En el cafe Nacional, la tertulia de Matias habia acordado hablar lo menos posible de la guerra. Galindo, soltero, estuvo contundente: 'Hay que vivir'. Matias, pese a su hipertension y a la ausencia de Mateo, voto como los demas.
Su entretenimiento, ahora, ademas del domino y de los comentarios sobre los estraperlistas que por orden del camarada Montaraz se pasaban veinticuatro horas seguidas en el escaparate, eran los anuncios de La Vanguardia, de reciente adquisicion. Carlos Grote sostenia la tesis de que los anuncios de los periodicos marcaban la pauta de la salud de la nacion.
– Fijaos en esto. 'Prestamos! Compro pianos, pianolas, discos, radios. Pago mas que nadie. Compro auriculares usados. Compro pieles, cajas de caudales'. Quien puede comprar auriculares usados? Y quien puede venderse una caja de caudales?
Marcos, por su parte, iba a parar siempre al mismo tema.
– Y que me decis del doctor Juan Jimenez Vilches? 'Sexologia. Debilidad nerviosa y sexual. Agotamiento. Aragon, 277. Festivos de 11 a 1'.
Matias comentaba:
– Eso me interesa a mi…
Anuncios para curar los callos. Barachol contra la sarna. Hipofosfitos Salud: 'Amigas mias, si estais anemicas, palidas e inapetentes, temed y cerrad el paso a una posible tuberculosis con este reconstituyente'. 'Productos Tokalon. Mi marido no podia creer lo que veian sus ojos. Dice que parezco diez anos mas joven'.
Matias comento:
– Eso le convendria a mi mujer. Tokalon… -y todos soltaron una carcajada.
Era el desahogo de aquellos seres a los que el camarero Ramon decia siempre: 'Lo peor de las guerras es que le impiden a la gente viajar'. Un dia se enteraban de que la Diputacion de Madrid habia concedido al Caudillo la cedula de Primer Contribuyente. Otro dia de que una gata llamada Ramona, en Pontevedra, habia heredado 30000 pesetas. Cualquier cosa distendia el animo y los espejos del local le devolvian a Matias sus inconfundibles sonrisas.
Fuera del cafe Nacional, Matias encontraba tambien motivos de diversion. Por ejemplo, se celebro la ofrenda del Cuerpo de Telegrafos a su patron, Santiago. Fue enviada desde Madrid una lampara votiva a Santiago de Compostela. Dicha lampara llevaba la inscripcion: El Cuerpo de Telegrafos a su patron, el apostol Santiago. Matias sonreia, porque el doctor Andujar le habia dicho que Santiago no estuvo nunca en Espana.
A seguido, se celebraron en la catedral una serie de conferencias sobre el matrimonio cristiano. El orador sagrado era mosen Oriol, el de la voz tronitronante, catedratico del seminario. El sacerdote hizo un canto del celibato y de su valor moral segun los Santos Padres. Carmen Elgazu, que no quiso perderse una sola conferencia, estaba entusiasmada. Por fin, Matias le dijo:
– Si fueramos celibes, no habrias parido a tus tres hijos y Pilar no tendria ahora a Cesar… -y Carmen Elgazu no supo que contestar.
Poco despues el protagonista fue el doctor Chaos. Con el permiso del camarada Montaraz, dio una charla sobre fecundacion artificial de animales. Al enterarse Carmen Elgazu fustigo al doctor. 'Fecundacion artificial! Que dices a esto?', le pregunto a Matias, como si buscara la revancha, el desquite. Matias contesto: 'Yo no digo nada. Pero habla con Ignacio, que ha salido deslumbrado por las teorias del doctor'.
Ignacio fue interrogado al poco rato. En efecto, el tema de la fecundacion artificial, del que ya le habian hablado Moncho y Eva, le cautivo. Era una puerta abierta a Dios sabia que adelantos cuando la tecnica se hubiera perfeccionado. Incluso, segun Moncho, existia la posibilidad de probar con seres humanos. 'Tremendo, madre! Tremendo! Y la Iglesia debera tragarse este sapo, como se ha tragado tantos otros desde Galileo'.
Carmen Elgazu, que imagino que Galileo era un 'fecundador', arremetio contra su hijo. Ah, esos libros que leia, esas religiones que salian de Pekin, si no recordaba mal el nombre! Protestantes. El doctor Chaos debia ser protestante, como ella se habia enterado de que lo eran Churchill y Roosevelt, motivo por el cual 'una servidora desea que ganen los alemanes'.
El pequeno Eloy estaba a la escucha desde la puerta de su cuarto, en el cual brillaba el futbolin. Ignacio se dio cuenta y le pregunto:
– Tu, radioescucha… Que opinas de la situacion del mundo?
Eloy alzo los hombros. No sabia que responder. Finalmente, dijo:
– Yo no se muy bien, pero me parece que hubo una guerra y que la perdimos los pobres…
El padre Forteza, con sus grandes ojeras y sus calcetines blancos, no habia modificado un apice sus costumbres, en el centro de las cuales se encontraba la alegria, pese a que ahora andaba preocupado por lo que pudiera ocurrirle a su hermano misionero en el Japon, en Nagasaki.
Alto y aristocratico, con lentes de montura de plata, 'su figura continuaba recordando a Pio XII, en el supuesto de que Pio XII hubiera sabido sonreir'. 'No es posible!', exclamaba siempre. Cualquier cosa le producia asombro, empezando por el hecho de respirar y vivir. En la farmacia Rovira, de la Rambla, habian puesto en el escaparate la figura de un hombre de cristal, que por transparencia permitia ver todos los huesos, los musculos, las visceras y que se encendia y se apagaba. El padre Forteza no pasaba delante de el sin guinarle el ojo y dedicarle un saludo.
La comunidad jesuitica del padre Forteza habia recibido un refuerzo a primeros de ano: el padre Pedro Jaraiz, de unos cuarenta y cinco anos, natural de Burgos, de facciones angulosas, muy vital, que se caracterizaba por su falangismo acerrimo y por su voracidad a la hora de comer.
– Seria una calumnia decirte que eres un asceta -le espeto el padre Forteza.
– En efecto. No se por que, pero tengo necesidad de comer cada tres o cuatro horas. Un medico castrense me dijo que ello podia deberse a una hernia diafragmatica que parece ser que Dios me dio. Pero en fin. No quiero dramatizar. Se que mi pecado es la gula. Supongo que mas tarde detectare cual es el tuyo.
El padre Forteza y el padre Jaraiz eran la cara y cruz de la moneda. Sus ideologias eran dispares, empezando por la manera de decir misa y terminando por la interpretacion del Apocalipsis. El padre Forteza llevaba colgando de la sotana un rosario; el padre Jaraiz una medalla militar que, sorprendentemente, el obispo no le prohibio.
– Estuviste en Burgos toda la guerra?
– No, no! No iba a pasarme los dias contemplando la catedral. Estuve en muchos frentes, sobre todo, en el Sur. Asisti a muchos moribundos; hacia el final, me destinaron a prisiones y asisti a los condenados a muerte…
El padre Forteza no pudo evitar un gesto de alivio. Desde que mosen Falco se alisto para ir a Rusia, le toco de nuevo a el cuidar de las almas encerradas en la carcel y de los condenados a la ultima pena. Sospecho que el padre Jaraiz, dado el tono neutro, seguro de si, con que se habia expresado, podria relevarlo del cargo. Se lo propuso y el padre Jaraiz se acaricio el menton. 'Si ello te hace feliz, se lo pediremos al obispo y santas pascuas'. Dicho y hecho. El doctor Gregorio Lascasas le nombro para ese menester. Y el padre Jaraiz no puso la menor pega. Al contrario. 'Eso de consolar se me da bien'. El jesuita burgales habia aprendido en las centurias de Falange que las lagrimas solian ser secreciones inutiles.
La convivencia de ambos discipulos de san Ignacio iba a resultar un poco dificil. Pero la cosa no pasaria a mayores. La celda del padre Forteza continuaria repleta de ropa tendida a secar y el continuaria llevando aquel reloj de bolsillo del que, al levantar la tapa, sonaba la musiquilla de los peregrinos de Lourdes; la celda del padre Jaraiz estaba bien provista de libros patrioticos y de chocolate y botes de mermelada. Las mujeres continuarian haciendo cola para confesarse con el padre Forteza; los hombres acabarian prefiriendo al padre Jaraiz, porque era tajante y escueto en su sermoneo y muy benevolo en lo referente a la inevitable penitencia. Cuando algun fiel se culpaba de haber pecado de gula, el jesuita falangista tenia un acceso de tos. No se atrevia a fumar, pero usaba con frecuencia rape, por lo que su confesonario olia a demonios.
El obispo Gregorio Lascasas estaba contento con la nueva adquisicion, pese a intuir que le acarrearia algun problema. Por ejemplo, en una de las homilias dominicales, el padre Jaraiz solto desde el presbiterio que Hitler, al
