como si el exceso de comida y de bebida les hubiera bloqueado en parte los reflejos.
– Si, es verdad -decia-. Es verdad lo de las chimeneas. Y que construis barcos y todo lo demas. Y tambien lo es lo del sirimiri; por eso en Pamplona me compre un paraguas. Pero os falta un detalle, a mi modo de ver: saber quienes eran vuestros antepasados. ?Y si resultaseis ilegitimos? Porque hay que ver la jerga que hablais… Dicen que se parece al chino. ?Es eso cierto, Jaime? Porque, si lo fuera, con mucho gusto os haria una reverencia…
Tampoco veia Matias por que los paisanos de su mujer tenian la mania de ensanchar el torax y de organizar concursos de levantamiento de peso, de arrastre de piedras y de corte de arboles a hachazo limpio.
– Con vuestro permiso, yo prefiero a Gerona. Y digo Gerona porque no puedo decir Madrid.
Matias se dio cuenta de que a Carmen Elgazu no le hacia pizca de gracia acompanarlo a Burgos. Y tambien el preferia ir solo. De modo que no hubo dificultad.
– Si quieres, quedate aqui, con los tuyos. Y mientras aprovecha para ver si encuentras trazas de la familia de Eloy…
– ?De veras no te importa que me quede? Saldria por ahi con mis hermanas…
– Quedate, mujer. Ademas, yo regreso en seguida. Ida y vuelta, nada mas.
– Pues de acuerdo…
Matias salio en tren para Burgos. ?Cuantos anos hacia que no se separaba un solo dia de su mujer! Habia perdido la cuenta. ?No, no la habia perdido! Desde que se casaron. Si, desde que se casaron habian dormido siempre, noche tras noche, en el mismo lecho y habian rezado, antes de dormirse, el mismo Padrenuestro.
El recuerdo de esa union, todo lo perfecta que podia darse entre dos personas forzadas a convivir, le dio a Matias animo para salvar el trayecto Bilbao-Burgos y para soportar los parones de siempre y los asmaticos resoplidos de la locomotora.
Y una vez en Burgos, adonde llego al filo del mediodia, le infundio tambien valor para preguntarles a los transeuntes, como antano hicieran Mateo e Ignacio: 'Por favor, ?la calle de la Piedra?'.
Calle de la Piedra, numero 12… Calle estrecha, portalon triste y desconchado. Matias subio la escalera con el alma en un hilo. Y llamo a la puerta como si cometiera una violacion.
Era la puerta de 'los de su sangre'. Por ella debio de salir su hermano Arturo la madrugada fatal en que fue fusilado. ?Encontraria a alguien en casa? ?Por que tardaban tanto en contestar?
– ?Quien es?
La voz sono fuerte y joven al otro lado de la puerta.
– Soy yo, Matias. Acabo de llegar…
No hubo mas. La puerta se abrio casi con estrepito y Matias se encontro frente por frente con Paz. ?Que esplendida muchacha! El sufrimiento no la habia ajado como hubiera podido temerse. Llevaba el cabello larguisimo, caido a la espalda -como las hijas del Responsable- y exhibia unas pestanas muy negras, parecidas a las de Pilar. Olia a perfume barato. Pero tenia una enorme personalidad. ?Y se parecia de tal modo a Ignacio!: la frente tenaz, los pomulos salientes…
Matias y Paz se abrazaron en el mismo umbral con inusitada fuerza, sin pronunciar una palabra, mientras otra voz sonaba alla al fondo preguntando: '?Que ocurre?', y un chico timido, de unos doce anos, se acercaba cautelosamente y miraba con curiosidad al recien llegado, cuyo elegante sombrero habia rodado por el suelo.
Minutos despues, Matias abrazaba a su cunada. Conchi de nombre, y a continuacion se agachaba para besar, como hacia con Eloy, a su sobrino Manuel, quien parecia el mas desconcertado por aquella visita.
– ?Matias! No puedo creerlo… -repetia una y otra vez Conchi.
– Pues ya lo ves, querida cunada. Aqui estoy…
Desde el primer momento Paz, la 'fanatica Paz', como la llamaba Ignacio, habia mirado a su tio Matias con mas carino del que este pudo suponer. Matias temio que Paz se colocara a la defensiva, precisamente en virtud de su 'fanatismo'; pero no fue asi. Sin duda la muchacha habia valorado debidamente el afecto que el habia puesto en las cartas y el significado de aquel viaje.
Conchi, dandose cuenta de que continuaban todos en el vestibulo, como pasmarotes, dijo:
– ?Pasamos al comedor? ?Quieres tomar algo? Tenemos un poco de anis…
– ?Anis? ?Vaya! Tomare una copita.
– Yo te la traigo -intervino Paz. Y desaparecio.
Matias entro en el comedor, menos misero de lo que imaginaba, y tras el lo hicieron Conchi y Manuel. Hubo rumor de sillas y se sentaron a la mesa, parecida a la del piso de la Rambla.
Paz se les unio en seguida, trayendo la botella, y se sento tambien. La muchacha los sirvio a todos. Matias se trago el anis de un sorbo y luego chasco la lengua, con aire satisfecho.
Conchi, con la copita en la mano, pregunto:
– ?Y Carmen? ?Donde esta?
– Se quedo en Bilbao, con su madre y sus hermanos. Se encontraba un poco cansada del viaje…
– Ya…
Paz se intereso por Ignacio y por Pilar.
– Estan bien, muy bien. Os traigo recuerdos de su parte.
Los preambulos se prolongaron mas de lo debido. Nadie se atrevia a entrar en materia. Por fin Matias se sirvio otra copita y decidio abrir brecha.
– Bueno… -empezo-, ?por que no hablamos ya de vosotros? -Dirigiose a Paz-. Tu ultima carta… Por favor, contadme cual es exactamente vuestra situacion.
Paz se paso la mano por su larguisima cabellera. Mientras, Matias vio a Manuel a su derecha, encogido e intimidado, y le acaricio la cabeza.
La actitud de Matias era tan diafana que todo empezo a discurrir como sobre una pista asfaltada. Por turnos, Conchi y Paz fueron contandole lo que les ocurria. Naturalmente, no era cosa de insistir sobre 'el asesinato' que cometieron los de Falange. 'Lo mismo que lo de Cesar, ?comprendes?'. Ni siquiera habian encontrado el cadaver de Arturo…
Ahora bien, ellas llegaron a suponer que, una vez finalizada la guerra, las dejarian tranquilas. Que podrian trabajar e ir tirando. Pero no habia sido asi. Continuaban marcadas por una palabra que valia por todas: 'rojas'. Eran 'rojas' y ello les cerraba todas las puertas. Consiguieron colocar a Manuel de aprendiz en una drogueria, pero el chico ganaba una miseria. Paz, no habia modo. Donde fuere le pedian los dichosos avales, lo que en Burgos equivalia a pedir la luna. La chica era conocida, sobre todo porque durante la guerra anduvo espiando por los cafes. Las dos habian conseguido algun que otro trabajo aqui y alla, pero sin puesto fijo y sin perspectiva de tenerlo. Asi que ya nada les quedaba en el hogar que pudieran empenar o vender…
Matias aguanto con serenidad el interminable desahogo de las dos mujeres. Llego a Burgos preparado para ello. Ahora bien, en cuanto le fue posible, en cuanto le dieron pie, atajo su verborrea y les dijo:
– Os comprendo perfectamente… Comprendo todo lo que quereis decirme. Por desgracia, los espanoles somos asi, hemos nacido para sepultureros…
Intervino Paz.
– Por eso nos ha alegrado tanto que vinieras.
Matias la miro.
– ?Es que crees que yo puedo hacer algo?
– Tal vez si… -Paz hizo un gesto-. Por lo menos, darnos tu opinion…
– ?Sobre que?
– Sobre un proyecto que se me ha ocurrido.
La muchacha se explico. Su idea era ir a Madrid -de momento solo ella- a probar suerte.
– Tal vez encuentre trabajo en algun bar…
Matias arrugo el entrecejo.
– Varias familias de aqui -continuo Paz- que estaban en la misma situacion, se fueron ya… Y parece que en Madrid se abren camino.
Matias continuaba callado.
– ?Por que pones esa cara? Madrid es una gran ciudad, ?no?
– Si, desde luego…
Matias no lo veia claro. Pensaba en la dificultad de encontrar piso; en los 'dichosos avales', que tambien alli les exigirian; y en los peligros que correria Paz… La muchacha era muy guapa -Ignacio no habia exagerado un apice, pese a lo que creia Pilar- y su larga cabellera rubia llamaria la atencion.
