su vision y de su miseria no saco tan escepticas conclusiones, sino todo lo contrario. Porque lo que valia de Cesar era precisamente el alma.
– No se por que hablas asi, Ignacio. No se lo que te ocurre, la verdad…
El muchacho torcio el gesto… Entonces Manolo intervino y lo hizo con mucha autoridad. Admitio que costaba comprender el problema de las beatificaciones, pero anadio que ello no afectaba para nada a las verdades fundamentales de la fe. Sin contar con que la gente necesitaba de simbolos, y no solo para creer, sino tambien para vivir.
– En fin… -concluyo, dirigiendose a Ignacio-. Estoy seguro de que, con todas tus dudas, de vez en cuando le rezas a tu hermano…
Ignacio se ruborizo, corno si le hubiera pillado en falta. Por fin acepto:
– Pues… si. Le rezo a menudo.
Intervino Esther.
– Mas bien quieres decir… que le rezas todas las noches.
Ignacio sonrio.
– En efecto, asi es… -admitio.
Marta, en un imprevisto arranque carinoso, tomo la mano de Ignacio y, acercandola hacia si, deposito en ella un beso.
– ?Que es lo que le pides exactamente? Anda, dinoslo…
Ignacio se levanto, tambien de improviso. Se acerco a la chimenea. Tomo con las tenazas una brasa locamente enrojecida y la contemplo. El fuego ilumino por un momento su cara, que iba haciendose angulosa. Todo el mundo permanecia expectante: hubierase dicho que la tortuga Berta apareceria de un momento a otro procedente del despacho.
Por fin Ignacio contesto:
– Ultimamente… no le pedia mas que una cosa: que la enfermedad de mi madre no fuera nada malo…-Tiro la brasa al fuego-. A partir de esta tarde, le pedire tambien, con mucho mas fervor que antes de entrar en esta casa, aprobar en junio los examenes y regresar con el titulo de abogado en el bolsillo…
La flecha le salio certera, entre otras razones porque lo que acababa de decir lo llevaba en la mente desde hacia mucho tiempo… El caso es que sus palabras produjeron otro silencio, esta vez con distintos matices.
Por ultimo Esther empezo a sonreir. Y Manolo aplasto la colilla en el cenicero y, mirando con fijeza a Ignacio, cabeceo varias veces consecutivas.
– Conque… eso es lo que deseas, ?eh?
Ignacio se volvio hacia el y le sostuvo con dignidad la mirada.
– Si, eso es lo que deseo, Manolo. Que cuando sea abogado… me invites otra vez a tomar el te.
Manolo se levanto tambien. Nadie sabia lo que iba a hacer. Por fin se volvio de espaldas.
– A tomar el te… en mi despacho, ?no es eso?
– Eso es. En tu despacho…
Manolo viro en redondo y solto una carcajada.
– ?Trato hecho! -exclamo.
Ignacio se quedo clavado en la alfombra.
– ?Hablas en serio?
– ?Como! ?Es que los catalanes, tratandose de negocios, acostumbramos a bromear?
Esther, que sentia gran simpatia por Ignacio, anadio:
– ?Hala! ?A que esperais? A sellar el pacto…
Manolo e Ignacio, sonrientes, se acercaron y se dieron un fuerte apreton de manos.
El clima de la reunion habia pasado a ser de euforia. Manolo propuso un brindis. Esther toco la campanilla llamando a la doncella. Entretanto, Marta se habia levantado tambien y acercandose a Manolo le dio un sonoro beso en la mejilla.
Manolo fingio escandalizarse.
– ?Nunca hubiera creido -dijo- que, por amor a Ignacio, me besaras a mi!
Todos se rieron y Marta comento:
– ?No me conoces! Pienso darte muchas sorpresas…
Fue destapada una botella de champana, anticipo de la Navidad, que burbujeo de emocion. Con la copa en alto Manolo se creyo en la obligacion de ensenarle a Ignacio -?a que esperar mas?- el bufete en que el muchacho trabajaria… 'si en junio se traia efectivamente el titulo en el bolsillo'. Ignacio, al entrar en el despacho, respiro tan hondamente, como para empaparse de golpe del secreto de todos los pleitos perdidos, que el polvillo de los libros se le introdujo en las fosas nasales… ?y estornudo! Exactamente lo que solia ocurrirle al senor obispo cuando hablaba con Agustin Lago.
Ignacio y Marta recuperaron sus abrigos y se despidieron efusivamente de Manolo y Esther. Bajaron silenciosos la escalera. Fuera habia oscurecido por completo. Sin embargo, consiguieron leer de nuevo la placa de la puerta: Manuel Fontana, abogado.
El aire frio de la calle les azoto el rostro e Ignacio se subio el cuello del abrigo. Marta tomo otra vez la mano del muchacho y, pese a los guantes, le parecio que notaba su calor.
Sentianse aturdidos. ?Todo aquello era tan insolito, tan importante! Titubeaban, no sabian que hacer. Los iluminados escaparates de Navidad los deslumbraban. La emocion los habia fatigado.
Marta propuso:
– ?Por que no vamos un momento a la iglesia? ?Al Mercadal?
Ignacio no opuso resistencia.
– Bueno.
Fueron al Mercadal. La penumbra del templo resultaba agradable. Habia mucha gente. Delante de los confesonarios se habian formado pequenas colas.
Se arrodillaron en una de las ultimas filas. Marta hundio su cabeza entre las manos. Ignacio hizo cuanto pudo para concentrarse, pero finalmente desistio. Entonces opto por observar.
Lo primero que advirtio fue que estaban pintando el fresco mural del alta mayor. Un enorme andamiaje cubria este casi hasta el techo. Sin embargo, por la parte de arriba asomaba ya, rebosante de purpurina, el Padre Eterno. ?Por que la Iglesia no se renovaba? ?Por ventura los simbolos de que Manolo hablo debian ser forzosamente tan ingenuos?
Ignacio siguio observando: de pie en un altar lateral, el doctor Andujar y su esposa, dona Elisa. Movian los labios turnandose, rezando en voz baja. El altar era el de la Virgen del Carmen. La actitud del doctor, siempre vestido con severidad, infundia respeto. Miraba con fijeza a la Virgen como si esperara que de un momento a otro lo iluminara para curar a la mujer del Responsable, que debia de seguir izando en el Manicomio aquella pancarta que decia: 'Soy feliz'. Deciase que los santos estaban locos. ?Asi, pues, los locos no debian confesarse? El doctor Chaos hubiera dicho que los cuerdos tampoco…
En otro altar, ?el de San Pancracio, santo que proporcionaba trabajo! la Andaluza… ?Que barbaridad! Con una mantilla preciosa que le cubria la cabeza y los hombros. ?Simpatica mujer! Se pintaba los labios de un rojo violento, de un rojo identico al de la famosa blusa veraniega de Paz…
Y la gente entraba y salia continuamente… ?Bueno, era el signo de los tiempos! Ahora habia que ir a la iglesia. En la manera de tomar agua bendita y de hacer la genuflexion, se notaba que muchos hombres estaban poco habituados a tales ceremonias.
?Ah, he ahi al conserje del Gobernador! Aquel que limpiaba a diario el retrato de Jose Antonio y solo una vez a la semana los de los demas personajes. Llevaba de la mano dos ninos que parecian gemelos. El conserje se separo de ellos un momento, fue a buscar un cirio y lo clavo como una banderilla en un gran candelabro que habia en el altar mayor.
Ignacio se canso de pasar revista y miro a Marta. ?Por quien estaria rezando? ?Por el? ?Por su padre, el comandante Martinez de Soria? Sin duda estaria dandole gracias a Dios por el feliz resultado de la entrevista con Manolo y Esther.
Ignacio penso que deberia imitarla. Y que tal vez debiera incluso confesarse. ?Cuanto tiempo llevaba sin hacerlo? ?Por que no aprovechaba la ocasion? 'El martes. El martes ire sin falta a ver al padre Forteza y me confesare'.
En ese instante vio que la Andaluza se acercaba al cepillo de San Antonio y depositaba en el varias monedas,
