– Si. Cesar estaba descontento de si mismo… ?Se consideraba un pecador!
– ?Un pecador?
– Eso es. Decia que era un pecador… Y que debido a ello no conseguia convertir a los hombres de la calle de la Barca.
El padre Forteza abrio los brazos, dando a entender que las intervenciones de Pilar le agradaban. Marco otra breve pausa y acto seguido se dirigio nuevamente a Matias.
– ?Podria usted imaginar, Matias, que Cesar cometiera alguna vez actos impuros?
Carmen Elgazu miro a Matias como si quisiera sobornarlo.
– No… -dijo Matias-. Absolutamente imposible… -luego anadio-: Ni siquiera sabia lo que era eso.
La respuesta fue tan contundente, que el padre Forteza golpeo la mesa con el lapiz. Luego se paso la mano por la cabeza y, como dispuesto a abreviar, pregunto a todos cual podia ser, en resumidas cuentas, la principal virtud del muchacho.
Esta vez el mohin de perplejidad fue colectivo. ?Que podian contestar? Tal vez la obediencia; tal vez la humildad… Si lo elogiaban, Cesar se ponia nervioso. Matias recordo que en una ocasion el muchacho, en el rio Ter, consiguio pescar un pez y se quedo tan aturdido como si hubiera cometido un mala accion.
Carmen Elgazu intervino:
– ?Puedo darle mi opinion, padre?
– Claro que si.
– Creo que la principal virtud de Cesar era la esperanza… Si, mi hijo tenia una gran esperanza. Una gran confianza en Dios.
El padre Forteza irguio el busto. Era la primera vez, ?que curioso!, que sonaba en el dialogo la palabra ?05. La expresion del jesuita denotaba que habian llegado a un punto particularmente delicado.
– Senora… ?le hablo su hijo, alguna vez, de visiones sobrenaturales?
Esta vez Carmen Elgazu se mordio los labios. Dio la impresion de que la daba apuro entrar en este terreno.
– Hable, senora, por favor…
– Es que… -por fin Carmen Elgazu se decidio-. Una vez me dijo que vio rayos de luz en torno a la imagen de San Francisco de Asis…
El padre Forteza manifesto sorpresa.
– ?De San Francisco de Asis? ?Es que Cesar amaba mucho a los animales?
Carmen Elgazu dudo un instante.
– No… No creo que los amase de una manera particular.
El jesuita advirtio que Matias habia empezado a liar otro cigarrillo.
– La verdad… no se -y anadio-: De todos modos, Cesar no mentia jamas…
El padre Forteza se dirigio a Pilar.
– ?Te hablo a ti de esto en alguna ocasion?
La muchacha movio negativamente la cabeza.
– No. Pero, en cambio, un ano, por Navidad, me dijo que tuvo la impresion de que el Nino Jesus le habia sonreido.
El padre Forteza se mostro ahora impenetrable. Y resulto evidente que no queria seguir en esa direccion. Entonces se dirigio una vez mas a Carmen Elgazu.
– Antes dijo usted, Carmen, que Cesar, en muchos momentos, respiraba una alegria que no ha visto usted nunca en nadie mas. ?Como podia estar alegre en aquella epoca, con tanto escarnio y tanta persecucion?
Carmen Elgazu no titubeo.
– El sabia que Jesus triunfaria, ?comprende, padre? Lo mejor de Cesar era eso: que creia con todas sus fuerzas en las promesas de Jesus.
Las promesas de Jesus… El padre Forteza evoco para sus adentros, en un instante, varios textos dirigidos a los apostoles: 'Vuestra tristeza se convertira en gozo'. 'Dentro de poco ya no me vereis; mas poco despues me volvereis a ver'.
La palabra 'apostoles' condujo al jesuita a efectuar un viraje enfocando un aspecto de la cuestion que sin duda le interesaba especialmente.
– ?Considera usted, Carmen, que la maxima aspiracion de Cesar era ser sacerdote?
Carmen Elgazu tuvo entonces una intervencion absolutamente inesperada.
– Pues la verdad… No creo que la maxima aspiracion de Cesar fuera ser sacerdote.
Sorpresa general.
– ?Que quiere usted decir?
Carmen Elgazu asumio una gran dignidad.
– Yo creo que la maxima aspiracion de Cesar era otra: era morir… Si, esa era su vocacion. Decia que precisamente porque la epoca era de escarnio debia haber quien expiara las culpas.
Meses antes de la guerra le entro ese pensamiento muy adentro y no hacia mas que hablar de eso. Decia que todos pecabamos y que el deseaba morir.
Al padre Forteza se le marcaron subitamente las ojeras. Dejo de dibujar arbolitos.
Segundos despues prosiguio:
– ?Quien fue el ultimo que lo vio?
Intervino Matias:
– Mosen Francisco… Se habia disfrazado con mono azul y se oculto en el cementerio… Cuando los milicianos se cansaron de disparar y se fueron, mosen Francisco se acerco a las victimas y consiguio darle a Cesar la absolucion.
Un gran silencio se apodero del comedor. Esta vez fue Carmen Elgazu quien lo rompio, llevandose repentinamente el panuelo a la nariz:
– ?Sabe usted, padre…? En Gerona hay mucha gente que le reza ya a mi hijo, como si estuviera en los altares. Que le pide favores… -Luego anadio-: Podra usted hablar con algunas de ellas, si le interesa…
El padre Forteza hizo un gesto que significaba: 'Eso, en todo caso, mas tarde'.
En ese momento exacto se oyo el llavin en la puerta y entro Ignacio.
Todos se alegraron lo indecible de su llegada. Era la pieza que faltaba. En cierto modo, Ignacio fue quien mejor conocio a Cesar, aparte de que hubiera sido verdaderamente una lastima que el padre Forteza se hubiese marchado sin haberle saludado siquiera.
