El ingeniero seguia sobre el sillon, igual de dormido y doblado que antes, pero cubierto con una gabardina.

– Alguna de la vecindad, que le ha dado lastima.

– Apenas cuaje la manana esto se vuelve a llenar de gente para ver el espectaculo.

Poco a poco empezaron a pasar coches, camiones, motocicletas y tractores.

– Digan lo que quieran, en estos tiempos los bares y las bunolerias las abren a unas horas muy senoritas -dijo don Lotario con boca reseca.

– Todo tira mas hacia la discoteca que hacia la bunoleria… ?Y con que habra sonado este pobre hombre en su noche de no boda?

– A lo mejor ha sonado que dormia tan tranquilo como esta durmiendo, porque al fin ha ocurrido lo que toda su vida temio que ocurriria cuando llegase la hora.

– Manuel, de pronto dices cosas que lo dejan a uno turulato… Como si fueses todavia mas listo de lo que eres.

Plinio no pudo contener la sonrisa.

– Es un decir, porque como usted, no se lo que ha pasado.

Asi estaban las cosas cuando se detuvo un coche frente al casino. De el se bajo Felipe, el hermano del ingeniero, su hermana, su cunado y Juan, el vecino de toda la vida. Como satisfechos de ver aPlinio y don Lotario, junto al novio dormido, avanzaron muy despacio hacia la puerta de la iglesia. El sol ya asomaba por la calle de Socuellamos a ras de suelo y ruedas.

– Buenos dias, Manuel y don Lotario… ?Sigue dormido?

– Ya veis.

– Se habra tomado la pastilla, como todas las noches de su vida -dijo la que no llego a ser monja.

– Ya me extranaba a mi.

– Si, don Lotario. Nunca estuvo enfermo, pero la pastilla para dormir…

– ?Le trajisteis vosotros la gabardina?

– Si, se la traje yo, Manuel -dijo Rosa, la hermana.

– ?Y ahora que plan traeis?

– ?Que plan vamos a traer, Manuel! Ver la manera de que se vaya, sea como sea. No puede hacer hoy otro circo aqui… Ahi tiene el coche con todo el equipaje… Nos lo llevamos por las buenas o por las malas, que si no hoy aparece hasta en la television.

– ?Y la familia de la novia?

Se miraron entre si los de la parte del novio y al fin dijo Felipe:

– Se han marchado hace un rato, ?que iban a hacer aqui?

– ?Y se han despedido? -preguntoPlinio timidamente.

– Si. anoche.

– ?Y adonde han ido?

– Ellos han dicho que a su tierra.

– ?Y tan tranquilos?

– Si, Manuel. Muy tranquilos. Todo estaba preparado entre ellos mas que una Semana Santa.

– ?Desde cuando?

– Yo calculo que desde despues de comer.

– Ya, ya.

– ?Jose!, ?Jose! -empezo a vocearle Felipe, al tiempo que lo zarandeaba.

– ?Que?, ?que? -dijo el ingeniero abriendo mucho los ojos y mirando en redondo.

Ya habia algunas gentes paradas entre la iglesia y el casino, con bunuelos y cestos en la mano.

– ?Ha vuelto? ?Ha vuelto? -dijo el novio, reaccionando al fin.

– No…, Jose -dijo la hermana-. No ha vuelto, ni volvera.

– Venga, ahi tienes el coche con todo preparado.

Callado y mirando al suelo, movio la cabeza echando «noes».

– Te marchas, Jose. No es posible que sigas aqui.

Volvio a negar con la cabeza.

– Por la memoria de nuestros padres, te lo pido… Por ti, por tu misma carrera, por el espectaculo que vas a dar en toda Espana.

– No, no y no.

– Pues si no quieres por las buenas, por las malas. Venga, ?ayudadme! -dijo cogiendolo de un brazo y animando a sus familiares.

– Pero vamos a ver, Jose -intervinoPlinio.

– No tenemos que ver nada. Usted a lo suyo… Le juro que no me voy de aqui hasta que no vuelva Covadonga.

– No te vas a ir, pero te vamos a llevar. ?Venga! ?A lo dicho!

Y entre los cuatro lo sujetaron y, cuando estuvo inmovil de pies y manos, Felipe saco una cuerda que llevaba debajo de la chaqueta y le metio la lazada por la cabeza hasta atarle los brazos…

– Que no, que no, que no…

Se notaba que los cuatro familiares y amigos llevaban la operacion bien pensada, porque sin decirse nada fueron atandolo de pies a cabeza hasta quedar el novio hecho un verdadero paquete.

Y ya habia un corro bastante nutrido de gentes contemplando sorprendidas y en el fondo aprobando la operacion, aunque sin la menor risotada o comentario.

Jose, bien cenido por las cuerdas, totalmente inmovil, parecia otro y como con la cabeza en otra parte, resignado.

– ?Listos! Vamos con el al coche -dijo Felipe.

Y alzandolo entre los cuatro, en posicion de sentado, por el pasillo que les abria el personal fueron hacia el coche. Rosa, que se adelanto, abrio la puerta trasera. Lo tumbaron sobre aquel asiento. En el borde, junto al atado, se sentaron el cunado y el vecino. Y delante, Felipe y la hermana.

– No ha habido mas remedio, Manuel -le dijo Rosa-, comprendelo.

– ?Y por que no lo despertasteis entonces?

– Por si se podia hacer todo por las buenas. Nos quedaba alguna esperanza… El siempre fue un hombre muy normal, pensabamos. Pero no se que ha pasado. Todo ha sido de golpe, como un ataque.

Arranco el coche y echo por la calle de Socuellamos.

– A ver donde meto yo ahora el sillon este -dijo

inta aPlinio, como pidiendole ayuda.

– Dejalo aqui en el Ayuntamiento hasta que puedas mandar a por el.

– Muchas gracias, Manuel. Menos mal que todo ha salido como pensamos.

Cogieron el sillon entrePlinio y don Lotario y echaron plaza adelante, mientras Recinta se iba con la gabardina colgada del brazo.

– Haced el favor, dejad este sillon ahi en el cuarto pequeno hasta que manden por el… ?Donde esta Cerezo?

– Jete, Cerezo marcho. Ya hemos hecho el relevo.

Plinio, como movido por un presentimiento, se lanzo hacia su despacho, abrio la puerta y sin entrar, miro.

– ?Se ha despertado ya, Manuel? -dijo don Lotario, que estaba tras el sin poder ver lo que pasaba.

– Si…, desperto y se largo.

– ?No me digas!

– A la vista esta. Entre suenos, relevos e ingenieros empaquetados, el camionero se pudo ir a sus anchas, si es que le apetecia, o aburrido de que nadie le hiciera caso.

– Vaya manana…

– Vaya dos dias enteros, querra usted decir… para no hacer nada util ni dormir.

– ?Y que hacemos, Manuel?

– Que quiere usted que hagamos, callarnos, como difuntos… e irnos a desayunar a la Rocio, que esa no falla.

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