– Si, Manuel, eso de que no haya ningun caso que llevarse a la boca y que nos aburramos tantisimo, de casa al Casino y del Casino a casa, para compensar creo que se me acelera la imaginacion y por todos lados veo profesores de frances, ronquidos, pubis afeitados y lobas tuertas.

– ?Profesores de frances y lobas tuertas? ?Pero que le pasa a usted hoy?

– Nada, Manuel. Nada.

Y se echo a reir con unos respingos y gemidos que nunca le habia notado.

Salieron a la calle de la Feria, solitaria en la noche ya un poco fresquita.

– Las mismas luces de siempre, Manuel. En fila, solas y sin esperar nada, alumbrando para nadie -decia don Lotario en medio de la calle con brazoteos de maestro de musica y senalando a las luces del centro.

Plinio lo miraba con una mano en el menton y la otra en la rodilla.

– Perdona, Manuel -dijo al fin poniendose formal-. Vamos a echar el ultimo «caldo», el ultimo de la noche -y le ofrecio el paquete azul, con cara entre pensativa y sonriente.

Plinio, ya serio, tomo el cigarro, reliaron ambos, se dieron la llama y echaron a andar como siempre, con las manos atras y mirando al suelo.

* * *

Hacia las siete de la tarde del dia siguiente, cuandoPlinio, de vuelta del Casino, leia la ultima hoja del periodico de la manana, que decia lo mismo que ya habia oido en la television, entro Maleza en el despacho a decirle:

– Jefe, que el hijo del hermano Rufo quiere hablarle.

– … El hermano Rufo. ?De que tiempos me hablas? ?El hermano Rufo, el de Las Labores de San Juan?

– Su hijo, jefe.

– Ya. Que pase.

– Manuel, perdona la visita -dijo el viejo ensenando mucho los dientes-. Traigo ahi en el remolque dos hombres… Que de verdad no sabia si traerlos aqui o al ambulatorio, pero como al fin y al cabo, les pase lo que les pase, me los han echado ilegalmente en el remolque, he creido que lo primero era que lo supieras tu… No, no me interrumpas hasta que lo cuente todo. Estaba yo en la vineja echandoojeas a las uvas, a ver si es verdad, como dicen algunos, que la cosecha va a ser tan buena, cuando me dio el rayo de vientre ese que me da algunas tardes, y sobre todo cuando anda el verano… Yo habia dejado el tractor con el remolque medio cargado de melones en la carretera de Argamasilla, mientras me corria la vina, cuando al levantarme, despues del rayo, alli en la otra punta de la vina, que estara como a tres fanegas de la carretera, me parecio que arrancaban dos coches que habian estado parados junto al remolque, o, a ver si me entiendes, que los coches pasaban muy despacio y pegados a mi remolque… Bueno, pues no hice caso, como es propio. Me subi en el tractor, lo puse en marcha y, antes de arrancarlo, como debe hacerse, mire hacia atras por si venia alguien, que ya sabes como esta ahora esa carretera, y vi sobre los melones de agua dos tios tumbaos, como lo oyes. Dos tios que no conocia. Pense lo peor, que estaban muertos. Lleno de miedo me baje y subi en el remolque. ?Tu me entiendes? Y toque a los tios y no, de verdad que estaban… y estan calientes… y hasta con cara de gusto. No sabes como me tranquilice. Y en paz, los mire y remire a ver si sus caras me decian algo, pero ni esa… Deben de ser forasteros. Los menee bien sobre los melones, pero ni intentar despertarse. Al reves, parece que uno dormia con mas gusto. Total, que fue cuando me dije: «Pues se los llevo a Plinio, a ver que dice que debo hacer con ellos», que ahi siguen como troncos, pero como troncos contentos. Y aqui estoy.

– ?Les has echao agua?

– Agua, no, pero como he dicho, los he meneao por todos sitios y hasta les he hecho mamolas, y que si quieres, una poca risa, como para decir «quita, tonto» yna mas.

Plinio se sonrio y se rasco la patilla.

– ?Y te quedas asi, tan llano?

– ?Que quiere usted que haga? Con estos dos ya llevo vistos cuatro modorros reidores… Y no te creas que en seis u ocho horas vuelven en si.

– ?No me digas! Y cuando vuelven ?que explican que les ha pasado?

– Mut, como dicen los valencianos.

– Pero ?mut, mut, mut?

– Mut.

– Sera que se chispan con algun vino dulzon.

– Si fuera eso no tenian por que callarlo.

– Eso si. O que toman alguna droga de esas de contrabando, que atontilan y, segun dicen, te hacen ver todos los cacharros dorados.

– ?Los cacharros?

– Bueno, todo lo que se ve o se suena. Y por eso se rien.

– Vamos a verlos.

– Tengo el tractor ahi pegado a laPosada del Rincon.

Al salir,Plinio se arrimo a Maleza:

– Acercate a la farmacia de don Luis Menchen, y al laboratorio de don Federico Martinez y Siles que hagan el favor de venir, que tengo aqui «dos cuerpos presentes», dos dormidos de los que les dije.

– ?Dormidos?

– Si.

– ?Pero donde?

– En aquel remolque ?cansino!

– Desde luego, jefe, cada tres o cuatro anos, lo entiendo menos.

– Para que veas lo inteligente que soy.

– O lo tontorro que soy yo.

– Tanto no, Maleza. Pero miope, una legua.

– Sera. Voy.

– Desde el tractor -dijo el hijo del hermano Rufo- los veremos mejor y asi no armamos teatro.

– Venga, subamos.

– Como tu digas, que ha;, sido el transportista.

– Tienen pinta de ricotes de algun pueblo de al lado -dijo Rufo pensativo.

– O de Badalona, porque hoy todo el mundo viste igual. ?Y que edad aparentan?

– Estan alrededor de los sesenta, Manuel -dijo mientras se acercaban.

– Los sesenta son diez, de modo que segun dices, lo mismo pueden ser sesenta que setenta.

Se subio cada uno a una rueda del remolque.

– No, los setenta, no. Sobre todo este del traje a rayas -dijo Rufo, agarrado a la carroceria- todavia tiene poca papadilla… Pero lo que yo te digo, Manuel. ?A que parecen dormidos tan a gusto, con esa risilla de bigote, como si tuvieran a Tip y Coll debajo de la oreja?

Desde la rueda de enfrente,Plinio le decia que si cabeceando, sin dejar de mirar la risilla de los dormidos.

– Que los doctores vienen supinos -dijo Maleza apescandose en la carroceria para subir tambien al remolque.

– ?Supinos, Maleza? Cada vez tienes un palabrerio mas de domingo.

Y al cabo empezo a reirse, como siempre que su jefe le hacia chistes.

– ?Eh! Ya llegan los dos doctores a la vez -senalo Maleza-. La curiosidad no perdona ni a los que se pasan el dia mirando la vida por el microscopio.

Primero cruzo la calle de Socuellamos hacia ellos el boticario Luis Menchen, con la bata blanca y el cogote muy pegado a la espalda. Y en seguida, desde la glorieta, tambien con la bata blanca como el pelo, gafas y mirando al suelo, Federico.

Ambos se quedaron junto al tractor.

– Es mejor que suban ustedes por esta escalerilla que tengo aqui -salto Rufo muy diligente-… Yo, como ya no puedo subir por las ruedas como los mozos -anadio senalando a Plinio y a don Lotario que estaban tan derechos sobre las ruedas de atras.

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