visto si lleva documento de identidad?
– No hemos querido mirar nada hasta que viniese usted, jefe.
– Sois muy finos.
– El hospital de los dormidos, Manuel.
– Usted siempre poniendole motes a los casos.
– Anda, Cerezo, registrale, que a mi me da no se que meterle la mano en esos bolsillos tan cenidos de los pantalones vaqueros.
– Desde luego es usted mas mirado… que aquella monja que cuando iba a orinar abria un paraguas y se lo ponia delante.
– No compares; entre el habito de monja y pantalones vaqueros, me quedo con el habito.
– Hombre, se
– Es que no se que tiene que ver una cosa con la otra.
– Si lo ha entendido, jefe. Digo que es usted tan pudico como la monja.
– Bueno. No nos liemos… Aqui no hay mas que un panuelo, este; un llavero, este; unas monedas, estas; unos billetes, estos… Ah, bueno, y esta caja de pastillas.
– ?Y desde la puerta del Ayuntamiento os disteis cuenta de que lo habian tumbado aqui?
– Que va. Me acerque por aqui con el guardia Porras para ver como iba el novio y encontramos aqui a este, dormido tambien, todo lo largo que es.
– ?Y al divorciado, como tu dices, no ha vuelto a verlo nadie… de la familia?
– Desde las dos o asi, nadie que yo haya visto.
– ?Y por que te ha parecido interesante el que hayan dejado aqui el cuerpo de este dormido?
– ?Que me parecio interesante?
– Hombre, cuando nos has despertado a don Lotario y a mi, sera por eso.
– Bueno, eso de dejarlo aqui, junto al otro dormido, el ingeniero, me parecio… ?Que es interesante?
– Anda este con las que salta. Este es el segundo tio dormido tirado que encontramos en pocos dias. El otro fue cerca del ex molino de
– Anda, cono.
– Venga, don Lotario. Reconozcalo usted un poco.
– No hace falta. Se ve a las claras… Pero ya que lo dices, veamos.
Y agachandose un poco le abrio el brazo cogido por la muneca.
– Normal… El pulso, como un caballo.
– Don Lotario todavia se acuerda de sus enfermos de antano -dijo Cerezo.
– ?Que vas a hacer, Manuel, con este dormido recien llegado?
– Llevarlo al Ayuntamiento. Anda, Cerezo, llama a un companero y os llevais a este a mi despacho.
Cuando vio don Lotario que Cerezo se habia alejado con aquel nerviosismo de piernas que se gastaba, le hizo su pregunta de cada caso.
– ?Que que me dices, Manuel?
– Lo que usted. Que lo entiendo todo menos «la problematica del contexto», como decia aquel notario amigo suyo.
– Ha pasado mas de media hora y el tio sigue sin estremecerse, creo que es igual al de
– Esto de averiguar por que se duerme la gente no se le ha presentado a ningun detective del mundo… A ver que dice este cuando se despierte.
– Mira que como se calle tambien… ?Y por que lo habran puesto aqui al lado de este, el espectaculo del dia?
– ?Habra sido para que lo veamos pronto?… A lo mejor anda por ahi algun
– Y para tomarnos el pelo a nosotros dos.
– Hombre, Manuel, no seas tan suspicaz.
– ?A que no sabe usted, don Lotario, que tiene este dormido igual que el otro, el de San Juan,
Don Lotario, despues de examinarlos con detenimiento, dijo:
– No caigo, Manuel.
– En que este, como aquel, va muy repeinado y lleva fijador.
– ?En que cosas caes, Manuel!
El ingeniero, al oir reir a los guardias abrio un poco los ojos…, pero en seguida doblo la cabeza y se durmio, o se hizo otra vez el dormido, como sospecho
– Venga con el.
– No lo lleveis tan abierto de piernas, no se le vaya a caer algo de la «entre» -dijo el cabo.
Los guardias volvieron a reir, pero el ingeniero ni se estremecio.
– Como este siga empenado en no moverse de aqui los dias que vienen, le acabaran dejando al lado… o encima, Dios sabe que.
Detras de los cuatro guardias que llevaban entre carcajadas al dormido numero dos, con los brazos y las piernas bien abiertas, iban
– Dejadlo sobre el sofa de mi despacho.
– Si, jefe. A su sofa…, digo a sus ordenes.
– Ha amanecido gracioso hoy este cabo -dijo don Lotario.
– Es que los Cerezos amanecen asi, don Lotario… Todavia no son las cinco de la manana, Manuel.
– Fijese usted, hasta que llegue la hora de las cervezas ?que no habremos visto si siguen asi las cosas?… Un novio en huelga de hambre y un dormido durante ocho horas a su lado.
Entraron en el despacho.
– Oye, a lo mejor podiamos echarnos un suenecillo hasta las nueve, la hora de la Rocio, y de despertarse este, poco mas o menos, si lleva en el cuerpo el mismo bebedizo que el otro.
– Pues probemos. Cierre un poco la ventana, y ?hale!
– Es curioso, Manuel, pero asi que Cerezo me explico por telefono lo de este dormido, pense en el de
– Y yo. Por eso vine tan rapido…, pero sin idea de que se repitiese el fijador.
– Estuve seguro que tu venias y pensando en lo mismo… menos en el fijador.
– Venga, a ver si dormimos, pero sin bebedizos, como usted dice.
Don Lotario con cara de querer roncar y
– Y el novio ingeniero sigue «en el puesto que tiene alli»… Pero oye, Manuel, parece que lo han tapado. Fijate tu que tienes mejores ojos que yo.
Plinio entorno los ojos y miro hacia la iglesia, cuyas piedras ya clareaba la prima manana.
– Si, parece que le han echado algo. Vamos a acercarnos un momento.
– ?No se despertara el otro?
– Que va, Manuel. Todavia le falta. Venga.
Cruzaron la plaza a buen paso.
– Que buen invento fue el de dormir por la manana temprano con el frio que hace, Manuel.
– Y… en las siestas con el calor.
– Vaya…
