recuerdos, todo le caia encima a ella, le daban ganas de morirse. ?Que espantoso era vivir sola! No se lo deseaba a nadie.

De pronto Isidoro levanto la voz como cuando pretendes cortar de raiz las exigencias de un nino malcriado.

– ?No estas sola, mama, venga ya, no me hartes! Nieves y yo te tratamos de cine. ?De cine! No se que mas puedes pedir. Y encima currando todo el santo dia. ?Que problemas te caen encima a ti? Contesta. A ver. Contesta.

Pero no contesto.

– Y sola porque quieres -siguio el, cada vez mas excitado-. Mucho mas sola estabas antes, el doble de sola, y encima machacada. ?Echas de menos eso? Pues nada, si es lo que te va, me compro un latigo y lo estreno contigo. Hace falta ser masoca, perdona que te lo diga, para idealizar a papa, que en paz descanse. De muerto sonreia, acuerdate, necesitaba irse.

Surtio efecto. Siguio un silencio entrecortado a ratos por algun hipo debil. Luego se oyeron pasos cerca y una television que se encendia en el cuarto de al lado.

Cuando se abrio la puerta y entro Isidoro trayendo en la mano una bandeja con dos bocadillos y dos coca- colas, yo estaba empezando a pensar en dejarle una nota encima de la mesa y marcharme sin despedirme. No porque se me estuviera haciendo larga la espera ni nada, que a casa no tenia ganas de volver y en aquel despacho me encontraba como dentro de una novela. Sino porque la ilusion de que Isidoro y yo pudieramos ser dos colegas de la misma edad y con problemas parecidos se habia derretido como un terron de azucar en un vaso de agua. El era de verdad y yo de mentira. El era un hombre y yo un vil nene. Todas las preguntas que alguna vez habia apuntado para hacerselas cuando lo viera me parecian ninerias de Peter Pan. Solo me importaba saber como se las arreglaba para vivir, que unguento se echaba por las noches para curar los aranazos de aquellas broncas con su madre. Ni siquiera sabia si a su padre lo habia querido o no. ?Como acertar a tenderle una mano?

Dejo la bandeja encima de una mesita, se sento en el sofa a mi lado y cogio un bocadillo que empezo a comer con ansia.

– Son de jamon -dijo-. Yo tenia mucha hambre, tu no se. Por si acaso, te he traido uno.

Alcance mi bocadillo sin decir nada y abri las coca-colas mientras el apoyaba la cabeza en el respaldo del sofa. Suspiro, cerro los ojos y pregunto que hora seria. Yo no llevaba reloj -le dije-, pero acababan de encenderse las luces en la calle, y cuando venia para aca el sol se estaba poniendo.

– De todas maneras, ahi encima de la mesa he visto que teneis un reloj.

– Si. Pero esta parado -dijo-, le tengo que dar cuerda. El se la daba cada tres dias. Con lo olvidadizo que era, de eso no se olvidaba nunca. En cuanto le de cuerda, todo volvera a echar a andar. Pero antes hay mucha tarea, muchisima, a veces me agobia. Y cada cosa lleva su tiempo.

Fue cuando me dijo que aquel despacho era de su padre y que ahora queria arreglarlo para el, pero no sacaba tiempo ni valor para ponerse. De todos los cajones salian principios de ensayos y novelas de su padre, cientos, miles, y no lo podia soportar. Lo invadian todo aquellos folios y cuadernos; asfixiaban solo con asomar, tenian ojos de reptil. Hasta que no tuviera coraje para encender una hoguera monumental y quemar todos aquellos papeles malditos, ?de que servia darle cuerda a ningun reloj? El tiempo seguiria parado, pudriendolo todo. No mirarlos mas, cortar por lo sano, el fuego purifica. Lo primero era decidir en serio aquello, que no quedara ni rastro de una obsesion inutil, conjurarla, librarse del maleficio.

– ?Conseguiste tu destruccion y la nuestra, si, trajiste el infierno a casa! -concluyo, mirando hacia la mesa.

Le ardia la cara, se habia ido exaltando cada vez mas. Le dio un trago largo a la botella de coca-cola y luego bajo los ojos desconsolados, como si esperase una reprimenda del fantasma al que se dirigia. Hay que echarle valor para hablarle asi a un muerto.

Espere un poco sin hablar, pero aquel silencio, solo interrumpido por el masticar de los bocadillos, no lo aguantaba.

– ?Tu padre era escritor? -le pregunte, por fin, timidamente.

– Eso queria, si. Unas veces lo decia y otras se avergonzaba de haberlo dicho. O se olvidaba. Y se ponia como un tigre cuando alguien le preguntaba que que tal el libro que se traia entre manos. Llegaba al insulto y a la bronca. ?Que libro? ?De donde habian sacado patrana semejante? El era librero, ?cuando habia aspirado a otra cosa que no fuera vender libros? Pero era su veneno de siempre, desde antes de casarse. Me lo ha contado el tio Luis, que es hermano de mama. Y que mi padre sabia muchas cosas, muchisimas. El chico mas brillante de Segovia, lo habia leido todo. Y una memoria de elefante. Pero su cruz es que no era capaz de terminar nada de lo que empezaba. No queria reconocerlo. Se defendia atacando. Y se le fue metiendo el demonio en el cuerpo. Al final bebia como un cosaco, porque asi creia ver las cosas mas claras. De cirrosis murio, estaba cantado. A manos de su propio monstruo. ?Pobre papa! Descanse en paz.

Habia dejado el bocadillo sin acabar encima de la mesita y se tapo la cara con el brazo. No me pedia excusas, pero tampoco me decia «Vete», y yo esperaba en ascuas a que siguiera hablando. Pero de lo que mas miedo tenia es de que se echara a llorar. De la calle subian pocos ruidos, nada mas se oia el rumor de la television al otro lado del tabique. Puse una mano sobre la rodilla de Isidoro. Llevaba vaqueros.

– Querias mucho a tu padre, ?verdad? -le pregunte con la voz mas dulce que pude.

Se destapo la cara y me miro fijamente. Le brillaban mucho los ojos.

– Al que me enseno todo lo que se y me aficiono a buscar la verdad en los libros, a ese lo adoraba. Y el a mi. El otro no queria a nadie y solo podia criar odio. Al otro lo odiaba y seguire odiandolo mientras viva. Es que eran dos, ?entiendes?

XVII. EL TRIUNFO DE MISTER HYDE

Hay frases -y eso pasa igual en el cine- que se quedan sobresaliendo como montanitas coronadas de luna. Y cuando vuelves la cabeza, intentando recuperar la ruta de un viaje que fue complicado, son las primeras que vienen a tu encuentro, breves pero totales.

Y tirando de ellas sale todo lo otro: lo que vino antes y lo que faltaba por venir. Se ordena, lo entiendes. Pues yo, cuando repaso -queriendo o sin querer- las etapas de aquel trece de mayo, no es mi despertar con aleteo lo que se sobrepone, ni el retrato de Enrique IV ni mi encuentro con Nieves. He llegado, por donde sea, da igual, a un despacho con mirador y vigilo inquieto a mi amigo Isidoro, que se ha tapado la cara con un brazo. Y de pronto se inclina hacia mi y me dice, a cara descubierta, con voz reconcentrada:

– Es que eran dos, ?entiendes?

Y yo me sobrecogi, lo mismo que ahora al recordarlo, porque inmediatamente supe que lo entendia.

Y es porque se me vino a la cabeza, como un rayo, aquel cuento que me conto Fuencisla de la senora que hilaba tiempo en un cuarto escondido en casa de mi abuela Baltasara, y que a ratos se convertia en ella y se parecian. Lo habia escuchado como un cuento, como algo que no puede ser verdad. Pero ahora me daba mas miedo. Si el padre de Isidoro eran dos, tambien podia existir, metida en un cuarto secreto, la senora que hilaba tiempo.

De todos los libros que nos rodean pueden saltarnos a la cara historias que se nos pegan a la piel capaces de convertirse en verdad. Para mi el padre duplicado de Isidoro era mas bien personaje de libro, pero como aquel fue su despacho, igual estaba escondido detras de algun mueble oyendonos, escuchando su propia historia. Porque la muerte pudo llevarse solo a uno de los dos. ?Y cual de los dos habria quedado? A mi el malo me daba mas pena.

– ?Se parecian? -pregunte.

– Al principio si. Luego cada vez menos. ?Ves esa trampilla en el suelo?

Mire. Cerca de la chimenea, siguiendo la indicacion de su dedo, habia efectivamente una trampilla en el parquet con una argolla y un pasador.

– Pues cuando se convertia en el otro -continuo Isidoro- subia por una escalera vertical, corria el pasador de la trampilla y atrancaba la puerta del despacho. Le daba la ventolera de un instante a otro; podia dejar a un cliente con la palabra en la boca, sin decirle siquiera «Ahora vuelvo»; era cuando le entraban «las ganas de

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