Ignacio, que escuchaba particularmente interesado -recordaba los comentarios de Ana Maria sobre 'los viajes que su padre realizaba a Madrid'-, inquirio:

– ?Y quienes son los aprovechados?

Manolo se acaricio la barbilla.

– Los hay de dos clases -explico-. Los que cuentan con mucho dinero; y los que disponen de un telefono oficial… -Observando que Marta ponia cara de pocos amigos, se dirigio a ella y anadio-: Lo siento, Marta, pero es el pan nuestro de cada dia.

Marta protesto. Estaba convencida de que en todo caso 'se trataba de incidentes aislados' y de que la buena fe de la mayor parte de los espanoles sepultaria todo intento anomalo o de malsano egoismo.

Manolo nego con la cabeza.

– No te hagas ilusiones, Marta. Y no olvides que tengo algunos anos mas que tu. Nuestra raza es peligrosa, creelo. Existen personas integras como el Gobernador, y como el profesor Civil, y como tu madre… Pero existen tambien personas que estan siempre a la que salta. Y esas personas han encontrado la formula: la Sociedad Anonima. Es decir, fundan Sociedades Anonimas, en las que unos ponen el dinero y los otros el telefono oficial…

Ignacio se echo para atras en el sillon.

– ?Vaya, vaya! -exclamo-. Conque ?esas tenemos!

Esther, viendo el semblante dolido de Marta, le dijo, mirando con simpatia a la muchacha:

– Bueno, no hay que tomarse las cosas a la tremenda. ?Que creias, Marta? ?Que nuestra querida Espana iba ahora a ser perfecta? Deberias acostumbrarte a aceptar los hechos tal y como se presentan.

Marta no estaba para consejos. Pese a que recordo que el propio Mateo le habia dicho: 'Como no vigilemos de cerca, se aprovecharan de la guerra los obispos y los terratenientes', no dio su brazo a torcer. Dijo que no era en absoluto cuestion de 'aceptar las cosas tal y como se presentasen'. El sacrificio habia sido demasiado duro para permitir que se volviese a las andadas.

Ignacio, viendo la cara de Marta, entendio que aquello estaba desembocando en un callejon sin salida y decidio cortar.

– De todos modos -dijo-, si no existieran estas cosillas, Manolo tendria que cerrar el bufete, ?verdad?

– ?Ah, claro! -contesto el aludido-. Todo es cuestion de tiempo. Cualquier dia llama a la puerta un mirlo blanco y me da ocasion de lucirme…

Esther, que tambien queria zanjar el asunto, exclamo:

– ?Lo veis? Lo que quiere es lucirse… Ya salio el pavo real.

Manolo e Ignacio se rieron. Y este propuso:

– ?No dijisteis que teniais en casa un belen como Dios manda? Me gustaria mucho verlo ?A ti no, Marta?

Esther acepto encantada. Se levanto sin mas, y una vez de pie, ?que hermosa era!, se inclino para marcarse la raya del pantalon. Seguidamente anadio:

– Cuando querais vamos al cuarto de los ninos.

Todos se levantaron. Marta tuvo que hacer un esfuerzo, pues el dialogo le habia dejado mal sabor.

El cuarto de los ninos, de Jacinto y Clara, era tan original y agradable que actuo de balsamo. Juguetes aqui y alla y, en las paredes, pintadas con vivos colores, figuritas representando a los protagonistas de los mas populares cuentos infantiles.

?Ah, el belen! Era rustico y encantador. Lo habian instalado en la mesita de cabecera, entre las dos camas de los chicos. La cueva era de corcho, con la estrella y las figuras de la Virgen, de San Jose, del asno y del buey. Al fondo montanas, tambien de corcho, y un caminito por el que avanzaban los Reyes Magos, que todavia quedaban lejos.

Esther tomo al rey negro y dijo:

– Ahi teneis una muestra de mi arte…

– ?Como?

Ignacio tomo la figura en sus manos y le dio varias vueltas.

– Pero ?tu haces eso?

– ?Aja! Tengo mi pequeno secreto…

Manolo bromeo:

– Si, un secreto de barro.

Marta habia terminado por integrarse al grupo. Por un momento envidio a Esther, persona multiple. La felicito por sus dotes de 'ceramista'. Luego miro con detenimiento aquel cuarto y sono con tener algun dia en 'su hogar' otro igual para sus hijos; y tal pensamiento la emociono.

Regresaron a la sala de estar. Antes Ignacio pidio permiso para ir al lavabo -donde un eficaz desodorante le llamo la atencion-, y al reunirse con los demas, otra vez en torno a la chimenea, se encontro ?con que Esther habia encendido una pequena pipa! Una pipa… alemana, obsequio del Gobernador.

Aquello dejo fuera de combate al muchacho. Decididamente, Manolo y Esther eran excitantes. Tenian estilo. Ignacio sintio repentinos deseos de ponerse a su altura, de impresionarlos a su vez. Sintio ganas de soltar una de sus parrafadas, pues sabia que, hablando, a veces su cerebro se ponia febrilmente en marcha y que entonces era capaz de establecer tambien hermosas asociaciones mentales.

Lo dificil era encontrar el tema adecuado. Viendo de reojo el arbol de Navidad se le ocurrio una idea. Dijo que en los paises nordicos, al acercarse el veinticinco de diciembre, se produciria en los bosques de abetos un panico tremendo. Los pobres arboles debian de saber que llegarian inexorablemente hombres con sierras y hachas, dispuestos a efectuar la gran exterminacion.

La fabula no obtuvo el exito esperado.

– ?Jesus! -exclamo Marta-. Un poco tetrico, ?no crees?

Entonces Ignacio, que estaba excitado, vio el tocadiscos al lado de Manolo y recordo que este era un apasionado de la musica de jazz. Impelido a hablar, efectuo un viraje.

– ?Quereis que os cuente lo que sone anoche? Pues vereis… Sone que yo era un fox lento… Todo el mundo bailaba a mi alrededor, con calma y ritmo. Y de pronto, mi nariz se convertia en saxofon…

– ?Eso esta mejor! -admitio Manolo, moviendo la cabeza en signo aprobatorio.

Esther musito:

– Extrano mundo el de los suenos…

El tono de la voz de Esther fue inesperadamente serio. Ignacio la miro. Al mirarla penso en las toscas figurillas de barro que la mujer de Manolo modelaba por su cuenta. Relaciono esas figurillas con el recuerdo de Cesar, que tambien habia pintado imagenes en un taller, en el taller Bernat. Entonces se emociono mas aun que Marta al pensar en la posible habitacion de 'sus hijos' y hablo de Cesar y de su proceso de beatificacion.

Ahi acerto definitivamente. Manolo habia oido hablar de ello en la Audiencia y el asunto le interesaba sobremanera, incluso desde el punto de vista juridico, dado que por aquellos dias hojeaba precisamente unos articulos del Derecho Canonico…

– ?Que hay de eso? Cuentame…

Ignacio se excuso, alegando que desde el punto de vista juridico no podia decir nada, excepto que, al parecer, y segun un informe recogido por Pilar en alguna parte, mosen Alberto, ?precisamente el!, se encargaria de buscarle los defectos a su hermano…

– Ah, si, el 'abogado del diablo'… -tercio Manolo.

– Eso es -admitio Ignacio. Luego anadio-: ?Defectos a mi hermano! Tiene gracia…

El muchacho se disparo. El, por supuesto, no se sentiria capaz de encontrarle ninguno. El recuerdo de su hermano era puro, puro absolutamente. Hasta el extremo que en mas de una ocasion le impidio a el cometer tonterias. O algo peor que tonterias.

Ahora bien, en todo aquello habia puntos oscuros. ?Como podia la Iglesia afirmar que una persona era santa y que se encontraba en el cielo? El tuvo la desgracia de ver los restos de Cesar en el cementerio, con motivo de su traslado al nicho de propiedad familiar. Eran 'restos' nada mas. Como los de todo el mundo. Por otra parte, ?como era el cielo? ?Y donde se encontraba? Ni siquiera el padre Forteza, que tanto amaba las Altas Norias, acertaba a definirlo con precision. 'Todo esto es un poco complicado, ?no creeis? Confieso que a veces me armo un pequeno lio'.

Marta se asusto de nuevo. No veia la menor necesidad de saber donde estaba el cielo; le bastaba con saber que existia. En cuanto a los restos de Cesar, tambien ella los habia visto. Y la impresionaron muchisimo. Pero de

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