Muchos de los que boineaban en la glorieta de la Plaza haciendole corro al aire y hablandolo de toda la vida, miraban ya hacia laPosada del Rincon.

Abierto el remolque, medico y boticario, agarrandose uno a otro con mucho cuidado, subieron por la llamada escalerilla. Rufo los siguio. Maleza, desde el suelo, intentaba ver por entre las piernas de todos. Procurando no pisar los melones que habia en el remolque,todos contemplaban a los durmientes tumbados de mala manera y como haciendo uve sobre la parte mas colocada del monton de melones.

– Tienen pinta de haber estado de boda o cosa asi, por lo majetes que van - dijoPlinio.

Federico y Menchen pulseaban y movian las cabezas de los caidos, que se sonreian mas a cada meneo, como si en vez de tocarles la cara o los hombros les cosquilleasen las ingles.

– ?Ustedes tampoco los conocen? -preguntoPlinio a los sanitarios.

– No. Ahora que no he visto en mi vida una cosa igual. ?Y tu, Federico? Los borrachos, si los mueves, se despiertan mas o menos conscientes, segun el grado que tengan -dijo Menchen.

– Estos -anadio el doctor Federico-, al reves, cuanto mas los mueves, mas se acucunan y con mas gustillo.

– Podriamos reconocerlos con cuidado a ver si se aprecia algo.

– Muy bien, Federico. Ahora los arrimamos ahi a la farmacia y los ojeamos bien…

La gente de la plaza se habia ido arrimando y algunos ya estaban abocicados entre los melones del remolque.

– O si no, Federico, los llevamos a tu clinica, que es mas grande, y ahi podemos mirarlos a gusto sin tanto espectador. Aparte de que esto es cosa de medicos, como tu, y no de boticarios como uno.

– Que listo eres.

– Nada de listo, Federico. Lo digo en serio. ?Y si les da por dormir hasta manana?

– Se los traemos aPlinio.

– Hala, si, venga, que esto se pone imposible: hagan el favor de apartarse.

Haciendo equilibrios se bajaron todos por la escalerilla. Cerraron la carroceria. Guardias y sanitarios se fueron a pie y Rufo arranco el remolque entre los comentarios del personal.

– Oye, Maleza, traete cuatro numeros para ayudar a bajar a los dormidos.

– ?Y dice usted, Manuel, que los casos que conoce como estos se estan asi durmiendo ocho o diez horas?

– Si, don Federico.

– Pues estamos aviados si tienen que estar ese tiempo dormidos en casa.

Menchen echo una risotada.

– No se preocupe usted, doctor -le dijoPlinio a Federico-, que si despues de reconocerles no consiguen despertarles, nos los traemos al Ayuntamiento.

– O se les lleva al Ambulatorio, que es lo suyo.

Los curiosos, al ver maniobrar al remolque, se fueron hacia el laboratorio de don Federico Martinez Arias.

El tractor de Rufo, despues de hacer la maniobra ante la portada de la Posada del Rincon, tiro hacia la calle de la Independencia.

– Veras tu Encarnita, como se va a poner cuando vea todo este jaleo que me has armado, Luis.

– Encima que te brindo la clientela… Comprende que no me lo podia llevar yo a mi farmacia, sin espacio y para entorpecerme las ventas.

– Ya, ya…, las ventas, licenciado.

– Claro, las cosas como son, doctor.

Las ventanas y balcones de la calle de dona Crisanta estaban repletos de cuerpos y caras. El remolque paro frente a la portada de dona Luisa y los cuatro numeros, como si lo hubieran hecho adrede, llegaron uno detras de otro y hasta marcando un poco el paso.

– Venga, bajad a los dormilones y dejadlos ahi, donde esperan los que tienen hora.

– De acuerdo, jefe.

– Lo que todavia no sabemos, Manuel, es de donde son.

– En eso estaba pensando. Voy a ver si llevan documentacion.

– Pesan un rato -dijo uno de los guardias al bajar al del traje de rayas.

– Sentadlos ahi en las sillas esas de enfrente.

Plinio metio la mano en el bolsillo interior de la chaqueta de cuadros al de las piernas tan gordas, al tiempo que le palpaba el pelo.

– Si tiene -y saco la cartera.

– ?Y fijador tambien, Manuel?

– Tambien.

Plinio se puso las gafas y empezo a rebuscar en ella. Por fin saco un documento nacional de identidad y apartandoselo mucho de los ojos leyo:

– ?De donde es, Manuel?

– De Villarrobledo.

– ?De Villarrobledo? Federico, el pueblo de tu familia.

– Pues no me suenan sus caras.

– A ver este.

Manuel le saco una cartera estrecha y muy larga, llena de tarjetas de bingo y empezo a mirarlas, apartandoselas mucho de los ojos.

– Este no tiene nada mas que tarjetas de bingo… Ah, y el carnet de conducir… Tambien de Villarrobledo.

– Vamos a quitarles las chaquetas… Asi. Y ahora a este.

– ?Que quieres ver, Luis?

– A ver si tienen senal de pinchazos.

– No tienen pinta de drogados, ni de bebidos, como dijimos.

– No, de droga, no. Son de otros tiempos.

Al sacarle las mangas de la chaqueta al de las piernas gordas, se le quedo la cara embarbillada sobre el pecho, pero sonriendo mucho.

– Se rie como si le hubieras hecho cosquillas.

– Pues no. No se que le da tanto gusto.

Le arremango bien los dos brazos y luego las piernas y se las examino acercandole mucho los ojos.

– Nada, de pinchazos nada.

– A ver si les dieron algun golpe en la cabeza.

– No les iban a dar un golpe a cada villarrobledeno, y los dos iguales… Ademas, si estuvieran obnubilados no se reirian, digo yo.

– A ver si les ha picado la mosca deltsetse.

Los de Villarrobledo, ahora deschaquetados, cada cual en su silla, el gordo con la cabeza caida y el otro con la nuca sobre el respaldo parecia como, si a la vez, les diese mucho gusto todo lo que decian los guardias, don Lotario, los sanitarios, Rufo y Federico Huertas, que habia bajado con la bata llena de pintura.

– ?Y si estuvieran hipnotizados, Federico?

– Ya he pensado en ello, Lotario, pero no creo que en el pueblo haya nadie que se dedique a eso.

– Claro, porque si alguien supiera hacerlo se ganaria la vida con ello y no dejaria a sus dormidos en los barbechos, a la orilla del rio seco, junto a los novios dejados o echados en los remolques - dijoPlinio.

Maleza llego corriendillo y se abrio paso:

– Con permiso, jefe.

– ?Que pasa?

– Que Rivas, el taxista, acaba de contarme que ayer, cuando iba a Manzanares, se encontro tumbado en una

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