sentia ya a sus anchas, pues sin duda aquel hombre, montanes de pro y primera jerarquia de la provincia, era tal y como se lo habian descrito.

– Si mal no recuerdo, estuviste en Esquiadores ?verdad?

– Si. En el Pirineo.

– Pocos tiros, supongo.

– Pocos…

El Gobernador aparto con la diestra una lampara de mano, que le limitaba el angulo de vision.

– Mateo me dijo que fuiste seminarista.

– Si, pero lo deje.

– ?Que te ocurrio?

– Me obligaban a llevar medias negras.

– ?Como? ?Es verdad eso?

– Y tan verdad. Preferi dedicarme a la Banca…

– ?A la Banca! Menuda responsabilidad… Ignacio abrio los ojos en expresion socarrona.

– ?Oh, si, tremenda! Entre de botones en el Banco Arus. El Gobernador, al oir esto, hizo un gesto que Mateo, que lo conocia, tradujo por Visto Bueno.

– De modo, que conoces a fondo a la Iglesia y al Capitalismo, ?no es asi?

– Asi es.

– ?Muy interesante! En este pais es condicion absolutamente indispensable.

El dialogo era tan cordial que Ignacio estaba feliz. Pero he ahi que en ese momento, bruscamente, sono el telefono… negro. El Gobernador murmuro: 'Prefiero el otro…' No obstante, atendio a la llamada, aunque con aire displicente. Algo le comunicarian que le produjo contrariedad. 'Conforme, conforme -repitio varias veces-. Ire esta misma tarde. Que me esperen'. En cuanto colgo, su expresion se habia alterado.

Los dos muchachos quedaron a la espera. El Gobernador permanecio unos segundos ajeno a la situacion, repiqueteando en la mesa con el cortapapeles. Mateo le pregunto:

– ?Ocurre algo?

El Gobernador se encogio de hombros y regreso a la realidad.

– ?Bah!

Ignacio se movio en el sillon. Entonces el Gobernador se dirigio a el, otra vez en tono amable.

– ?Bueno! -exclamo-. Me veo obligado a abreviar la entrevista… Asi, pues, vamos a resolver lo tuyo, si te parece bien.

Ignacio asintio.

El Gobernador se concentro un instante, juntando los indices y llevandoselos a los labios.

– Me encantara tenerte en Fronteras. De veras, me encantara… -Marco una pausa-. Mateo te puso ya al corriente de mi proyecto ?no?

– Si, algo me dijo.

– Mira, Ignacio. Me gustaria que fueras mi enlace personal. Necesitaba un muchacho de confianza y tu puedes serlo. Mi enlace con nuestro Servicio en Figueras y con nuestro Consulado en Perpinan. Asi que, si no te importa, tendras que viajar a menudo…

– No me importa. Me gusta viajar… El Gobernador prosiguio:

– El jefe en Figueras es el coronel Triguero. Estaras a sus ordenes. El te presentara, en Perpinan, al que lleva todo este asunto de los exiliados. Un paisano mio, que se llama Leopoldo. Te gustara conocerlo, ya veras.

Ignacio asintio de nuevo y se mantuvo a la espera.

– Eso del Servicio de Fronteras es mas complicado de lo que parece ?sabes? Nos ocupamos tambien de recuperar los tesoros y las obras de arte que los rojos se llevaron en su huida… ?En fin! Seria demasiado largo explicartelo ahora. Mejor que vayas enterandote poco a poco…

– De acuerdo.

Sobre la mesa habia un monton de sobres verdes que habian llamado la atencion de Ignacio. El Gobernador tomo uno de ellos y le dijo:

– Esa sera una de tus principales misiones: llevar esos sobrecitos verdes al coronel Triguero… procurando que no te los roben en el tren.

En su deseo de hacerse agradable, Ignacio pregunto:

– ?Las senas del coronel?

El Gobernador sonrio.

– Van en los sobres…

– Ya… -El muchacho anadio-: ?Cuando empiezo?

El camarada Davila se toco con el indice la nariz.

– Podrias empezar hoy…

Ignacio guardo un silencio. Luego rogo:

– ?No podria ser manana? Esta tarde habiamos pensado celebrar un baile. El baile de los supervivientes…

El Gobernador tuvo un expresivo ademan.

– ?Oh! En ese caso, de acuerdo… -seguidamente anadio-: Pero, con una condicion.

– ?Cual?

– Que tu bailes exclusivamente con Marta… ?Entendidos? ?Es una orden!

– Descuida -acepto Ignacio sonriendo-. Y muchas gracias.

El trato quedo cerrado. El Gobernador hizo de repente un gesto de cansancio, no habitual en el. Mateo se dio cuenta y se levanto. Ignacio hizo lo propio.

El Gobernador se puso tambien de pie, dio la vuelta a la mesa y, colocandose entre los dos muchachos, se dispuso a acompanarlos a la puerta. Habia recobrado su buen talante, y los tomo del brazo en actitud amistosa.

– ?Vaya, vaya! -exclamo-. No sabes el lio en que te has metido, Ignacio…

Este fingio asustarse.

– Peor que la guerra, ?verdad?

– ?Ah, quien sabe…! -El Gobernador se detuvo un momento-. El coronel Triguero es un tipazo ?sabes? ?Bueno, ya te daras cuenta! Y luego, esas obras de arte que los rojos se llevaron y que hay que recuperar… Ahi te juegas la amistad de nuestro querido mosen Alberto.

Ignacio miro al camarada Davila.

– No comprendo.

– Es muy sencillo. Desaparecio nada menos que el famoso Tapiz de la Creacion, de la Catedral.

– El Gobernador reanudo su marcha-. Si no das con el, mosen Alberto nos llamara idiotas y le nacera una hermosa ulcera en el estomago.

Ya en el umbral de la puerta, Mateo, que no se quitaba de la cabeza la llamada telefonica que recibio el Gobernador, aludio a ella diciendo:

– ?De veras no ocurre nada desagradable?

Aquel nego con la cabeza.

– ?Nada, hombre! Vete tranquilo.

Mateo asintio.

– Me alegro. 'Ciao'…

– Hasta la vista -saludo Ignacio.

El Gobernador permanecio en la puerta hasta que los dos muchachos hubieron desaparecido.

Ya en la calle, Mateo le pregunto a Ignacio:

– ?Que tal?

– Sobresaliente. Lo que tu dijiste.

– Estaba seguro de que te gustaria.

Sin mas dilacion hablaron del baile de que Ignacio habia hecho mencion. La idea de celebrarlo, sugerida por Mateo, habia sido recibida con entusiasmo por Marta y Pilar, quienes sin perdida de tiempo pusieron manos a la obra a fin de que no faltara detalle. Tendria lugar en el amplio vestibulo de la Seccion Femenina, a las ocho en punto. Ignacio hubiera preferido otro sitio: el sotano en que los anarquistas tuvieron el gimnasio. 'Alli, con

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