– ?A ti que te parece? ?Ves una posibilidad?

Matias pregunto:

– ?Conoces a alguna de esas familias que se fueron?

– Si.

– ?Y tienes sus senas?

– Ahora mismo, no. Pero puedo tenerlas.

El hombre vio de nuevo a su lado a Manuel, con cara expectante, y volvio a acariciarle la cabeza. En seguida, giro la vista en torno. Ahora el comedor le parecio mucho mas misero que al principio. Un papel matamoscas colgaba de la lampara, esta con una sola bombilla. Y todo estaba sucio y descuidado.

Por fin cabeceo varias veces consecutivas.

– Tal vez no sea mala idea… -dijo, al fin-. Podrias probar… -Marco una pausa. Y de pronto, exclamo-: ?Si yo pudiera…!

– ?Que? -preguntaron al unisono Conchi y Paz.

– No se… Que algun conocido nuestro te echara alli una mano… -Los rostros de las dos mujeres se inmovilizaron-. Pero de momento, no veo… -Subitamente exclamo-: ?Maldita politica!

Paz comprendio… Y reacciono bien.

– No te apures por eso. Me basta con que veas una posibilidad.

Matias anadio:

– Pensare, pensare… Es decir, en cuanto regrese a. Gerona pensaremos todos…

Conchi hizo un ademan esceptico.

– La verdad es que solo confiamos en ti. Ignacio vino a vernos y luego se fue al frente, y ni siquiera nos escribio una carta.

– Si, ya lo se. Pero eso no significa nada -defendio Matias-. Puedo juraros que hara tambien lo que pueda.

En ese momento, inesperadamente, Conchi se llevo las manos a la cara y estallo en un sollozo. '?Por que todo esto, por que?'.

Matias miro a su cunada. Era poco agraciada y, cuando se violentaba, su expresion adquiria una extrema ordinariez. Ahora tenia los ojos sanguinolentos y las horquillas clavadas en el mono estaban a punto de caersele.

En cambio, Paz… Y el pequeno Manuel…

– Vamos a hacer una cosa -decidio Matias-. Yo os he traido una pequena ayuda. Todo lo que he podido… No es mucho. Pero bastara para el viaje de Paz y para los primeros gastos.

– El tono de Matias era ahora seguro e infundia confianza-. Si la cosa sale mal, me escribis en seguida… ?Estamos? Y buscaremos otra solucion. Lo unico que puedo deciros es que no os abandonaremos… Os doy mi palabra.

Paz se levanto y acercandosele le dio un abrazo y lo cubrio de besos.

– Gracias, tio Matias… Gracias…

Matias se emociono. La actitud de Paz habia sido certera. El hombre no podia con su alma. Era preciso romper aquello.

– ?Lo dicho! -exclamo, procurando sonreir-. Llevamos el mismo apellido, ?no es eso?

– Es cierto. Alvear…

– ?Pues, a por otra copita! Y van tres… ?Anda, sirvela tu, Manuel! Por cierto, ?cuando oire tu voz?

Manuel abrio sus ojos -?eran los ojos de Pilar!- y se apresuro a coger la botella de anis. Pero el pulso le temblaba y no acertaba a llenar la copita.

– ?Pues si que estamos apanados!

El clima de la reunion habia cambiado. Un rayo de luz habia entrado por el balcon del comedor. Paz, que seguia en pie, dijo: '?Te quedaras a almorzar! Y nos contaras cosas…' por desgracia, no habria ni siquiera vino para celebrar aquel reencuentro; pero pondrian en la mesa un mantel limpio y la mejor voluntad.

Matias suspiro.

– Si quereis, os ayudo en la cocina.

– ?Tu quieto ahi!

Conchi se encargo de todo.

Y entretanto, Matias charlo con Paz y con Manuel. Paz le encanto. ?Lastima que vistiera tan mal y que no supiera desplegar el panuelo al sonarse! Pero era incuestionable que, en otro ambiente, pronto refinaria sus modales. Un tanto soberbia -?era eso un defecto?-, pero tenia la fascinacion que tuvo Olga en otros tiempos.

En cuanto a Manuel, imposible sacar la menor conclusion. Apenas si el muchacho pronuncio un par de frases. Solo en un momento determinado, con ocasion de mencionar Matias algo de Gerona, el muchacho se levanto con decision en busca de algo y regreso con un Atlas pequeno, en el que localizo en seguida, en el mapa de Espana, la ciudad… 'Aqui esta', murmuro el chico, senalandola con el indice. Y seguidamente acaricio con la mano la mancha azul del mar, que en el mapa colindaba con el nombre de Gerona.

La frugal comida estuvo lista en un santiamen. Conchi se excuso otra vez: 'No tenemos otra cosa, ?te haces cargo?'.

Fue un almuerzo menos triste de lo que hubiera podido esperarse. Matias se las ingenio para enderezar poco a poco la conversacion. Hablaron de 'tio Santiago', que tambien murio en Madrid, y ?como no! de Jose Alvear, a quien Paz habia conocido en una ocasion y que le parecio 'muy simpatico'. 'Por Toulouse anda -informo Matias-, haciendose llamar monsieur Bidot'. A Matias le hubiera gustado saber si Paz habia tenido novio, pero por una timidez absurda, no se lo pregunto.

A los postres -una diminuta manzana para cada uno-, Matias consiguio incluso arrancar de las dos mujeres una carcajada.

– ?A que no sabeis -pregunto- en que se parecen los billetes a los aviones?

– No…

– ?En que pasan volando!

Sirviose el cafe, que Paz saco de no sabia donde, pero resulto que en toda la casa no aparecio un gramo de azucar. 'La cocina es un desierto', explico la muchacha, con expresivo ademan.

Despues del cafe a Matias le entro un invencible sopor, debido quizas al cansancio del tren, ?y echo unas cabezadas! Entonces Manuel entorno incluso los postigos del balcon… Y Paz y Conchi aprovecharon -la siesta duro un buen cuarto de hora- para cambiar impresiones, freneticamente, en la cocina. Gesticulaban a sus anchas, ante las miradas esquinadas de Manuel, quien se preguntaba de que estarian hablando.

En cuanto Matias desperto y pregunto, azorado: '?Donde me encuentro?', vio, de pie delante de el, a su cunada y a Paz, con semblante risueno. ?Que habia ocurrido?

– Hay que ver… -dijo Paz-. No has parado de roncar. Y roncas como mi padre…

Matias se restrego los ojos. A gusto hubiera pedido un poco de agua de colonia, pero se abstuvo.

– ?Brrr…! -hizo, ahogando con la mano un bostezo. Luego dijo-: Perdon…

Paz le propuso:

– Si quieres, te enseno la galeria de atras. Es lo unico alegre de la casa: tiene unos tiestos de geranios…

A la hora del tren, Paz y Manuel acompanaron a Matias a la estacion. Salieron con el a la calle y lo colocaron en medio, andando a buen paso. Paz tomo a su tio del brazo. Era evidente que la muchacha gozaba yendo a su lado y que la alegraba que las vecinas, que habian salido a husmear, pudieran pensar 'que habia alguien que se ocupaba de ellos'.

Llegados a la estacion, Matias propuso abreviar la despedida. Asi se hizo. El hombre beso a Paz y a Manuel. Y a este le pregunto, en el ultimo momento:

– ?Y que aficiones tienes tu, Manuel?

Y Manuel contesto, rapidamente:

– Me gustaria ver el mar.

Matias abrazo de nuevo a sus sobrinos y, acto seguido, entregando el billete, penetro en el anden. Aquello los separo definitivamente. Matias se acerco al tren y anduvo inspeccionando los coches, buscando uno tranquilo. Por fin lo encontro. Antes de subir volvio la cabeza y saludo a Paz y a Manuel -?que lejos quedaban ya!- quitandose, en ademan peculiar, el sombrero…

Subio a! tren y desaparecio. Y entonces Paz, como si sus nervios cedieran de golpe, se paso la mano por la

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