Cuando ya casi a las dos se pusieron de pie los justicias, Manuel Garcia
Ya en la glorieta de la plaza miraron hacia la iglesia. En la puerta seguia Jose Lorenzo el ingeniero, en un sillon confortable, como dijo Manolo. Sin nadie alrededor, dormia con la barbilla clavada en el pecho.
Se acercaron con cuidado. El sillon tenia la tapiceria color verde oscuro. A Jose Lorenzo alguien le habia echado un mantoncillo fino sobre todo el cuerpo, pues llegaba a cubrirle las piernas, para aguantar la amanecida.
– ?Quien le iba a decir que pasaria asi esta noche?
– A lo mejor tenia tragada alguna soledad parecida.
– Veo, Manuel, que te inclinas a los que piensan peor.
– No, los que piensan peor creen que la asturiana tenia un amante que se la llevo en el ultimo momento.
Se acercaron despacio. El ingeniero, con su uniforme y las manos sobre la barriga, dormia con la boca abierta y echando de vez en cuando, que bien se oia, hacia el campanario de la iglesia, un ronquido.
– Se quedo el pobre completamente solo.
– Es que, Manuel, acompanar a un loco los primeros ratos de su enfermedad distrae mucho, pero luego, y sobre todo a estas horas, debe pesar.
– Nunca pense que uno pudiera volverse loco en un momento.
– … Las cosas vienen de largo, pero encauzadas y luego, cuando menos se piensa, o hay un estimulo especial, dan la cara, llega el momento. ?Te parece?
– Si, desde luego… Todos tenemos nuestro tren loco, que va por el tunel del disimulo, hasta que un dia, por cualquier cosa, le entra la luz, y nos lo ve todo el mundo.
– Yo le dije a su hermano que le dieran un valium y asi que estuviera roque se le llevaran a casa. Pero el debio olerselo y no ha querido tomar ni agua.
– Menos mal que no hace ni pizca de frio… Ni lo va a hacer… Voy a mirarle a ver si lleva cuartos encima.
Plinio lo registro, pero no llevaba nada. Solo las llaves y un panuelo.
El hombre ni noto que lo registraban.
– Vamos a decirle al guardia de puerta que no lo pierda de vista.
– Vaya noche de boda, Manuel… Y despues, a descansar un rato, que nos lo tenemos merecido… Que cada uno es el dueno de su propio destino.
– El dueno, pero con un poco de ayuda, Manuel.
Despues de hablar con el guardia de puerta, y ya en la esquina de la calle de Socuellamos, volvieron la cabeza.
Como don Lotario no trajo el coche, cada cual se fue andando a su redil por las calles totalmente solitarias.
Apenas habia empezado a clarear cuando sono el telefono seco, escandaloso, rompiendo todos los silencios de la casa de Manuel Gonzalez, alias
– ?Quien? ?Quien? ?Quien?
Estuvo escuchando unos momentos y dijo al fin:
– ?Que no hara dos horas que se acosto, el pobre! Espera.
Volvio con su chancleo. No quiso encender la luz de la alcoba. Solo alumbro el patio y el cuartejo de la «tele».
Se acerco a los pies de la cama. Lo llamo con voz suave:
– Manuel… Manuel…
Pero Manuel no respondia. Se decidio a moverle un hombro.
– Manuel… Manuel…
– ?Que?… ?Que?… -dijo al fin, puneandose sobre los ojos.
– Que te llaman por telefono.
– ?Quien?
– Cerezo, el cabo de guardia.
– ?Y que te ha dicho?
– A mi nada. Vaya este. Te lo quiere decir a ti, su jefe.
Manuel se sento en la cama.
– ?Que hora es?
– Las cuatro -y le arrimo las zapatillas.
Y salio pasillo adelante rascandose la cabeza.
– Si… ?Que hay, Cerezo?
– Nada, jefe, que me he
– ?A otro dormido?
– Si… O mareado, lo que sea, porque el tio, por mas que lo meneo, no se despierta.
– ?Y se sonrie?
– Mas bien si, como si le diera gusto algo por dentro.
– ?Y el ingeniero?
– Sigue roque.
– ?Se ha acercado algun coche por alli ultimamente?
– No. El de puertas no ha visto nada.
– ?Entonces lo habran llevado a cuestas?
– Lo que haya sido ha debido ser en un segundo y con mucho disimulo.
– ?Y quien es?
– No lo conocemos.
– ?Y esta arrimado al ingeniero?
– Animadisimo, al pie del sillon donde esta el chalado.
– Bueno, bueno, voy para alla, en seguida… Si que voy, me interesa mucho. Hasta dentro de un ratillo.
A
Cuando desemboco en la plaza se fue derecho para la iglesia. Junto al ingeniero, que dormido seguia, ahora con ambas manos en la entrepierna, estaba Cerezo, don Lotario y, claro, el otro dormido, el forastero.
– ?Pero bueno, don Lotario?
– Ya ves -dijo restregandose los ojos.
– Como se que le gusta tanto acompanarle, me tome la libertad de despertarlo tambien, jefe.
– Has hecho bien, Cerezo -dijo
– Tiene pinta de camionero -dijo Cerezo.
– Demasiado fino para eso. Va con trazas de eso, pero mirele usted las manos que tiene tan finas. ?Habeis
